Todo pasó de un momento a otro, cuando el mundo se enteró de que el cardenal Jorge Bergoglio había sido elegido Sumo Pontífice de la religión más importante de Occidente. La repercusión de tamaña noticia en la Argentina fue sin duda diferente a la del resto del globo y más aún en el gobierno de Cristina Fernández, que tenía a Bergoglio caracterizado como enemigo y jefe en la sombra de algunos sectores de la oposición. El mal trago inicial, que se vio reflejado en un comunicado frío en el cual la jefa de Estado saludó la designación del nuevo Papa, fue transformado por fuerza de la sobreactuación en algarabía y mimetización.
Primero fue la noticia de que Cristina viajaría a Roma para la entronización de Francisco y luego toda una cadena de opiniones de dirigentes K que salieron a dar lo que el ensayista José Pablo Feinmann designó como "la lucha por la apropiación" del nuevo Papa dentro de la política argentina y en especial dentro del peronismo.
Después llegaron los gestos que encontraron repercusión en el hábil cardenal argentino que hoy está al mando de la Iglesia: un almuerzo de dos horas y media con Cristina, el intercambio de regalos, los besos, las lágrimas de la Presidenta luego de los actos del martes y por último, y más importante, el anuncio del Vaticano de que el Papa no vendrá a la Argentina hasta luego de los comicios de octubre en los cuales el kirchnerismo se juega la suerte del proyecto de re-reelección.
El tsunami que ocasionó el Papa argentino fue enfrentado por el oficialismo con pragmatismo puro y sin sutilezas, apelando con astucia al componente de la emoción -la Presidenta compungida saludando al Sumo Pontífice el martes- para tapar las contradicciones ideológicas y políticas en las que el Gobierno entró de lleno. Todo el aparato comunicacional K mostró a cara descubierta esta transfiguración de la retórica y de los conceptos, salvo algunos periodistas y políticos sin voto y sin poder territorial y escasos compromisos de gobierno.
La orden era precisa porque no había posibilidad de hacer otra cosa: plegarse al sentimiento generalizado de la gente, que celebró la designación del Papa argentino, y tratar de dejar atrás una relación marcada por la desconfianza, el ninguneo y batallas secretas que se jugaban silenciosamente en todos los órdenes. De repente, el "conservador populista" que molestó al Gobierno durante una década se transfiguró en el relato K en el nombre de la esperanza, de la Patria Grande latinoamericana y de la lucha por la inclusión.
Cristina Fernández instaló desde el primer día lo que sería el germen de su estrategia de acoplamiento al fenómeno mundial que desató Bergoglio desde que se asomó al balcón y habló con la multitud en la plaza San Pedro. En Tecnópolis, esa misma tarde, la Presidenta no mencionó el nombre del cardenal argentino con el que tanto tiempo estuvo enfrentada y prefirió hablar de Francisco a secas. Allí plantó el argumento del que luego el oficialismo se tomaría y que Feinmann intentó interpretar como buen hermeneuta: el surgimiento de otra persona, el Papa Francisco, diferente al cardenal Bergoglio que tanto molestó al poder con sus homilías durante diez años.
Para poder tapar sus enormes contradicciones impuestas por la marcha casual de la historia, el Gobierno se vio obligado a forjar la creación de un mito, el del hombre nuevo que deja atrás el pasado. Cito a Feinmann en su incursión en el programa Palabras Más, Palabras Menos que emite TN (la señal "enemiga" para cualquier kirchnerista): "Cristina marca una línea que es ?este Papa tiene que ser nuestro; el que se gane a este Papa va a ganar mucho'. Está diciendo: ?no jodan más con el pasado de Bergoglio porque de aquí en adelante este Papa tiene que ser nuestro y la derecha no nos lo puede sacar'".
El pasado del que habla Feinmann es la supuesta relación del cardenal con la última dictadura militar que el periodista más influyente del kirchnerismo, Horacio Verbitsky, diseminó primero en el país y luego por todo el globo, algo que la Justicia argentina y luchadores de los Derechos Humanos de la talla de Adolfo Pérez Esquivel debieron salir a negar.
