"Las Blaquier”: ricas, famosas y extravagantes

Las mujeres que crecieron bajo el influjo de la riqueza generada por el Ingenio Ledesma. Desde la reina madre hasta la más jóvenes de la pretendida dinastía. Una historia intensa.

Todo el libro pareciera justificarse en sus últimas 25, 30 páginas. Es que allí el relato de la periodista Soledad Ferrari recopila datos que pasan a la velocidad de un Fórmula 1, para conformar una historia contradictoria, donde ni la verdad ni la mentira se vencen, sino que se discuten, se entrecruzan. Y como en un hospicio, todos tienen sus razones: empresarios, obreros, jueces, periodistas, médicos, militantes, asesores.

“Las Blaquier” posee una gran virtud: dejar conformes tanto a lectores de peluquería como a aquellos que detestan a los lectores de peluquería. Es un mérito conceptual de su autora, Soledad Ferrari, el de ofrecer una mirada sobre una saga familiar, que no escatima datos sobre la intimidad, la grandeza, la miseria, de una de las familias prototípicas de una Argentina clásica.

La época que transitamos convierte a “Las Blaquier” en un documento intenso, una aproximación e intento sociológico de un sector social vinculado a cierta tardía belle epoque.

El libro podría ser la historia de una de las empresas más poderosas, como lo es Ingenio Ledesma. Y en ese caso algunas variables económicas dan por sentado el juicio, entremezclando la historia de un proyecto económico con los avatares de su gerenciamiento, mediante revelaciones del factor humano constitutivo del imperio azucarero.

Es una de las tantas lecturas permitidas. Tanto como la más clásica e inmemorial: la crónica de un fulminante ascenso y caída, en este caso bajo el protagonismo de Carlos Pedro Blaquier, a la sombra de Nelly Arrieta de Blaquier. Pero tampoco se trata de una “tabla de la sociedad humana”.

Otra lectura posible es la del dime y direte de una familia, a través de sus mujeres, desde la reina madre hasta las más jóvenes de la pretendida dinastía. Se trata de un mini ejército de chicas ricas, lindas, muy bien educadas (y en este caso resta escribirse en algún momento la historia del Colegio Northlands, el mismo por el que pasó Máxima Zorreguieta). Habrá que aceptar, en el desglose de “Las Blaquier”, una captura rápida del sentido general de la evolución. Y cada uno sacará sus propias conclusiones, acerca del sentido de pertenencia que caracteriza a estas mujeres, ya no tan ricas y sí más famosas, en la alborada del siglo XXI.

El libro de Ferrari propone saltar aquello no siempre tan invisible: que toda familia guarda un secreto, a veces terrible, siempre vergonzante. Para esa misión, la investigación del libro se nutre de fuentes tradicionales y de otras que son un premio para el trabajo de la cronista: el relato de algunos integrantes del clan Blaquier, que sistemáticamente han negado hablar sobre sí mismos y sus familias. Quizá sea también un signo de la época o un triunfo de la psicología: en este libro, varias Blaquier y varios satélites de la familia, consiguieron, al fin, verbalizar situaciones, personalidades, conductas.

Como en las novelas americanas, este libro periodístico contiene amor, desamor, traición, tragedia, comedia, abusos, extravagancia. Es obvio que las historias no se parecen a las del Gatsby de Fitzgerald, o a las blancas familias sobre las que escribió John Cheever, ni al ambiente de “El halcón peregrino”, esa joya concebida por Glenway Scott.

En Argentina cobra cierta notoriedad que los personajes aquí en desfile sean personas de la actualidad, muchas de ellas poderosas, o cada vez menos poderosas, para decirlo con mayor rigor. El sonido de este trabajo bien podría ser el de la ópera, por el tono grandilocuente para subrayar ciertas miserias, acaso con cierta ensoñación por el paraíso perdido.

“Las Blaquier” no es un libro más de verano. Y tal vez ésa sea su mayor fortaleza, en el devaneo estival, en la vanidad del carnaval editorial que ataca a veraneantes, turistas y otros espíritus libres.

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