No se trata solo de fútbol. O, mejor dicho, el fútbol nunca es solo fútbol. Pero particularmente estos eventos de carácter mundial convocan aún a quienes no sabemos nada de fútbol. Entonces, ¿qué es lo que produce esa fascinación? En la cultura argentina, la pelota funciona como un idioma compartido, una memoria afectiva y una escena pública donde se mezclan pertenencias muy distintas. Y en tiempos donde el encuentro cuesta, donde nos hace falta un mirarnos a los ojos, un palpitar juntos, el Mundial es una gran oportunidad, una pausa: no borra las diferencias, pero las suspende por un rato.
Pablo Alabarces, sociólogo que que ha profundizado en el vínculo entre fútbol, patria y cultura popular, señaló que la victoria de Qatar 2022 produjo en la Argentina un estallido de felicidad colectiva. No resolvió la pobreza, no reparó la crisis, no mejoró por sí sola la vida cotidiana de nadie. Pero permitió algo que las sociedades también necesitan: una experiencia compartida de alegría. Y esa es, sin dudas, la clave. El fútbol no soluciona los problemas estructurales, todos lo sabemos. Pero nos invita a ilusionarnos de manera colectiva, conectando a todos por igual. Por un breve e intenso período de tiempo, toda una comunidad experimenta la sensación de que todavía existe un “nosotros”.
Una forma de contar quiénes queremos ser
No es el deporte en sí mismo el atractivo. Para un gran número de espectadores que habitualmente no consumen fútbol, el evento es otra cosa: un reflejo. Nosotros, representados por 11 figuras, frente al mundo, con muchas chances de brillar, de demostrar talento, creatividad, de triunfar aún en los escenarios más difíciles. Y allí, en la gambeta, en el resultado favorable, en el triunfo estamos todos. Todos somos parte de ese éxito. Hay en cada partido una forma de narrarnos, de contar una épica en la que todos luchamos y conseguimos destacarnos de alguna manera. Personas de edades, clases sociales, provincias, trayectorias e ideas distintas participan de una misma espera. El gol se grita antes de ser analizado. El abrazo llega antes que la explicación. La emoción compartida antecede, por un instante, a la diferencia.
En tiempos de vínculos mediados por pantallas, esa escena tiene un valor particular. El Mundial es televisivo, global y comercial, pero también sigue generando encuentros cara a cara. Se mira y se comenta el partido con otros. A veces, se retoman tradiciones que se cree que han contribuido al éxito del conjunto: usar la misma camiseta, sentarse en la misma silla, reunirse siempre con las mismas personas. Se comparte una comida. Se invita a alguien. Se festeja en el espacio público, con todos. Se canta. Se expresan libremente las emociones porque sabemos que son compartidas. En una época en la que muchas experiencias se consumen de manera individual, el fútbol conserva una potencia comunitaria: nos devuelve al aquí y ahora, y al acto de estar con otros y de tener un proyecto en común.
Una experiencia significativa para los chicos
Para los más pequeños, ese impacto puede ser profundo. No porque el fútbol ni ninguna otra pasión deba ocuparlo todo, ni porque todos los chicos tengan que volverse hinchas, sino porque las infancias necesitan recuerdos compartidos con adultos significativos para ellos. Un Mundial puede ser la primera vez que un niño ve llorar de emoción a su abuelo, que entiende por qué una camiseta se guarda como un tesoro, que descubre que la alegría también puede ser colectiva. En esos momentos se transmiten gestos, relatos, canciones, nombres propios, escenas familiares. Se aprende que pertenecer no siempre es pensar igual, sino poder emocionarse juntos.
Quizás por eso el Mundial nos importa tanto a todos. Porque cada cuatro años nos ofrece la posibilidad de escribir una historia común. No una historia perfecta ni pura. Pero sí una historia reconocible: la de un país que, por algunas semanas, vuelve a ordenar sus conversaciones alrededor de una ilusión compartida.
Después llegará el análisis. Vendrán las críticas, los resultados, las frustraciones o los festejos. Volverán las diferencias, como siempre. Pero algo de esa experiencia quedará. Una foto familiar. Un audio enviado después de un gol. Una calle llena de banderas. Un chico subido a los hombros de su padre. Una abuela que pregunta a qué hora juega Argentina. Un abrazo entre personas que, en otros momentos, no tienen muchos puntos en común.
Definitivamente, el fútbol no salva a un país. Pero a veces puede recordarle qué necesario y reconfortante es reunirse. Y en una sociedad tan fragmentada, ese recordatorio no es menor.
* La autora es especialista en innovación educativa.