26 de mayo de 2014 - 00:09

A Messi vuelve a acecharlo la mirada de instinto asesino

"Prometo traerla" escribió Leo sobre una imagen que mostraba la Copa del Mundo, en un bar rosarino. Desde este lunes, el capitán de la Selección se instala en Ezeiza con un solo objetivo: puesta a punto a medida para liderar el sueño albiceleste de ganar

“Prometo traerla” escribió el papá del niño que estaba en brazos de su mamá, en un bar rosarino ubicado cerca del Monumento a la Bandera. Un escrito más, entre tantos, de los que podrían garabatearse en los manteles o servilletas con dibujos publicitarios que abundan en las mesitas o decoran las paredes de esas casas de comida. Sólo que el comensal que había tomado la lapicera se convirtió en el epicentro del lugar apenas los demás concurrentes descubrieron de quién se trataba. Fotos, autógrafos, saludos y deseos de éxito completaron la escena. Lionel Messi en persona, junto a su esposa Antonella Roccuzzo y al hijo de ambos, Thiago, había desayunado sin guardaespaldas ni agentes de prensa o publicitarios, la semana pasada. Allí, entre los concurrentes, como si fuera uno entre tantos más.

Leo ya regresa más asiduamente a su ciudad natal. De a poco, fue desapareciendo la imagen de un joven quizá más identificado con el estereotipo del estilo de vida europeo antes que con el de cualquier habitante de suelo sudamericano. Las poses marketineras y la avalancha de imágenes en publicidad gráfica o televisiva vendían un producto de chico modelo y ejemplo a imitar, como si fuera un ser perfecto y no falible como cualquiera de los humanos. Las otrora antinomias con la figura de Maradona parecen haberse reducido a lo que eran: una simplificación de manual. De repente, Messi se empezó a caracterizar como una persona de carne y hueso, sin idealización ni fantasía. Uno como cualquier otro, al que de tanto en tanto se le ocurre compartir en familia un encuentro sentados a la mesa de un bar.

En la transición de la adolescencia a la juventud, aquel tímido e introvertido Leo, de quien no podía esperarse más que escucharle un par de monosílabos antes de introducirse en su mundo virtual de la play station, pareció dispuesto a fabricar un camino de ingreso al mundo adulto envuelto en una burbuja.

La “Pulga”, en aquellos años, habitaba en “Messilandia “, un mundo ideal de esos que aparecen en la pantalla grande para calmar a los padres frente a la ansiedad de los chicos en las vacaciones.

Cual si fuera un Rey Midas contemporáneo, todo lo que tocaba Lío se convertía en oro: contratos millonarios en euros, publicidades pagadas a precios estratosféricos y presencia permanente en el universo mediático, aunque a él pareciera no importarle. Frases prefabricadas, hechas a medidas por corporaciones de asesores de qué, cuándo, dónde y cómo decir y obrar, brotaban de la tierra cual hongos bajo la lluvia para ofrecer sus lecciones del buen ser y parecer.

Entre 2012 y 2013, Messi comenzó a transitar otro camino más acorde al mundo real. De repente, aparecieron hechos en su vida cotidiana que lo dejaban en una posición incómoda y a la cual había que enfrentar en vez de ningunear. Problemas con el fisco español, que involucraban a su padre por una presunta evasión impositiva y lavado de dinero; fotos comprometedoras en una fiesta realizada en Las Vegas y apariciones en la prensa chimentera; la ida de Pep Guardiola – su lanzador y protector futbolístico – del Barcelona. Un combo que produjo un cuadro de stress en el que los especialistas coincidieron en que terminaron envolviéndolo en una seguidilla de lesiones de origen psicosomático.  

Antes de esos dos años, en 2011, Leo sacó de sí mismo una mirada de instinto asesino – metafóricamente hablando – que lo mostró en una postura desusada de acuerdo al canon que lo identificaba. Fue un 28 de mayo, en Wembley, durante la final de la Champions League contra el Manchester United. El partido estaba igualado en uno (Pedro y Rooney), hasta que Messi tomó el balón en posición de atacante por la derecha, dejó una marca atrás con un leve movimiento y definió con un disparo que tomó comba luego de pasar a un defensor y convertir en estéril el vuelo del arquero Van der Saar. De inmediato, la carrera frenética, con dos pataditas de descarga y un grito visceral, de desahogo, sólo finalizó al momento de fundirse en un abrazo sentido con sus compañeros del Barça. El 3-1 final, de David Villa, decoró las cifras para que el blaugrana se quedase con su cuarta “Orejona”.

Un mes después, ya de regreso al país, la “Pulga” estuvo lejos de haber satisfecho las expectativas durante la Copa América. Por momentos, sus performances fueron desconcertantes y la Selección sintió la ausencia de liderazgo. Las críticas antinómicas respecto de que había un Messi en Barcelona y otra con la albiceleste recrudecieron. Sólo a partir de 2012,   a partir de los triunfos frente a Colombia (2-1 en Barranquilla) y Ecuador (4-0 en Buenos Aires) por las eliminatorias, comenzó a gestarse empatía definitiva con el hincha argentino. El techo de esa relación de afecto y reconocimiento se palpó en Mendoza, con el 3-0 a Uruguay, ocasión en la que Leo brilló al tope y dejó su sello en el Malvinas con dos goles.

A menos de un mes para el debut mundialista en Río de Janeiro, Messi porta la máxima carga de esperanza de todo un país sintoniza en clave futbolera. Será su tercera Copa del Mundo en mayores, luego de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, y la que más expectativa creó dadas las condiciones previas. Hoy, más que nunca el equipo gira alrededor de él, como supo pasarle al fenomenal Barça de Guardiola, sobre todo en 2011, cuando se corrió el techo de rendimiento hacia arriba. El amesetamiento visible con el blaugrana en este año tuvo causas visibles: el recrudecimiento de lesiones musculares, el bajón tras la muerte de Tito Vilanova, la eliminación en la Champions más la Copa del Rey y la Liga española perdidas. Ahora, ya de lleno en la Selección, el foco está puesto en un solo objetivo: la final del 13 de julio en el Maracaná, el mismo escenario en el que se debutará ante Bosnia.

Esta semana, en la que los entrenamientos en el predio de la AFA, en Ezeiza, fueron programados a partir de este lunes, encontrará a Leo en el inicio de la puesta a punto definitiva para llegar a Brasil al máximo de su potencialidad. Allí festejará su cumpleaños 27, el próximo 24 de junio, un día antes de cerrar la primera fase contra Nigeria, en Porto Alegre. Una edad cercana a la que tuvo Diego en México’86, ya que tres meses después del Mundial celebró sus 26 en el techo de su gloria.

Negarlo sería apostar al vuelo bajo, todo lo contrario a las metas que tanto se plantearon Maradona como Messi en sus respectivas carreras.

Quizás el jueves de la semana anterior, rodeado de la admiración de los parroquianos, cuando Leo tomó la lapicera y escribió el ya famoso “Prometo traerla” sobre la imagen de la Copa del Mundo, esa frase haya salido desde su propio inconsciente, el cual lo pudo haber sorprendido. En otro momento, a lo mejor, hubiera utilizado una frase hecha y protocolar, al estilo de “haremos lo posible”. En éste, no. Es que la mirada de instinto asesino está allí, latente. Y esperando por volver al lugar justo y en el momento indicado para hacerse manifiesta.

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