6 de diciembre de 2012 - 01:06

Los monstruos de Coronel Suárez

A partir de los eventos de público conocimiento acerca de la joven secuestrada y violada por una pareja en Buenos Aires, el autor de esta nota reflexiona sobre la existencia del mal.

Los recientes sucesos de Coronel Suárez, en la provincia de Buenos Aires, con una persona secuestrada, repetidas veces violada y sometida a torturas y vejámenes por una pareja de delincuentes de guante blanco, han mostrado hasta la repugnancia que el mal existe y parece no conocer límites.

¿Sus autores eran enfermos mentales? Nada lo indica, pues de puertas afuera llevaban una vida normal. Los psiquiatras quizá los califiquen de perversos. En lenguaje corriente, diríamos que son gente mala, o mala gente.

Casos como el de Coronel Suárez nos obligan a reconocer que el mal existe, que es una realidad, que está a la vuelta de cualquier esquina.

Leo que en Buenos Aires dieron una terrible paliza a un joven de 16 años, con manoplas metálicas, sin intenciones de robarle nada, por puro ritual iniciático a la delincuencia, al punto de que despreciaron un celular que el agredido les ofertaba para que dejaran de pegarle.

La Biblia explica el fratricidio de Caín contra Abel, diciendo que el asesino hizo lo que hizo "porque era malo". Se podrían multiplicar los ejemplos para mostrar que el mal existe y que los episodios de Coronel Suárez no se pueden explicar de otro modo sino por la realidad del mal. Dos sujetos, un hombre y una mujer, mantienen a una joven secuestrada, torturada, obligándola a comer desechos humanos y animales, hasta que ella logra escapar, en un estado de lamentable desnutrición y depresión.

¿Qué motivaba a estos monstruos sino su pasión por el mal? El periodista Jorge Lanata, refiriéndose a los hechos de Coronel Suárez, habla de un estado de "posesión", de gente poseída por el mal. "¿Qué es esto sino el infierno?", se pregunta. Hay una suerte de indiferencia social respecto del mal. Pero si lo de Coronel Suárez no es maldad ¿cómo explicarlo?

La tendencia es cubrirnos con la palabra "perversión", como si bastara para entender semejantes conductas. Obviamente que se trata de perversión, pero no sólo como fenómeno psicológico sino ético, no como pura locura sino como maldad. Se trata de la misteriosa realidad del mal más allá de lo psíquico. Por cierto que cuando la maldad se enraiza en una persona, termina afectando su salud mental.

Lanata está más cerca de la realidad: "La frase que los habita (a los malos) es: Ya sé que no se puede, pero aún así lo hago. Y te miran a los ojos".

El mal en sus distintas formas acompaña la historia humana. Reflexionando sobre este fenómeno vemos también que si bien no se logra erradicarlo, no podemos decir que haya más mal que bien en el mundo. Es imposible hacer una evaluación justa de cada momento y circunstancia, pero no es razonable ser sistemáticamente pesimistas, como tampoco sistemáticamente optimistas.

La posición aceptable es la del realismo metódico, como lo llamó el filósofo francés Etienne Gilson. Nos apartamos así tanto del idealismo racionalista, que es la llamada "duda metódica" de Descartes, que no tiene fin, como de las certezas ingenuas y dogmáticas.

Nuestra certeza sobre la existencia del mal se aparta de ambas posiciones. Se aferra a la evidencia empírica, experimentable, de que el mal existe, como hemos podido palpar por los hechos de Coronel Suárez y por tantas otras experiencias análogas.

Sin embargo, aunque las noticias de los medios de comunicación no nos dejan olvidar que el mal existe, preferimos ignorarlo. Es un mecanismo de defensa comprensible pero mal consejero. Reconocer que el mal es una realidad que es menester enfrentar para no ser víctima de sus engaños es la posición que, aunque cueste, y cuesta, debe ser un principio irrenunciable de la ética educativa. Frente al mal no hay otra opción que reconocerlo, nombrarlo por su nombre y combatirlo. Sólo se lo vence con el bien, nunca con más mal.

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