El Mocoroa Boxing Club era un lugar donde se entrenaban chicos, adolescentes, jóvenes y hombres. La mayoría de los hombres habían entrado al gimnasio siendo chicos. Pero no era un lugar que preparaba campeones. Contrariamente a las aspiraciones de todo gimnasio, el Mocoroa era un ámbito de contención, de preparación y, fundamentalmente , del mejoramiento sustancial de la vida de las personas que ingresaban.
Se dieron casos de enormes campeones, como Cirilo Gil o Nicolino Loche. Fíjense que Cirilo no fue al gimnasio para ser campeón argentino y sudamericano welter. Fue porque era muy flaquito. Y Nicolino no fue porque soñaba con ser campeón del mundo, sino porque la madre quería que aprendiera defensa personal. Los chicos se peleaban mucho a la salida del colegio.
Allí, en el gimnasio, había un señor que era el que con su espíritu marcaba las pautas de la docencia, de la educación, del ejemplo. Don Francisco Bermúdez creo el Mocoroa Boxing Club en su propia casa. La unió a su propia casa y la convirtió en su propia casa, aún cuando hubieran colgados puching ball, bolsas y un cuadrilátero en uno de los rincones.
Cientos de chicos, varios cientos de chicos entraron ahí. Algunos alcanzaron la consagración, otros se retiraron sin gloria. Pero todos crecieron al conjuro de la disciplina, del respeto, de la educación y, fundamentalmente, del sentido de la vida. Muchos se consagraron como amateurs. Y muchos de estos llegaron al profesionalismo. Todos con un sello, que es lo que ahora no se ve. El estilo. Había un estilo "Paco" Bermúdez.
Por la tardes, después de la siesta y antes de la cena, don Paco iba modelando a aquellas criaturas que querían una vida mejor. La mayoría lo consiguió. Ya sea por el lado de la consagración, o por el acceso a un rango superior en la cultura y la formación para el hogar.
Carlos Aro, Gustavo Ballas, Nicolino Locche, Ramón Balbino Soria, Juan Mendoza Aguilar, Jorge Víctor "Aconcagua" Ahumada. Podría hablar de tantos nombres más. Todos acariciaron la gloria. Algunos la lograron, otros, como Ahumada, fueron víctimas, otros, como Ballas, la despreciaron. Otros, como a Locche, pudo haberle llegado tarde.
Ese diestro que estaba ahí arriba manejando bien la izquierda e impidiendo que el rival le pegue. Intentando privilegiar la defensa a favor del golpe de vista, el acting y la cintura. La salida lateral de piernas, con los ojos abiertos y llevando la vista al rincón para ver al maestro. Ese, era indefectiblemente, un boxeador de Don Paco.
El boxeo padece de la extinción de lugares como el Mocoroa y otros tantos clubes de barrio que formaron a tantos hombres. Han desaparecido los maestros. Por eso, esta reapertura del gimnasio me llena de expectativas.
Si entra por esa puerta. Si pisa ese ring. Si respira ese aire, tiene que tener un sello distintivo. Me alegra profundamente que el gimnasio abra otra vez porque es como tener a Bermúdez, como un duende, recorriendo ese espacio.
