29 de julio de 2026 - 12:50

En Galápagos usaron cabras rastreadoras para eliminar 140.000 invasoras: años después volvió la vida a las islas devastadas

Tras eliminar al 99% de la población, los últimos ejemplares se escondieron en campos de lava, obligando a usar cabras rastreadoras para hallarlos y eliminarlos.

Entre 1997 y 2006, el Proyecto Isabela ejecutó una operación de restauración ecológica sin precedentes en las islas Galápagos. Mediante el uso de helicópteros, perros entrenados y tecnología digital, se eliminaron más de 140.000 cabras invasoras que habían devastado la vegetación endémica y amenazado la supervivencia de aves y tortugas gigantes.

Marineros, piratas y balleneros introdujeron estos animales en el archipiélago como reserva de carne para viajes futuros. Sin grandes depredadores naturales, las cabras se multiplicaron masivamente y consumieron hojas, brotes, cortezas y cactus que sustentaban a las tortugas gigantes y aves locales. El pastoreo constante impedía el crecimiento de árboles jóvenes, destruía la sombra necesaria para retener agua y dejaba el suelo expuesto a la erosión.

El método de las cabras Judas y la recuperación del hábitat

La primera fase de la campaña en el norte de Isabela logró eliminar 55.000 ejemplares en solo siete meses mediante caza aérea. Sin embargo, eliminar la gran mayoría de la población no era suficiente, ya que un pequeño grupo disperso podía reconstruir el rebaño en pocos años. Para localizar a los sobrevivientes ocultos en cráteres y campos de lava, los técnicos implementaron el uso de cabras rastreadoras.

Capturaron ejemplares, los esterilizaron y les colocaron collares con transmisores de radio. Debido a su instinto social, estas "cabras Judas" buscaban activamente a otros individuos, revelando involuntariamente la ubicación de los grupos restantes a los cazadores en tierra. Unas 770 de estas rastreadoras operaron en el norte de Isabela para asegurar la erradicación total.

¿Cómo se recuperó el ecosistema de Galápagos?

Tras la retirada de los invasores en las islas Pinta, Santiago e Isabela, los troncos viejos volvieron a producir brotes y surgieron nuevas mudas en las áreas recuperadas. La restauración de árboles y cactus del género Opuntia favoreció directamente al rascón de Galápagos. Esta ave, que depende de ambientes húmedos y densamente cubiertos, aumentó su población en Santiago, reduciendo el riesgo de pérdida de diversidad genética por aislamiento. El proceso depende ahora del monitoreo constante y del rol de las tortugas gigantes como dispersoras de semillas.

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