17 de mayo de 2014 - 21:42

El largo declive de la dirigencia política

La política como vocación

Existe un principio educativo prácticamente incuestionado, que dice que el mejor aprendizaje es el que se obtiene a través de la práctica. Ese principio, naturalmente, es válido en la medida en que lo que debe ser aprendido tenga una dimensión performativa (es decir, que se pueda “practicar), se posea el conocimiento teórico para evaluar correctamente la práctica y también disposiciones para aprender. Porque la pura práctica no implica aprendizaje.

En la Argentina hubo un tiempo en que la política era una ocupación sometida a incertidumbre. Había que disponer de fortuna propia para poder dedicarse a ella. Se comprometían recursos personales y era necesario afrontar temporadas lejos del poder.

También hubo tiempos en los que la política fue abiertamente peligrosa. Se podían sufrir proscripciones, persecuciones, cautiverio, violencia física y hasta la muerte por participar en la vida pública. Frecuentemente, la lucha política apelaba a métodos mucho más radicales y violentos que los procesos electorales.

Entonces era difícil concebir la política como una forma de ganarse la vida o una profesión. Lo era para algunos, pero los riesgos y las vicisitudes eran demasiados altos.

Sin caer en idealizaciones del pasado remoto, puede decirse que la clase política anterior a la normalización democrática estuvo en general animada, a pesar de sus errores, debilidades y desaciertos, por un espíritu republicano. Fue, para usar la clasificación de Max Weber, una política “vocacional”, entendida como servicio a la Patria, y en cierto sentido vivió una época heroica.

A esa clase política pertenecían quienes asumieron la responsabilidad de conducir la democracia restaurada en 1983. Sus principales exponentes, en todos los sectores del arco partidario, habían iniciado su trayectoria en tiempos de lo que Eugenio Kvaternik llamó el péndulo cívico-militar, muy complicados para el compromiso político.

La política como profesión

Aquella no fue, sin embargo, una clase política ejemplar, ni acertó en poner al país en la senda de la paz, la justicia y la prosperidad. No aprendió a gobernar en el ejercicio del poder, quizá porque no advirtió que era necesario que lo hiciera, o porque había extraviado, mucho tiempo antes, toda concepción de proyecto político nacional a largo plazo y se dedicó a gestionar lo inmediato.

Pero como se ha demostrado hasta la saciedad en nuestra breve historia nacional, siempre se puede estar peor.

En esos primeros años de democracia, algo empezó a cambiar en la clase dirigente. Atraída por un legítimo entusiasmo después de años terribles de violencia y proscripción, la juventud se volcó al compromiso político, provocando una intensa pero efímera primavera de las agrupaciones juveniles.

La continuidad democrática, sin embargo, fue tornando el fenómeno en otra cosa. Los jóvenes con mayor implicación pasaron directamente de las juventudes partidarias o el gremialismo universitario a puestos de responsabilidad política: asesorías, cargo en la administración pública, cargos electivos menores. Estaba naciendo la política como profesión, progresivamente desprovista de la dimensión vocacional de otros tiempos.

En la medida en que las sucesivas crisis políticas se iban llevando los cuadros directivos con mayor experiencia (o desaconsejaba a los más curtidos agarrar esas papas calientes), eran sustituidos por los más jóvenes, con gran entusiasmo pero sin conocimiento práctico, sin trayectoria y sin un prestigio que poner en juego. Llegaban a instancias de decisión con altas cuotas de idealismo pero desprovistos de recursos personales (morales y profesionales) para tales responsabilidades. Así, su desempeño resultó ser una combinación más o menos proporcionada de ineptitud y corrupción.

La hoguera donde se consumen los entusiasmos juveniles

Las crisis terminales de los ciclos políticos recientes han mostrado este proceso de forma repetida.

Fue el caso de la famosa Junta Coordinadora Nacional en el gobierno de Alfonsín, particularmente en sus últimos años. Lo mismo sucedió con el peronismo al frente del gobierno de Mendoza desde 1987 hasta 1999, durante los últimos años de Lafalla, cuando se arrojó a un puñado de jóvenes recién graduados y con escasísima experiencia política y profesional a cargos de ministros y secretarios. El fin de ciclo es asimismo notorio en el caso del kirchnerismo y su joven guardia de fase terminal, La Cámpora.

Resulta interesante advertir que es probablemente el kirchnerismo el primer ciclo político de la democracia básicamente compuesto por políticos “profesionales”, que han hecho de la política un modo de (ganarse la) vida, liquidando casi todo resto de voluntad de servicio. Los sobrevivientes de la vieja política vocacional tienen una presencia apenas marginal, bien escasa dentro de los elencos dirigentes del actual gobierno.

El matrimonio Kirchner tuvo una difusa y breve militancia en los setenta. Ha sido necesario recrear narrativamente en términos épicos estos discretos escarceos con el compromiso político para disimular su carácter de dirigentes recientes, nacidos al calor de los fuegos del ’83.

La apropiación del discurso militante y rupturista de los ’70, de la juventud maravillosa y traicionada adquiere desde este punto de vista el carácter de un recurso estratégico, deliberado, con el que se disimulan y se presentan en sociedad las formas menos confesables del oficio político. Nunca antes la vocación política fue impostada de una forma más pragmática y calculada.

Tal apropiación es acompañada por un discurso, fuertemente impulsado por académicos y en ámbitos universitarios, que exalta el compromiso político de la juventud, en un fenómeno que podría denominarse como “peda-demagogia”: una demagogia orientada específicamente a los jóvenes. Es el caso de Florencia Saintout, ferviente kirchnerista, creadora y/o usuaria del neologismo que resume todo lo que desprecia esta nueva ideología juvenil: la “adultocracia”.

Un difícil pero imprescindible compromiso

No es auspicioso el panorama que ofrece la dirigencia argentina para los próximos años. El proceso ha sido invariablemente declinante y no parece haber signos de regeneración (o estabilización, al menos) de la calidad de nuestra clase política.

En mayor o menor medida todas las fuerzas políticas siguen exaltando las bondades de la militancia juvenil y radican sus esperanzas en ella, sin advertir que su inevitable manipulación y el abuso que se hace de ella es precisamente una de las raíces de nuestros males.

Por otra parte, la conciencia de que resulta imprescindible darle una formación específica para las responsabilidades de gobierno es prácticamente inexistente y se sigue pensando que la pura práctica les enseñará a gobernar bien.

La clara comprensión de que la juventud está incapacitada para asumir funciones de mando y que es preciso darle la preparación adecuada y el tiempo de maduración suficiente, podría traducirse en un firme compromiso de todos los partidos de evitar nombramientos de jóvenes dirigentes y atribuciones prematuras de responsabilidades.

Este compromiso permitiría revertir esta funesta tendencia y dejar crecer a una clase política realmente renovada, una dirigencia mejor. Es difícil, pero no imposible. Caso contrario, la actual dirigencia no alumbrará nuevas generaciones, sino abortos de políticos.

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