Mientras se cerraba la negociación en las oficinas del mediador propuesto por Griesa, todos se sorprendieron con la aparición de una alternativa de último momento presentada por los bancos argentinos que consistiría en poner una suma en garantía para destrabar el conflicto, para luego comprar la totalidad de los bonos involucrados en la sentencia del juez neoyorquino, por unos 1.500 millones de dólares.
En realidad, esta posibilidad había sido planteada por un grupo de bancos norteamericanos, pero el gobierno la había descartado ya que no creía que el Juez fallaría en contra de la Argentina. Tampoco les gustaba, como imagen, que el salvataje viniera del corazón de Wall Street y de la mano de entidades demasiado grandes.
Con el fallo en contra y ante el enojo del Juez, el Gobierno cambió su discurso y dijo que pagarían en los mismos términos que había cobrado el otro 92% de los acreedores, lo que contradecía el fallo mismo. Mientras tanto, una maratón de manifestaciones políticas donde todos nos apoyaban pero nos decían que teníamos que pagar la sentencia.
Desafiando la ley de gravedad, Argentina depositó la plata para pagar los servicios de los bonos del canje y el juez ordenó congelar los fondos y no pagar. Aquí saltó el problema de la cláusula RUFO, que implica que si se les da una condición mejor a los que no entraron, habría que extender lo mismo a la mayoría.
Lo cierto es que estaba todo trabado entre las partes y todos hablaban del riesgo de default. El presidente de Adeba, Jorge Brito, decía que el la cesación de pagos no era problema.
A medida que pasaba el tiempo estaba claro que Griesa no aflojaba y los fondos que tenían el fallo a su favor, tampoco. Algunas semanas atrás, el ex presidente del BCRA, Martín Loustau, había sugerido que los bancos argentinos hicieran una suerte de “aporte patriótico” ya que en caso de default los bancos se perjudicarían por la pérdida de valor de sus activos, pero los banqueros miraban a otro lado.
¿Por qué esperaron hasta el final? Todo indica que no fue un actitud espontánea y hubo alguna inducción desde esferas oficiales, aunque esto se niega porque el gobierno no puede aparecer negociando en forma voluntaria.
No se sabe si fue falta de reflejos, subestimación o soberbia, pero lo cierto es que la conducta de los banqueros argentinos lejos de heroica parece bastante irresponsable, ya que estuvieron a punto de suicidarse y fueron salvados por terceros.
Más allá de los detalles de la negociación, es una demostración más de la pobreza de la clase dirigente argentina, que muchas veces, cuando les convenía, se hicieron socios de los gobiernos y no llegaron a advertir el riesgo que un default les podía salpicar sus propios negocios. No son héroes; en todo caso, actuaron para salvar a ellos mismos.