Le bastó a Albert Camus que promediara el siglo XX para que se decidiera a caracterizarlo como “el siglo del miedo”. A su turno, finalizada esa centuria y repasando sus rasgos distintivos, Tony Judt se refirió a ella como núcleo de una “nueva era del miedo”. La coincidencia entre los dos escritores dista de ser casual. El pensador francés y el británico advirtieron con igual preocupación y hondura similar que se encontraban ante una dolorosa realidad: la pérdida de valor de la vida humana en las sociedades que mejor preparadas parecían para preservarlo y promoverlo: las democracias occidentales.
Esa pérdida de valor de la vida humana se ha extendido al siglo actual. Más allá de las obvias diferencias entre las democracias mejor desarrolladas y las que lo están menos, hay que decir que la nuestra figura entre las que acusan esa pérdida con mayor dramatismo. La argentina es una sociedad convulsionada por la desorientación pues en ella el retorno a la vida constitucional, producido en 1983, lejos de terminar con el miedo, lo ha potenciado.
La razón es clara. Con su escaso apego a la ley, ella ha permitido que el miedo, generado por todo tipo de transgresiones, se agravara hasta quebrantar el sentimiento de normalidad al que aspirábamos tras esa larga noche protagonizada por la violencia terrorista y la represión criminal. Transfigurado, presentándose bajo nuevos ropajes, el miedo ha cundido una vez más y el sentimiento de libertad, afectado como está por la pérdida de seguridad y de confianza en el poder político, se replegó hasta rozar el borde de la extinción. El nuestro ya no es, como en su momento lo propusiera el memorable ensayo de Erich Fromm, miedo a la libertad sino miedo generado por la pérdida de libertad, por su inocultable retroceso, por un deterioro, en fin, cada vez más pronunciado.
Estamos en la Argentina a merced de una acelerada disolución de las garantías básicas que el Estado debe brindar a la ciudadanía. Solo si se contara con ellas ésta última podría reconocerse representada por la ley y respaldada por ella en sus iniciativas fundamentales. Es preciso reconocerlo: la Argentina carece de un Estado en órdenes esenciales y solo las apariencias inducen a creer lo contrario. El deterioro de la República y su reemplazo por el primitivismo político interesado en reducir las funciones del Estado a sus mezquinas conveniencias ha venido vaciando de significación nuestra identidad cívica.
En un editorial penetrante, el diario La Nación de Buenos Aires recordó recientemente las principales causas y los efectos nefastos del miedo sembrado en nuestra sociedad: “El miedo ha reaparecido en la Argentina. Es un fantasma que silencia, reprime, somete y enturbia la vida de la población”. De hecho, su peso agravado en el espíritu y en los hábitos de aquellos que lo padecen, menoscaba la dignidad personal y colectiva y convierte el indispensable orden cotidiano en un escenario de incertidumbres y riesgos siempre extenuantes y con frecuencia trágicos.
Necesitamos dirigentes resueltos a inscribir el rumbo de la nación en el cauce de la ley y a buscar con denuedo y sabiduría la recuperación ética del país. La esperanza, si bien mermada entre nosotros, no ha desaparecido. Pero demanda estímulos políticos que vuelvan a darle aliento e impidan que se convierta en desesperación. Es más que riesgoso seguir aplazando el afianzamiento de una justicia independiente.
Más que riesgoso seguir careciendo de un proyecto educativo orientado por la necesidad de revertir la anomia en que vivimos. Educar significa mucho más que capacitar para el buen desempeño profesional. Educar es formar a quien aprende en la conciencia vigorosa de los valores sin los cuales el hombre se degrada.
Quienes hoy siembran miedo en la Argentina perpetúan por nuevos medios la atmósfera irrespirable de los años de plomo, el clima nefasto e imprescindible para que el totalitarismo pueda prosperar.
Para terminar con lo siniestro hay que empezar por reconocerlo en su real magnitud. Mirarlo a la cara y no resignarse a la vergüenza de ser lo que él ha hecho de nosotros. No hay otro modo de reingresar al escenario de la libertad.