“Prometo traerla” escribió el papá del niño que estaba en brazos de su mamá, en un bar rosarino ubicado cerca del Monumento a la Bandera. Un escrito más, entre tantos, de los que podrían garabatearse en los manteles o servilletas con dibujos publicitarios que abundan en las mesitas o decoran las paredes de esas casas de comida. Sólo que el comensal que había tomado la lapicera se convirtió en el epicentro del lugar apenas los demás concurrentes descubrieron de quién se trataba. Fotos, autógrafos, saludos y deseos de éxito completaron la escena. Lionel Messi en persona, junto a su esposa Antonella Roccuzzo y al hijo de ambos, Thiago, había desayunado sin guardaespaldas ni agentes de prensa o publicitarios, la semana pasada. Allí, entre los concurrentes, como si fuera uno entre tantos más.
