2 de marzo de 2013 - 23:50

Por fin un mundo sin trabajo

La utopía comunista que imaginó Carlos Marx acerca de una sociedad donde todas las personas pudieran vivir sin trabajar, o hacerlo voluntariamente sin depender del mismo su subsistencia, paradójicamente tiene visos de realización en el país liberal por ex

Imagínese, como imaginaron los utopistas del siglo XIX, una sociedad tan rica que cada vez menos personas tuvieran necesidad de trabajar. Una sociedad en la que el esparcimiento estuviera al alcance de todos, en la que los empleos de medio tiempo hubieran reemplazado a la reglamentada semana laboral y en la que el nivel de vida no dejara de aumentar, aunque más y más personas se salieran por completo de la fuerza laboral.

Si tal utopía fuera posible, podríamos esperar que primero la alcanzaran las clases altas, para después irse difundiendo poco a poco hacia abajo de la escala social. Primero los ricos empezarían a trabajar menos horas, después la clase media y, finalmente incluso los que abandonaron los estudios podrían dormir hasta el mediodía, disfrutar de fines de semana de cuatro días y elegir sus propias aventuras: “Cazar en la mañana, pescar después de comer, arrear ganado en la tarde y hacer crítica después de la cena”, como profetizó alguna vez Karl Marx.

Empero, la declinación del trabajo no es realmente una loca probabilidad marxista. Es una realidad básica de la vida en Estados Unidos en el siglo XXI, realidad que antecedió a la crisis financiera y que promete mantener el ritmo aunque regrese el crecimiento económico normal.

Esta declinación no es el desempleo en el sentido acostumbrado, cuando se busca trabajo sin poder encontrarlo. Es una especie de post-empleo, en el que la gente abandona la fuerza de trabajo y encuentra un modo de vivir, en forma más o menos permanente, sin tener un trabajo estable. Así que en lugar de difundirse de arriba a abajo, el tiempo de ocio                               -deseado o no- se está expandiendo de abajo hacia arriba. Las largas jornadas de trabajo siguen siendo el territorio de los ricos.

Claro, nadie ve en esta tendencia una señal de progreso de la civilización. Más bien, el declive del trabajo obrero suele presentarse en términos casi apocalípticos: a la izquierda, como la incapacidad de la economía de ofrecer empleos bien pagados; a la derecha, como una deprimente señal de que la dependencia con respecto del gobierno está acabando con la ética laboral estadounidense.

Pero vale la pena vincular las tendencias de la actualidad con los viejos sueños de una utopía post-laboral, pues en algunos sentidos, la declinación de la participación en la fuerza laboral de hecho ha sido posible gracias al progreso material.

Puede ser difícil apreciar ese progreso por el momento, pero la enorme riqueza de Estados Unidos sigue siendo el hecho económico más importante de nuestra era. “Cuando una nación es tan rica como la nuestra, puede obtener ganancias absolutas más grandes que antes aunque tenga un índice de crecimiento menor”, señala Scott Winship en un ensayo para Breakthrough Journal.

Nuestra economía puede parecer estancada, sobre todo si la comparamos con la aceleración que tuvo después de la Segunda Guerra Mundial, pero aun con una tasa de crecimiento decepcionante es muy probable que en 2050 Estados Unidos sea mucho más rico que hoy.

Esas riquezas significan que probablemente encontraremos la forma de subsidiar la reducción constante de la fuerza de trabajo manual. Muchos de los estadounidenses que han abandonado la fuerza de trabajo no se vuelven indigentes; reciben pagos por incapacidad y cupones de alimentos, viven con familiares, se las amañan para hacer un trabajito aquí y allá y, en muchos casos, les va tan bien como les iría con un empleo fijo pero mal pagado. En comparación con épocas pasadas, su vida es mucho más cómoda de lo que admite la izquierda y el costo fiscal de su situación es mucho más soportable de lo que acusa la derecha.

Claro, en renunciar por completo al empleo hay cierto toque de irresponsabilidad. Pero aunque los opinólogos que se ganan la vida tecleando les guste alabar la dignidad inherente del trabajo, no estamos abasteciendo góndolas en un Wal-Mart ni cazando fatigosamente, semana tras semana, un trabajo que probablemente nos pague menos que el último que hayamos tenido. Podríamos defender el argumento de que el derecho a no tener un jefe es la libertad moderna más difícilmente conquistada. ¿Nos debe de inquietar realmente que haya más gente en una sociedad rica que ejerza ese derecho?

La respuesta es sí, pero básicamente porque la declinación del trabajo implica costos sociales, además de tener un costo económico. Aun un trabajo agotador tiende a ser un generador importante de capital social, pues ofrece una estructura cotidiana a quienes viven solos, un lugar para hacer amigos y animar romances a aquellos que carecen de otras formas de comunidad, un camino que aleja a los jóvenes del crimen y la prisión, un ejemplo para los niños y un motivo de auto-respeto para los padres.

En los EEUU, la declinación de la participación en la fuerza de trabajo corre pareja con una tendencia más amplia: el abandono de la comunidad, desde la fractura familiar y la reducción de la asistencia a la iglesia hasta la retirada en las formas virtuales de deportes, amistad y sexo. Como muchas de esas tendencias, ésta plantea una amenaza mucho mayor a la movilidad social que a la prosperidad absoluta (una clase obrera sin trabajo puede no estar en la miseria, pero sus miembros tampoco van a encontrar la forma de salir de su situación). Y su costo será resentido en la vida privada y en el mundo interno de la gente, aunque no aparezca en el producto interno bruto del país.

En cierto sentido, los utopistas primitivos fueron proféticos: hemos ganado un mundo en el que el trabajo humano continuo es menos necesario que nunca antes.

Pero el florecimiento humano es harina de otro costal. Y es nuestra realización, más que la simple satisfacción de nuestros apetitos, la que está siendo amenazada por la lenta declinación del trabajo.

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