12 de julio de 2026 - 10:06

Tiene 77 años, es la última habitante de un pueblo a 1.000 metros de altura destruido por deslizamientos de tierra

Aunque las estadísticas registran hasta seis habitantes, Josée Lecomte es la única que duerme cada noche en una aldea sin tiendas, farmacias ni médicos.

Josée Lecomte vive a mil metros de altitud en La Bâtie-des-Fonds, un pequeño pueblo de los Alpes franceses marcado por un deslizamiento de tierra en 1936. A sus 77 años, es la única presencia permanente en un lugar donde hay una alcaldía activa, pero no existen servicios básicos.

La mujer llegó a este rincón del departamento de Drôme en los años 70, atraída por un movimiento de contracultura que buscaba la autosuficiencia en la montaña. Con el tiempo, los otros integrantes del grupo partieron, sus hijos se mudaron y su marido falleció, dejándola como la única residente fija del valle.

¿Por qué La Bâtie-des-Fonds sigue siendo una comuna activa?

El funcionamiento de este lugar desafía la lógica de los asentamientos abandonados. Aunque solo ella reside allí a diario, la localidad mantiene la categoría de comuna, la unidad administrativa más pequeña de Francia. Tiene su propia placa de entrada, una fuente municipal y un alcalde electo, François Deloupy-Dobin, hijo de Josée.

François no vive en el pueblo, sino que se desplaza hasta allí cada martes para gestionar los asuntos municipales en la pequeña alcaldía. Sobre su labor, el funcionario declaró: "Si nosotros desistimos, las personas que sacrifican su tiempo, como yo, los pequeños lugares tranquilos van a desaparecer. La Bâtie-des-Fonds será completamente abandonada. Nosotros somos realmente los últimos bastiones". El alcalde ni siquiera reclama el sueldo mensual que le corresponde por su cargo.

¿Cómo es la vida diaria sin comercios ni médicos?

La geografía del sitio quedó fracturada tras un periodo de fuertes lluvias entre 1935 y 1936, cuando un gran movimiento de tierra destruyó casas y obligó a reorganizar la carretera. Actualmente, la vegetación ha recuperado terrenos que antes ocupaban granjas y viviendas que hoy son solo ruinas. Para abastecerse, Lecomte viaja una vez por semana a otra localidad para comprar suministros y recoger a su nieta, recorriendo los 16 kilómetros que la separan del médico más cercano.

Pese a la ausencia de comercios o bibliotecas, la mujer rechaza la idea de la soledad absoluta. "Yo no estoy aislada", afirmó Lecomte a The Sunday Times. "Bueno, quiero decir, está todo bien. Hay vida alrededor. No, no hay problema. Los niños vienen, los nietos vienen. Está todo bien por ahora". Sobre los riesgos de salud en la montaña, comentó: "Si estás enfermo, no es ideal aquí. Es mejor no estarlo. Pero yo estoy bien. No tengo muchas preocupaciones con eso".

El nombre de la comuna remite a sus fuentes de agua, un recurso que la residente valora sobre otros desafíos. "¡Nosotros siempre tenemos agua!", afirmó mientras escuchaba el paso del río. Su permanencia ha transformado su historia personal en un acto de resistencia administrativa que mantiene viva una estructura de casi 35.000 comunas en Francia.

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