Domingo Fidel Sarmiento -hijo del prócer- participó como soldado en la Guerra de la Triple Alianza. Quedó bajo el mando de Lucio V. Mansilla, quien lo protegió hasta el punto de mantenerlo para que pudiese entregar todo su sueldo a su madre, Benita. Por entonces Domingo Faustino se encontraba en Estados Unidos, distanciado de su esposa e hijos, debido a la relación que tenía con Aurelia Vélez Sarsfield.
En una de las numerosas cartas que el muchacho envió a su madre desde el campo de batalla, nombra al abuelo de Jorge Luis Borges -el mayor Francisco Borges- y desnuda el espíritu amplio de su superior: "Mansilla, pasado el primer momento de la carga, me ordenó que me retirara, yo no habiendo querido obedecerle como era natural; me dijo: 'He prometido no exponerlo a Ud. sino en caso indispensable. Volvamos al batallón y piense que se lo he prometido a su mamá'. Te cuento esto para que veas como hay quien cuide por ti".
Así fue como el sobrino de Juan Manuel de Rosas cuidó del hijo de Sarmiento. Fueron muchos los enfrentamientos de aquella guerra, pero sin duda alguna los argentinos no olvidarían jamás el del 22 de septiembre de 1866. Curupaytí constituyó la derrota más sangrienta para nuestro bando. Mitre, presidente entonces, estuvo siempre siempre al frente. Soportó el fuego como todos hasta dar orden de retirada. A pesar de los esfuerzo de Mansilla, aquél fue el último día de Dominguito:
"Vi a Sarmiento muerto -narra el general Garmendia en sus recuerdos sobre la guerra-, conducido en una manta por cuatro soldados heridos: aquella faz lívida, lleno de lodo, tenía el aspecto brutal de la muerte. No brillaba ya esplendorosa la noble inteligencia que en vida bañó su frente tan noble; apreté su mano helada, y siguió su marcha ese convoy fúnebre que tenía por séquito el dolor y la agonía (… ) Ayala, Calvete, Victorica, Mansilla (… ) y qué sé yo cuántos más, todos heridos, chorreando sangre se retiraban en silencio (… ) Era interminable aquella procesión de harapos sangrientos, entre los que iba Darragueira sin cabeza; de moribundos, de héroes inquebrantables, de armones destrozados, de piezas sin artilleros, de caballos sin atajes (… )."
Sarmiento expresó su dolor innumerables veces. Escribió a su amiga Mary Mann: "La muerte de Dominguito tan malogrado, ha traído a mi espíritu un incurable descontento. ¡Qué cadena de desencantos! Habría vivido en él; mientras que ahora no sé adónde arrojar este pedazo de vida que me queda, no sé qué hacer con ella".
Al regresar del frente, Mansilla propuso al Padre del Aula como futuro Presidente y -junto a Aurelia Vélez- trabajaron volviéndolo realidad. Se presentó entonces ante el flamante primer mandatario para solicitarle un lugar en el nuevo gobierno. Mansilla no obtuvo lo que quería, pero fue designado como Coronel y Comandante de Fronteras en Río IV, en Córdoba. Gracias a esta experiencia escribió el famoso libro "Una excursión a los indios ranqueles".
Pasarían muchos años pero Lucio V. Mansilla no olvidaría a su joven lugarteniente. Poco después de la muerte de Sarmiento, tramitó en el Congreso la pensión que correspondía a la viuda oficial: Benita Pastoriza. A quiesn su esposo había procurado eliminar del testamento. Así, nuestro Estado otorgó el beneficio a la madre de Dominguito y Mansilla la cuidó por él. Sin duda, la figura de este sobrino de Rosas es una de las más destacables de nuestro pasado y merece mucho más reconocimiento del que hoy posee.