2 de agosto de 2014 - 00:00

Las tentaciones que el poder no resiste

Cuando todo indicaba que el camino elegido por la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner para culminar su gobierno era el de recuperar credibilidad internacional poniéndose al día con sus obligaciones externas, resurgió la tentación de recuperar el rel

El argumento siempre es el mismo: "El gobierno de los Estados Unidos se preocupa por los intereses de las empresas radicadas en la Argentina, por los ciudadanos americanos que viven allí y por las relaciones bilaterales entre ambos países". Bajo este paraguas formal, con mucha reserva y discreción, la embajada de EEUU en Buenos Aires viene jugando un rol activo en la crisis por la deuda con los fondos buitres.

La vía para llegar a la presidenta Cristina Fernández con comentarios y opiniones no institucionales. No entra al Gobierno por los tradicionales canales diplomáticos de la Cancillería, sino en forma directa por el despacho del secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini. 
El último mensaje de la administración Obama llegó el miércoles pasado, cuando el ministro de Economía, Axel Kicillof, se encontraba en Nueva York: "Defiendan su posición, negocien duro, pero no desconozcan la Justicia norteamericana. Eso sería un problema para todos".

Esa misma tarde, al salir del encuentro con el mediador Dan Pollack y los representantes de los fondos buitres, Kicillof pateó el tablero. Tenía el visto bueno de Cristina, decidida no solamente a rechazar los planteos de quienes no aceptaron el canje de sus bonos, sino a dar una batalla ideológica contra el capitalismo y las reglas de juego de las finanzas internacionales.

Recalculando

La orden al secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, no se hizo esperar. Era el momento de retomar el contacto directo con la militancia, levantar otra vez algunas banderas que parecían arriadas, potenciar el relato épico y exaltar el recuerdo omnipresente de Néstor Kirchner y Hugo Chávez.

Eso sucedió el jueves por la noche en una Casa Rosada repleta de jóvenes que volvieron a cantar a Cristina que son "los pibes para la liberación". Ella apeló a la emoción y les dijo: "Gracias, no saben cómo los extrañaba". 

Ese diálogo pretendió dejar atrás una larga secuencia de contradicciones, amagues y contramarchas que viene protagonizando la Presidenta desde que asumió su segundo mandato. El pago por juicios en el Centro Internacional de Arreglos de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI), una dependencia del Banco Mundial encargada de dirimir las disputas entre Estados y compañías privadas; el acuerdo con Repsol por la estatización de YPF y la negociación de la deuda con el Club de París, entre otras acciones, parecían marcar un cambio de rumbo en las decisiones oficiales.

Quizás por esas señales, muchos creyeron que después de una lógica pelea discursiva, el Gobierno terminaría arreglando con los fondos buitres de una manera conveniente, sin poner en riesgo la reestructuración de la deuda y recuperando la confianza necesaria para acceder otra vez al crédito internacional. Pero claro, para Cristina fue irresistible la tentación de capitalizar políticamente en el final de su mandato una confrontación directa con el poder financiero mundial.

Ahora el relato ha vuelto con todas sus fuerzas. Alentados por encuestas oficiales que señalan un crecimiento de la imagen positiva de la Presidenta, el kirchnerismo quiere sacar provecho de la pelea con los buitres y planea actos en distintos lugares del país, comenzando por el Luna Park el próximo 12 de agosto.

Es el momento de recuperar lo perdido y renovar la mística, según afirman algunos dirigentes que ya no sabían qué explicar ante sus bases, envueltas en un proceso de dispersión.

Todo llega

Aunque el oficialismo lo niegue, todos los mecanismos de una cesación de pagos ya están activados y avanzan las conversaciones entre los bancos internacionales y los fondos buitres para llegar a un acuerdo entre privados. Ése también es un camino que tiene luz verde de la Casa Blanca y una de las posibilidades es que haya un cambio de mano de los bonos en default. En el Gobierno argentino ven con alguna simpatía esa salida, aunque nadie se anima a decir que en el futuro sería más conveniente enfrentar a esos bancos que a los buitres.

Cristina está entusiasmada y dispuesta a soportar las inevitables consecuencias económicas de la actual situación, porque cree que su actitud será debidamente valorada y tendrá un cierre de gestión con altos niveles de popularidad. Pero se avecinan otras complicaciones no menores, derivadas del desacato no sólo al fallo de un juez, sino a una sentencia firme de la Justicia norteamericana, elegida oportunamente por el propio gobierno argentino para dirimir cualquier pleito con los bonos de la deuda.

De una semana a la otra, el país ha entrado en una etapa diferente, cargada de más dudas y preocupaciones. ¿Y la oposición? La oposición mira y comenta desde los balcones.

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