28 de septiembre de 2012 - 23:21

Un mal momento con final abierto

Ningún rédito de ningún tipo obtuvo la presidenta Cristina Fernández con sus exposiciones ante alumnos universitarios en EEUU, en particular por el tono entre sorprendido, enojado e intolerante de sus respuestas, como si no supiera de qué se trataba.

La pregunta sigue retumbando con fuerza en las oficinas y pasillos de la Casa Rosada: ¿había necesidad de que la Presidenta se expusiera de la forma en que lo hizo desde Estados Unidos? Hasta ahora, ninguna de las respuestas que se ensayaron allí o en los distintos niveles de la estructura dirigencial del cristinismo deja conforme al pensamiento oficialista. En ese territorio, cada vez son más los que prefieren reservar sus opiniones y guardan un obligado y sugestivo silencio. "No es cuestión -dicen algunos- de agregar leña al fuego".

Ese fuego está encendido y fue la propia Presidenta la que se encargó de avivarlo con la furia de su enojo, maldiciendo a los gritos el momento en que aceptó someterse al absurdo de una jefa de Estado rindiendo examen ante un grupo de adolescentes universitarios. Las noticias del malhumor presidencial llegaron desde la delegación que la acompañó, minutos después de que finalizara su primer encuentro con un grupo de estudiantes de la Universidad de Georgetown, en Washington. A ella no le gustaron las preguntas, pero confió en que la visita a Harvard sería diferente.

Cristina Fernández se equivocó, porque en Boston le fue peor todavía. Además de la agresividad de sus respuestas, algo que en el mundo académico se califica de intolerancia, volvió a incurrir en afirmaciones que la realidad niega y dejó en evidencia una concepción del poder que la lleva a teñir su condición de estadista con obsesiones y fanatismos personales.

Así no era

La pregunta se torna recurrente: ¿por qué aceptó el riesgo? ¿Por no estar debidamente informada del mecanismo de esas conferencias? Seguramente no, porque la práctica es habitual en aquellas casas de estudio y se la reiteraron a los funcionarios que arreglaron su participación. Entonces, ¿por qué?

Fuentes oficiales señalan que la idea que la sedujo se basó en su propio convencimiento ciego de que está protagonizando una gestión épica, de trascendencia histórica en la Argentina y que el llamado modelo kirchnerista es un ejemplo para el mundo y debe ser reconocido como tal. Imaginó entonces que la vidriera de dos de las más importantes universidades del planeta la exhibiría en toda su dimensión, hablando y pontificando sobre los problemas internacionales más relevantes. Daría cátedra de inteligencia política y la pondría al servicio de todos los líderes que quisieran tomarla como una referencia de alto valor.

Pero tuvo en cambio que lidiar con las cuestiones domésticas como la inflación, los periodistas, el cepo cambiario, su patrimonio personal y otras incomodidades, surgidas de un interrogatorio de jovencitos atrevidos. "Como para no enojarse", indican las fuentes, y en privado apuestan a que en su entorno "habrá algún chivo expiatorio" que sentirá el rigor del destrato presidencial.

Con variantes, la conclusión tanto del oficialismo como de la oposición es que la gira por Estados Unidos contribuyó a un mayor desgaste de la imagen de la Presidenta. Eso ocurre en un momento en que el clima político y social en el país registra cambios que hasta ahora eran impensados. De ese clima también han tomado nota otros sectores, como la Justicia. En el Palacio de Tribunales sostienen que la velocidad de los jueces para aceptar presiones y congraciarse con el Gobierno ya no será la misma. Y aclaran que el concepto vale tanto para un juez de primera instancia como para los miembros de la Corte Suprema.

Los desafíos

A pesar de lo dicho por Cristina acerca de que la reforma de la Constitución no es de su deseo ni de su responsabilidad, todavía son muchos los dirigentes que creen que ni ella misma podrá evitarla. Fantasean que la acción de sus seguidores y la falta de una alternativa para darle continuidad al modelo serán argumentos suficientes para intentar de cualquier modo la reforma y con ella la re-reelección. El vamos por todo no ha desaparecido en las filas más activas del cristinismo, aunque tengan que arremeter contra la juridicidad de algunos actos.

Apartados los exabruptos y fanatismos del otro extremo, la movilización del 13 de setiembre reclamó que alguien ponga límites a los excesos del poder. En el ámbito judicial interpretan que esa debería ser una tarea de la Corte, a la que le auguran un arduo trabajo en los próximos meses.

Desde la política, se afianza la idea de que la verdadera oposición surgirá del propio peronismo, con aquellos sectores que, aun apoyando su Gobierno, Cristina ha decidido apartar del camino para apostar a la construcción de una estructura propia. Pero ambas cosas están todavía en estado de latencia.

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