1 de junio de 2014 - 00:00

La parábola de mamá Cristina y de Amado, su hijo pródigo

Ahora que está llegando el momento de hacer balances de la década K, hay algunas cosas de Cristina muy difíciles de explicar a fin de poder arribar a una cabal comprensión de la época. Una de ellas es cómo pasó tan rápido de odiar a Bergoglio con toda su

Néstor Kirchner, buscó perpetuarse, o al menos durar cien años en el poder -como quería Raúl Alfonsín- creando un movimiento propio que superara al peronismo y al radicalismo. Él era un político clásico que se movía con políticos tradicionales, buscando sintetizar más que innovar. La elección de Julio Cobos como vicepresidente de su esposa fue para eso: una concertación donde hubieran peronistas K y radicales K y los demás se fueran apagando o siendo cooptados por los primeros.

La cosa, como se vio, no resultó porque los peronistas siguieron siendo peronistas y los radicales radicales. Al peronista Daniel Scioli le dieron nada menos que la vicepresidencia de Néstor y luego la gobernación de Buenos Aires, pero el pícaro siguió siendo peronista disfrazado de kirchnerista, como antes lo fue disfrazado de menemista o de duhaldista. No era confiable. Nunca sería K. Y de Julio Cobos, mejor no hablar. A la primera de cambio volvió a la casita de sus viejos de la UCR y aún hoy desde allí sigue molestando, como Scioli lo hace desde dentro buscando ser el heredero de la Cristi, pero Ella sabe que apenas suba lo traicionará, como Cobos la traicionó apenas empezó.

Fue por eso que Cristina, ya muerto su marido, como buena mujer y madre, desconfiando de todas las juntas de Néstor, decidió gestar, parir desde sí misma a sus hijos políticos, a los herederos del trono. Ella no quería sintetizar sino innovar. Nada que ver con los viejos políticos, que en el fondo son todos como Scioli o Cobos, e inevitablemente, tarde o temprano, te traicionan.

De allí es que surgió Amado Boudou, una especie de hijo pródigo cristinista. Un hijo pródigo adoptado. Jugador, taimado, fullero y entrador. Mujeriego, motoquero, guitarrista y cantor. La summa de todos los pecados veniales habidos y por haber, producto de haberse dejado influenciar por el neoliberalismo, esa ideología que sólo puede hacer mala gente, aun con la buena gente.

Sin embargo, apenas entró al gobierno de los buenos, ese chico neoliberal y privatizador propuso y ejecutó la más grande estatización del kirchnerismo hasta ese entonces, la de las AFJP. Y por si fuera poco, cada día hablaba más y más con idioma kirchnerista, ya quería estatizar hasta las imprentas. Bastaba sólo un empujón para que ese no tan pibe pero con cara y espíritu de pibe se liberara de las ataduras del mal neoliberal y se convirtiera en la mejor expresión del bien, precisamente porque venía del mal.

Ella sería la presidenta liberadora de las taras de los 90 y Boudou el liberado de sus taradeces de los 90. Amado seguía motoqueando y guitarreando pero esa frescura, esa buena onda, ahora la ponía al servicio de la revolución, nunca más para la frivolidad.

Nadie hablaba con tanta convicción de la causa, tanto que los primeros que fueron flechados por el converso fueron el juez Zaffaroni, el redimidor de delincuentes, y la madre de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini, la que intentó buscarle el lado positivo a los hermanos Schoklender y a la ministra valijera Felisa Miceli. Ellos fueron los primeros que se dejaron seducir por el galán isidoresco clonado en heredero de guerrilleros. Y junto a ellos otros pibes (en espíritu), los de Carta Abierta, lo adoptaron como uno de los suyos y lo invitaban cada dos por tres a discursear la buena nueva. Es que el flechador de Boudou expresaba mejor que Carta Abierta la ideología que sus miembros habían mantenido durante toda su larga vida y que recién ahora, al borde de la ancianidad, veían concretarse en un gobierno.