Quienes tienen problemas con estos virajes bruscos e inevitables de la Presidenta y todo su gobierno (son elocuentes las dos fotos de los dirigentes de La Cámpora silbando a Bergoglio el miércoles 13 y protagonizando la vigila en las villas para esperar su entronización) son aquellos sectores del oficialismo que gustan definirse como custodios de la ideología del proyecto K. Se trata de minorías, con escaso poder territorial traducible en votos pero con prestigio intelectual y poder de fuego en el campo de las ideas.
Por eso el sociólogo Horacio González, director nada menos que de la Biblioteca Nacional y miembro de Carta Abierta, fue una de las primeras voces en las que salió a alarmarse por la "aberración" de plantear la idea de un "Papa peronista" y luego por el acoplamiento del Gobierno nacional todo sobre el fenómeno Bergoglio. "Estoy escandalizado por los carteles que invaden Buenos Aires y por las personas que inventaron esta idea de un peronista papal o de un Papa peronista. Me parece un retroceso político trascendente, inútil, criticable porque lleva el mito de la Acción Católica a la estupidez electoralista", dijo preocupado ante sus colegas el sábado pasado.
No es la primera vez que el kirchnerismo inventa un mito para poder sortear obstáculos históricos o para reinterpretar la historia haciéndola jugar a su favor. El primer gran mito -casi bíblico- del kirchnerismo es el de la refundación de la Nación, hecho que está basado en un exitoso ciclo de recuperación económica que en rigor comenzó un año antes de que Néstor Kirchner llegara al poder, con la devaluación descomunal que decidió Eduardo Duhalde a principios de 2002. Este mito también lleva consigo el borramiento de una parte de la historia: lo realizado por Duhalde y la llegada al poder de los Kirchner de la mano del ex senador bonaerense.
Otro gran mito, quizás más importante en términos simbólicos, es el del "clima destituyente" -concepto aportado por Carta Abierta, el grupo de intelectuales K recién mencionado- que imperó durante el conflicto del Gobierno y el campo, ya que de él sacó el kirchnerismo el combustible ideológico para reformular la marcha de sus gobiernos. Se pasó de un primer gobierno de Néstor Kirchner en el cual se buscaba sumar a todos los sectores habidos y por haber, a los gobiernos de Cristina en el que se generan todos los días nuevos enemigos para construir políticamente a fuerza de la confrontación.
En este sentido, la irrupción del fenómeno Francisco podría significar un nuevo cambio en la construcción política del kirchnerismo que, en pleno año electoral, deberá esforzarse por aparecer menos beligerante y subirse a la ola de esperanza generalizada que desató el Papa argentino (mientras intenta resolver los desaguisados de la economía; si no, será complicado). Aunque es prematuro aún para aventurar este escenario.
Por lo pronto, habrá que prestar atención a qué hace de ahora en más el gobierno de Cristina Fernández con su relación con la Iglesia. El Congreso debe aprobar antes del 25 de mayo (es la orden presidencial ya que ese día se celebran diez años de gobiernos K) la unificación del nuevo Código Civil y Comercial, sobre el que Bergoglio manifestó el año pasado algunas críticas que no fueron atendidas por ninguna fuerza política ni por los juristas que redactaron la nueva codificación.
Pero lo más importante es el nuevo Código Penal que la Presidenta encomendó el año pasado a otra comisión de juristas (en la que las principales fuerzas de la oposición tienen representación), donde en principio está afuera la despenalización del aborto, una señal que la jefa de Estado dio a la Iglesia mucho antes de la entronización del Papa argentino para distender las fricciones que ocasionó la ley de Matrimonio Igualitario. La relación de un Estado constitucionalmente laico con la Iglesia Católica -que hoy tiene un Papa argentino- quedará configurada en estas importantes leyes por muchas décadas.