En 1950, Portugal inició una campaña de reforestación masiva con eucaliptos para frenar la degradación de sus suelos y estabilizar terrenos erosionados. Aquella decisión técnica, vista entonces como un avance incuestionable, transformó el paisaje nacional en un polvorín continuo que hoy multiplica la velocidad y voracidad de los grandes incendios forestales.
El eucalipto fue seleccionado por su capacidad de crecimiento rápido y su utilidad como materia prima para la fabricación de papel. En ese momento, la medida se consideró una solución eficaz para terrenos que necesitaban estabilización inmediata. Sin embargo, la implementación de este plan no se limitó a la introducción de una especie, sino que implicó un rediseño total de la geografía rural portuguesa.
¿Por qué Portugal reemplazó el mosaico natural por monocultivos de eucalipto?
Antes de esta intervención, el territorio estaba configurado como un mosaico diverso compuesto por áreas de cultivo, pastizales y bosques nativos variados. Esta fragmentación actuaba como un freno natural ante la propagación de las llamas, ya que las zonas de pastoreo y labranza interrumpían la continuidad del combustible forestal.
La nueva configuración del paisaje priorizó la rentabilidad económica, sustituyendo las barreras tradicionales por masas forestales continuas de pinos y, principalmente, eucaliptos. Esta transición eliminó los obstáculos físicos que impedían que el fuego avanzara sin control a través de grandes distancias. Las extensiones industriales de árboles se convirtieron en un corredor ininterrumpido para los incendios.
¿Cómo heredó Portugal un problema de incendios por su diseño territorial?
La decisión técnica de 1950 alteró el comportamiento del fuego para las siguientes generaciones al transformar el combustible disponible en el monte. Donde antes había discontinuidad y diversidad de especies, ahora predominan áreas donde el incendio encuentra las condiciones idóneas para propagarse con mayor rapidez.
La gestión del territorio pasó de una lógica de subsistencia y equilibrio ecológico a una de explotación forestal masiva. Esta estructura de bosque continuo facilita que los incendios forestales actuales alcancen intensidades difíciles de combatir, heredando un problema de diseño territorial que comenzó hace siete décadas.