4 de septiembre de 2016 - 00:00

Messi, de héroe mitológico a encarar el gran desafío del ser humano

En la Antigua Grecia los juegos olímpicos representaron una sublimación de las destrezas bélicas. El ganar o el perder de ninguna manera eran interpretados como hechos pasajeros; todo lo contrario: ubicaban al participante de las pruebas en una línea dire

Es en estos días cuando las loas, los elogios y el enaltecimiento de las cualidades futbolísticas volvieron a situar a Lionel Messi en un pedestal que encaja con el metro patrón del héroe deportivo en su máxima expresión identitaria. El bimestre anterior, en cambio, entre los meses de julio y agosto pasados, las miradas sobre el crack del Barcelona estuvieron impregnadas de una dualidad: por un lado, críticas despiadadas tras haber anunciado su renuncia a la Selección; por el otro, un cierto tono de condescendencia que implícitamente avaló la decisión del jugador por alejarse de la máxima representación del fútbol nacional. Un juego de opuestos propio del poder simbólico en el cual está investida la figura deportiva del hoy, en una cuasi relación simétrica con el héroe mitológico del ayer.

Como colectivo social, a la estrella proveniente de la esfera del deporte se le siguen adosando características propias de un semidiós. No es novedoso el enfoque: en la Antigua Grecia, los juegos olímpicos representaron una sublimación de las destrezas bélicas. Así, por ejemplo, disciplinas como la lucha, el lanzamiento de la jabalina, bala o martillo, las carreras pedestres, el salto en largo o en alto, para describir algunas, significaban la reproducción lúdica de las artes de la guerra. Los vencedores recibían premios de un alto grado de simbolismo y los perdedores quedaban situados en las esferas inferiores de reconocimiento. El ganar o el perder de ninguna manera eran interpretados como hechos pasajeros; todo lo contrario: ubicaban al participante de las pruebas en una línea directa con el designio de los moradores del Olimpo.

En la Argentina, el fútbol es un hecho de connotaciones socioculturales fuertemente ligado con el modus vivendi de la comunidad. Ya no puede encuadrarse solamente dentro de los límites del campo de juego sino que atraviesa los límites del territorio entre la reflexión y la emoción en la vida diaria. Abarca a toda clase social sin distinción, más allá del grado de atracción que despierte. Un Messi, como asimismo un Maradona, se transformaron en depositarios de las expectativas a corto, mediano y largo plazo del habitante común.

Son, a su vez, su vehículo de expresión mediatizada en el plano de los símbolos. Tamaño grado de consideración los ata como la piedra a Sísifo; la condena eterna es llegar a la cumbre, resbalar hasta el pozo y retomar la meta sabiendo que no habrá descanso posible. Ni siquiera cuando su desaparición física los aleje de este planeta: los espera el territorio ilimitado de la leyenda y el mito.

En su reciente paso por Mendoza, los ojos del mundo se posaron sobre Messi. No sólo los de quienes asistieron al estadio para presenciar el partido frente a Uruguay, sino que el fútbol dio otra muestra de su pluriculturalidad: millones de teleespectadores expusieron su ansiedad por ver en acción a quien ganó cinco veces el Balón de Oro al mejor futbolista mundial. De esta manera, desde los cinco continentes se desembocó en una variable de expectativa propia de los grandes acontecimientos. Y el extraordinario jugador argentino estuvo por sobre la línea de la altura de las circunstancias. Guió cada una de sus acciones en la cancha con la misma determinación que tuvo para imaginar cuáles iban a ser las consecuencias de sus actos. En su pensamiento previo, anticipó las metas a conseguir y sintió que tal deseo latente se transformó en manifiesto.

El ganar o el perder de ninguna manera eran interpretados como hechos pasajeros; todo lo contrario: ubicaban al participante de las pruebas en una línea directa con el designio de los moradores del Olimpo.

La misma sensación generalizada de victoria suele adosarle al deportista de nivel premium una presión adicional que es la de prolongar el estado de euforia colectiva hasta sin límite alguno de finalización. Inclusive, se le agrega el factor más peligroso que se le pudiera adicionar: el del endiosamiento. El inconsciente colectivo navega en esa dirección aun sin observar dónde se divisa el puerto y basta que el resultado no acompañe la expectativa para que se invierta la carga emocional. Messi lo sufrió en carne propia con las tres finales perdidas en el Mundial 2014 y sendas Copa América 2015 y 2016. En la percepción generalizada no hubo término medio para el juzgamiento y se pasó de abanderado de la esperanza a responsable principal de la frustración. Tampoco cabe sorprenderse: al igual que en la mitología griega, en el imaginario popular le cabe el sayo del antagonismo triunfador/virtuoso o perdedor/despreciado. El juicio es laudatorio, sea cual fuera la cara de la moneda.

Messi es, sobre todo, un ser humano como cualquiera. Y le agregó, en estos tiempos, la más saludable de todas las experiencias demostrables, ni más ni menos que la sentirse parte del mundo común de los mortales. Con sus tomas de decisiones va descendiendo de motu proprio desde lo alto del podio en el que fue entronizado por la lógica del mercantilismo. Y va a la búsqueda del mayor de sus desafíos: ser, en vez de parecer.

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