6 de abril de 2019 - 00:00

Los aborígenes y Rosas -Por Luciana Sabina

Demonizar a Rosas o a Roca por las actitudes que tuvieron con los aborígenes sería extrapolarlos temporalmente.

Aunque muchos autores insistan en destacar solo el costado pactista de Rosas en relación a los aborígenes, la realidad fue otra. En una expedición realizada hacia 1833, el caudillo intentó eliminar a todos los naturales rebeldes de la zona comprendida entre los Andes y el Atlántico, con el Río Negro como límite sur, pero fracasó debido a la falta de tropas y recursos, aunque logró acabar con tribus importantes.

Otra de las estrategias que utilizó fue la de apoyar a diversos grupos provenientes del actual territorio chileno — entre ellos el encabezado por Juan Calfucurá— para que sometiesen a clanes autóctonos. Historiadores como José María Rosa señalaron que la expedición del Restaurador no se propuso el exterminio de los indios, pero el mismo Juan Manuel de Rosas expresó lo contrario en 1833 a Juan Facundo Quiroga: "No se necesita más para enfrentar a los indígenas, o acabar con todos ellos, que situar en Chuelechel una división de cuatrocientos soldados de una manera permanente".

El coronel Ángel Pacheco, ex soldado de San Martín y veterano de la Guerra del Brasil, participó en esta cruzada. Sus cartas demuestran que eliminar a los nativos y reducirlos a la esclavitud eran objetivos primordiales. Desde el campamento escribió a Tomás Guido: "La expedición contra los salvajes, puedo yo asegurárselo, tendrá mejores resultados que los que el mismo Gral. se había prometido. Él podrá ofrecer a su regreso un océano de campos útiles para la labranza y limpios de indios (… ). Nuestra población va a aumentarse con las familias de estos indios, las mujeres nos serán muy útiles, porque son laboriosas y acostumbradas a un asiduo trabajo, ya hay bastantes en mi campo y viven muy contentas, hasta ahora ninguna se ha intentado fugar".

El mismo Rosas tuvo a aborígenes capturados trabajando sus tierras, reducidos prácticamente a la esclavitud. Los más famosos fueron Panghitruz Güor y su padre, el cacique ranquel Painé. Detenidos en 1834, terminaron como peones forzosos en los campos del gobernador porteño, quien hizo bautizar al joven como Mariano Rosas. Ambos lograron fugarse. Aunque según Lucio V. Mansilla, quién lo entrevistó años más tarde, Mariano guardaba un grato recuerdo por el Restaurador. Sin embargo, se negó siempre a volver a pisar tierra cristiana.

Es verdad que Rosas pactó con ciertos grupos, obteniendo amistad a cambio de bienes y alimentos. Todo salió siempre de las arcas bonaerenses, pero convenció a las tribus de que él otorgaba esos beneficios. Con esta especie de protoclientelismo político ganó la fidelidad nativa y, aplicándola en distintas esferas, la de muchos otros. Algo que no deja de ser actual, lamentablemente.

Las ofensivas contra los aborígenes no se limitaron a 1833, existieron durante todo su gobierno. La Gaceta Mercantil, un periódico oficialista, daba cuenta de dichas campañas. Gracias a este sabemos, por ejemplo, que en agosto de 1836 una expedición asesinó al cacique Cañiuquil, junto a doscientos cincuenta de sus hombres.

De todos modos demonizar a Rosas o a Roca por estas acciones sería extrapolarlos temporalmente. Como hemos insistido en otras ocasiones, los malones no daban respiro a las poblaciones de frontera, ocasionando enormes pérdidas, tanto materiales como humanas. Los aborígenes eran considerados por ende enemigos peligrosos y cualquier intento por combatirlos generaba adhesión social. Eludir esta coyuntura a la hora de analizar el período nos aleja del escenario real, del mismo modo que observarlo a través de un tamiz contemporáneo.

Es más propicio abordar el comportamiento de Rosas como respuesta a su realidad, en lugar de ocultarlo o disfrazarlo. La realidad es que al no poder someter a las tribus -luego de intentarlo- no tuvo otra opción más que la de negociar con ellas, pero estuvo lejos de buscar protegerlos, como algunos argumentan. Para él, como para el resto, se trataba de enemigos.

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