Hay algo que es indiscutible, a la luz de resultados objetivos publicados en los balances de las empresas. Los bancos han sido los grandes ganadores del modelo kirchnerista y se han dado el lujo de cobrar a sus clientes costos cada día más elevados por servicios de dudosa calidad.
Pero también los supermercados han forjado una alianza con el Gobierno por la cual pueden poner los precios que quieran a cambio mantener una cantidad de productos en valores fijados por la Secretaría de Comercio para que el Indec los mida y nos avise que no hay inflación.
Durante el mes de enero, el secretario de Comercio negoció con los supermercados un congelamiento de precios por 60 días desde el 1° de febrero. No los tomó por sorpresa y les permitió tener colchones para aguantar el proceso que, además, no tenía precios de referencia. Además. Como los precios iban a estar congelados, no permitió que se publicitaran ofertas, sobre todo en diarios “para que ahorraran”.
Viendo que a pesar de esto los precios se podían escapar, Guillermo Moreno volvió a llamar a los súper y les dijo que extendería el congelamiento hasta octubre y ahí sus aliados le dijeron que no podían soportarlo si se mantenían tan elevados los costos de los servicios que cobraban los bancos por las compras con tarjetas de crédito y débito.
Algunas cadenas, para evitar estos costos elevados habían sacado su propia tarjeta de crédito donde no cobraban tasas más bajas que los bancos, sino que debían absorber costos menores de gestión, por lo cual ganaban por las dos bandas.
Es verdad, un 3% es caro en base al volumen, pero los banqueros se defienden diciendo que no se computan los descuentos que hacen por las compras en súper e hipermercados, que les aumentan las ventas y les permiten disimular los precios elevados.
Ante esto, Moreno inventó la idea de sacar una tarjeta de crédito oficial “excluyente”, es decir, que sería la única que recibirían los grandes establecimientos (a los después se sumaron los vendedores de electrodomésticos) como una forma de “apretar” a los banqueros.
Operativamente, esa tarjeta no podría estar disponible antes de 6 meses, salvo que el Banco Nación masificara su tarjeta Nativa, pero le llevaría un tiempo ponerla en operaciones. La idea era asustar a los bancos, los cuales parecen haber transado y podrían ofrecer descuentos para satisfacer a Moreno.
Pero la inflación sigue. Esto es como ponerle pequeños diques a una corriente de agua para que vaya más lenta, mientras se sigue agregando agua a la misma. Finalmente esos diques no funcionan y hay que poner diques más grandes porque lo que crece es la cantidad de agua.
Aquí pasa lo mismo, estas son maniobras que sólo consiguen, en parte, disimular el proceso pero no lo solucionan. La inflación sigue muy elevada y está en las políticas del Gobierno su explicación y la posibilidad de frenarla.
Pero en lugar de tomar medidas de fondo, se vuelve a recurrir a estos inventos, mientras los costos siguen creciendo en la industria, y esto lo sufren los mayoristas y los pequeños comerciantes que no cuentan con ninguna protección y se ligan las maldiciones de los consumidores.
Mientras Moreno y sus amigos juegan a las tarjetitas, los consumidores ven faltar productos de las góndolas, precios que desaparecen y una sensación de que lo peor está por venir. Así no se gana la confianza ni se despejan expectativas inflacionarias. Solo se consigue paralizar la inversión y disminuir la producción.