La mitad de la población del país se concentra en las grandes ciudades, algunas son millonarias en cantidad de habitantes y siguen creciendo. Una ciudad con más de dos millones de habitantes ya es un despropósito y la Argentina tiene varias.
La mitad de la población del país se concentra en las grandes ciudades, algunas son millonarias en cantidad de habitantes y siguen creciendo. Una ciudad con más de dos millones de habitantes ya es un despropósito y la Argentina tiene varias.
Mucho más notorio se hace el tema en ciudades renombradas del mundo como Londres, New York, Tokio, México DF, por poner algunos ejemplos de los más conocidos.
Vivir en una ciudad es vivir rodeado por un paisaje de concreto y cemento, con pocas posibilidades de ver el horizonte, donde ocurren los acontecimientos de mañana.
El horizonte es la línea donde se posan nuestros ojos a todo nuestro alrededor, es lo que ocurre, salvo el pensamiento de que la tierra es plana que sostienen un montón de diletantes.
Pero la otra mitad del país vive en los pueblos, en los pequeños o grandes pueblos que pueblan nuestra geografía de una manera prepotente.
Si uno mira el mapa de la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, va a apreciar la cantidad de pueblos que andan desparramados por su geografía.
Hay pueblos grandes, ya con categoría de ciudades, y pueblos pequeños, diminutos, que apenas aprecen como caca de mosca en el mapa.
Allí vive la otra mitad de la población y en forma distinta a los que poblamos las ciudades; más pura, más íntima, más vivencial. Por empezar, todo el mundo se conoce. Cuando un pajuerano llega al pueblo lo detectan inmediatamente porque no está en su manual de rostros de todos los vecinos.
Los códigos de convivencia son otros y muy distintos. La vecindad, por ejemplo, es toda una institución que sirve para apoyarse cuando el día se inclina para su lado negativo.
La solidaridad es distinta. Les voy a contar una historia. Yo soy nacido en uno de estos pueblitos, que entonces tenía las calles de tierra y era un puñado de casas al lado de la vía del ferrocarril. Unos hermanos, pobres del verbo pobre, se pusieron un quincho de madera y paja para servir comidas a los camioneros que pasaban por la ruta 33 para llegar al puerto de Rosario, que era su destino.
Lentamente fueron arreglando el lugar, mejorando sus instalaciones y el éxito coronó su esfuerzo: paraban decenas de camioneros para deleitarse con los simples pero sabrosos manjares que allí se preparaban.
Un día, ese mal día que tienen todos los cuentos, el quincho ardió, fue ganado por el fuego y las llamaradas se veían hasta en el pueblo vecino. Los hermanos abrazados, llorando, no podían disimular su dolor. A los dos días estábamos comienzo un asado en el quincho nuevo, mucho mejor que el anterior. Todos los vecinos se sintieron conmovidos y fueron a participar, a cavar, a levantar paredes, a poner palos, a llenar el techo, apareció una heladera que nadie supo quien mandó y una cocina de las industriales. Todos colaboraron: el cura, el médico, el comisario, el director de la escuela, nadie se quedó sin hacer nada. A los dos días los hermanos estaban abrazados otra vez, llorando, pero esta vez de alegría. Ningún habitante le sacó el cuerpo al sacrificio para que se pudiera recuperar lo perdido.
Así se actúa en los pueblos y el resultado es una generosidad que suele pasar desapercibida pero que los hace sentirse orgullosos.
Yo también participé de aquella reconstrucción y de ese código, el de la solidaridad, que me ha costado mucho encontrarlo en las ciudades.
La mitad de los habitantes de este país vive en los pueblos y me parece bien, para que no nos olvidemos qué es el saludo, la palabra amable, la ayuda cercana y la vida simple de aquellos que saben cómo leer el horizonte.