16 de marzo de 2026 - 12:56

Es biólogo marino, se animó a estudiar tiburones en mar abierto y terminó con la cabeza en la boca de uno

Tras recibir 27 puntos y una cirugía reconstructiva, el experto asegura que el animal solo se defendió del pinchazo del dispositivo de rastreo satelital.

El biólogo marino y experto en tiburones Mauricio Hoyos vivió lo que pocos pueden contar: su cabeza quedó atrapada entre las fauces de un tiburón Galápagos de cuatro metros. Ocurrió a 40 metros de profundidad en la Isla del Coco, Costa Rica, mientras realizaba tareas de investigación para proteger a esta especie migratoria amenazada.

Un encuentro de segundos a 40 metros de profundidad

Hoyos, quien lleva 30 años trabajando con estos animales, descendió en el área conocida como Roca Sucia para colocar un dispositivo de seguimiento a una hembra de gran tamaño. Para realizar el marcaje, los científicos utilizan una arbaleta que dispara un filamento de metal con una pequeña ancla que se fija en la base de la aleta dorsal. Es una zona muscular donde no se dañan órganos vitales, pero el estímulo físico es innegable.

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En el momento del pinchazo, la hembra giró de forma deliberada y embistió al investigador. Hoyos relata que escuchó el crujido de su propio cráneo mientras sentía la presión aplastante de la mandíbula sobre su rostro y cabeza. A pesar del horror inicial, bajó los brazos en una señal de rendición involuntaria; un segundo después, el animal abrió la boca y lo soltó.

La razón detrás de este comportamiento reside en la naturaleza territorial y sensorial del tiburón. A diferencia de un ataque predatorio, donde el animal sacude a su presa para desgarrarla, el tiburón Galápagos ejecutó una mordida defensiva. Al sentir la agresión del marcaje, el animal identificó una amenaza cercana y reaccionó para disuadirla. Como los humanos no forman parte de su dieta natural, al notar que el "intruso" no era una presa, el tiburón simplemente lo liberó.

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El desafío de emerger sin aire y el largo camino a la clínica

La situación en las profundidades se agravó de inmediato porque los dientes del tiburón laceraron las mangueras de suministro de aire y destrozaron el visor del biólogo. Con la visibilidad reducida y rodeado de sangre, Hoyos tuvo que usar su regulador de emergencia, el cual también presentaba fallas, y controlar la salida del aire con sus propios labios.

Inició un ascenso controlado hacia la superficie para evitar una enfermedad por descompresión. Una vez arriba, fue rescatado por sus compañeros y trasladado en una travesía de 36 horas desde la remota Isla del Coco hasta el puerto de Puntarenas, para finalmente ser operado en San José. Las heridas incluyeron lesiones graves en la mejilla, el cuero cabelludo y la oreja izquierda, que tuvo que ser reconstruida.

Una marca de batalla que reafirma su compromiso científico

A pesar de la gravedad del incidente, el investigador no guarda rencor. Considera que el tiburón le perdonó la vida, ya que con un solo movimiento de cuello el animal podría haber terminado con él. Las heridas sanaron con una rapidez que sorprendió a los médicos, sin presentar infecciones a pesar de la exposición al agua marina.

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Hoyos ya planea regresar al agua para continuar con sus estudios sobre corredores submarinos y protección de especies paraguas. Para el científico, la cicatriz que ahora recorre su rostro es una prueba de la necesidad de entender mejor a estos depredadores incomprendidos, a los que considera los guardianes esenciales del equilibrio ecológico en los océanos.

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