Un objetivo de acciones a realizar por los Estados debería tener varios frentes de ataque y acordados entre el propio Estado y sectores privados por las inversiones que serían necesarias para obtener una administración económica sustentable.
En mayor o menor medida, la búsqueda de dicha sustentabilidad estaría asentada en conceptos relacionados con la educación ambiental de la población, el uso racional de los recursos naturales, el control de la contaminación, la gestión del agua, la disminución de la deforestación, el tratamiento de los desechos industriales, cloacales y mineros, y la localización de la vida humana.
Los fenómenos naturales y aquellos provocados deliberadamente por el hombre modifican y condicionan nuestra vida y nuestro hábitat sin que tengamos ninguna protección ajena a nosotros mismos. Es por eso que los Estados deben participar directa o indirectamente en cada proyecto, sea de prevención, de contención o de control.
Al respecto de esto último Al Gore (ex vicepresidente de los Estados Unidos) nos recuerda que, desde 2007 hasta nuestros días la crisis ambiental se ha agravado porque los eventos meteorológicos extremos son masivos y demasiado frecuentes, refiriéndose al aumento de la temperatura mundial, las lluvias torrenciales, las olas de calor, los deshielos del Ártico y también continentales, la elevación de los océanos y la pérdida de biodiversidad, entre otros.
El conocimiento medioambiental y de los ecosistemas será de aquí en más un diferencial importante a favor de una mejor calidad de vida, y esto no es un problema de la gente, es una responsabilidad de los gobiernos, que deben ocuparse de crear o mejorar los equipos profesionales de investigación e invertir más dinero en programas y proyectos específicos.
Los cambios climáticos no responden a una regla fija. El IPCC (Panel Intergubernamental para los Cambios Climáticos, siglas en inglés) lo acepta de esa forma pero afirma, al mismo tiempo, que el accionar del hombre tiene influencia en el aumento del calor debido al uso de combustibles fósiles que aumentan el CO2 en la atmósfera.
Es por eso que las Naciones Unidas han tomado cartas en el asunto instando a los gobiernos a iniciar acciones tendientes a corregir políticas y mitigar riesgos debido a que no existen planificaciones a mediano y largo plazo sobre cómo deben enfrentarse fenómenos climáticos diferentes a los que hasta ahora se han conocido, y de ese modo no hay forma de orientar al sector privado sobre qué medidas tomar en caso de observarse cambios importantes en el comportamiento del clima.
Tampoco existen dependencias oficiales que ayuden a la actividad agrícola, indicándole cómo será el régimen de lluvias para la próxima campaña agrícola, o que las fuerzas de defensa civil puedan prever dónde habrá evacuaciones por inundaciones o que las municipalidades puedan saber anticipadamente qué ayuda pueden preparar para otros eventos.
Las fijaciones urbanas que corren riesgos de inundaciones y sumergimiento de tierras muchas de las cuales están hoy ocupadas por poblaciones marginales no tienen una planificación oficial ni hay un interés por reordenarlas.
Faltan definiciones de estrategias claras para la protección de ecosistemas y la adaptación a desequilibrios que eventualmente fueran provocados por irregulares comportamientos del clima.
La gran presión demográfica creada en el último siglo desnuda la falta de políticas y organización de los Estados para dar cabida a estas crecientes poblaciones en lugares apropiados y no en puntos vulnerables de sus territorios.
Continúan los procesos de erosión de suelos, que persisten sin el freno de una política efectiva que los contenga, y se potencian con procesos naturales de salinización y contaminación, ya sea por excesivo uso de agroquímicos o por sobre pastoreo.
Los bosques no están exentos de la agresión, la frontera agrícola avanza inexorablemente sobre la superficie verde, sin controles eficientes y motivada por el alto precio internacional de los cereales, al generar de ese modo dos recursos inmediatos (básicamente soja y madera) que comprometen el futuro a largo plazo.
Lo mismo ocurre con manchones y humedales que albergan millones de aves lacustres y animales de hábitat intermedio entre el agua y la tierra, que están sometidos a la depredación debido al vertedero de productos químicos sin ningún proceso industrial previo, y esto ocurre en países que han suscripto el protocolo Ramsar de 1998, por el cual asumen obligaciones de protección que no están cumpliendo.
El problema del abastecimiento de agua potable en las megalópolis latinoamericanas, que no dejan de crecer, es cada vez mayor, lo cual de por sí complica cualquier buena gestión de abastecimiento y saneamiento, agravado por la falta de mantenimiento de las redes, por las que se pierde una parte importante del recurso.
Ríos importantes de la región reciben diariamente toneladas de desechos químicos industriales y cloacales que impiden cualquier actividad orgánica en ellos, de los cuales tenemos ejemplos en abundancia.
En el área energética, en nuestra región sólo Brasil y Costa Rica han mostrado capacidad de cambio desarrollando matrices energéticas con fuentes predominantemente renovables de energía como la geotermia, eólica, etanol, biomasa, utilización de mareas, paneles solares e hidroelectricidad.
No hay una reflexión seria en el mundo sobre el medio ambiente a pesar de la presión de ciertos grupos, ONGs y científicos ambientalistas. Tampoco tiene mucho sentido que los temas relacionados con el cuidado del medio ambiente figuren en los textos constitucionales de la mayoría de los países si luego nadie va a profundizarlos con leyes concretas y cursos de acción que se encaminen de manera directa al tratamiento de estos asuntos.
La conciencia verde no está aún en el corazón de nuestros gobernantes y mucho menos en sus mentes, aunque la escuchemos en sus discursos, al mismo tiempo que la presión demográfica continúa a ritmo creciente y sin ningún límite.