Primero en Néstor, luego en Cristina, y ahora también en Boudou, que les explicaba la revolución aún incluso mejor que Néstor o Cristina. Ellos jamás ni siquiera aceptaron imaginar o sospechar que todo se tratara de la impostura de un fabulador y estafador con enorme capacidad de seducción. No, por el contrario, ellos supusieron que si Boudou se había transformado tan velozmente a su ideología, era por la justeza de la misma. Y por la excepcionalidad e inteligencia del transformado, que apenas alguien le mostró la verdad, por ella dejó de lado el pecado en que hasta ese entonces había estado viviendo, sólo porque antes no tuvo opción. Y entonces, con espíritu misionero, los más revolucionarios de todos los kirchneristas incorporaron a Boudou como un hermanito más. 

Sólo dudaron de Amado los parientes directos de Cristina, su hijo de sangre Máximo y el tío Zannini, que olieron la impostura porque ambos a mami no la querían tanto por su ideología sino por sus lazos de parentesco. A Máximo, en particular, no le gustó que Amado dijera, en una reunión con íntimos, que a Cristina la tenía en el bolsillo, o cosas un poquito más subidas de tono.

No obstante, al igual que en la Biblia, Cristina madre no les llevó el apunte a los hijos legítimos y leales que habiéndose quedado siempre con ella se negaban a admitir un regreso tan premiado del hijo pródigo, el cual -según ellos- venía sólo porque se había gastado hasta el último mango en sus juergas noctámbulas y entonces llegaba por más para luego marcharse otra vez.

Pero Cristina no les creyó, más bien los reprendió cariñosamente con bíblica sabiduría: “Vosotros me recrimináis porque antepongo el perdón al arrepentido a vuestra innegable lealtad, pero si vuestra lealtad es cierta deberíais conformaros con ella y alegraros por el retorno de la otrora oveja negra. Cantad conmigo, que el hijo perdido ha vuelto al hogar”.

Una oveja descarriada que vuelve será la indicación de la futura conversión de miles de almas también equivocadas a su pesar, supuso Cristina. Así como Timerman, Milani, la hermana Alicia y Zaffaroni -entre muchos otros- al convertirse a la nueva fe fueron perdonados de haber coqueteado con la dictadura militar, Boudou era el neoliberal propio, el que se convertía en serio. No como los Pichetto, los Mazzón o los Parrili que son tan kirchneristas hoy como en los 90 fueron menemistas y en 2015 serán del que sea nuevo jefe del PJ. Esos obispos de la iglesia peronista son, a su modo, institucionalistas: no juran fidelidad al Papa sino al Papado y a quien se siente en el sillón mientras esté sentado en él. Y eso a Cristina no le gusta porque ella no vino a confirmar el Papado sino a crear otro nuevo a partir de la fe en ella y en el espíritu del Nestornauta. Pero Ella, a diferencia de Él, no iba a crear el tercer movimiento rejuntando vulgares peronchos y radichetas sino sangre nueva, o que se hiciera nueva al aceptar ser hijo de su sangre, aunque fuera adoptado.

En ese sentido, Amado era todo suyo, tan suyo como María Julia lo fue de Carlos Saúl. Y entonces, por ser el pecador peor, le dio el premio mejor. Lo nombró su vicepresidente ante la sorpresa de todos, en particular del propio Boudou, que, no obstante el asombro, confirmó con esa designación la autorización para seguir cicconeando como lo venía haciendo en tanto ministro. Y en eso estamos hoy. Con el hombre explicando que lo que hizo lo hizo porque papá se lo pidió antes de morir y mamá se lo confirmó cuando lo nombró.

Sin embargo, Cristina es una madre de mucha fe. Aunque Amado la decepcionó y hoy se tiene que aguantar el reproche de su hijo verdadero y del tío Zannini, no por eso decidió abandonar la parábola del hijo pródigo en la que, como buena cristiana, cree a pie juntillas como único camino para construir la legión de seguidores que llevarán sus banderas a la victoria. Ella no piensa, entonces, que se equivocó tanto, sino que sólo hizo las cosas al revés. Con Boudou convocó a un cheto de Puerto Madero para que lo acompañara a hacer chavismo en la Argentina, como soñaba un par de años atrás.

Pero como no le sirvió eso de hacer revolucionario a un burgués, ahora ha decidido hacer burgués a un revolucionario, sin que por ello deje de ser revolucionario. Una alquimia que sólo alguien como Ella es capaz de realizar. Por eso ahora el nuevo hijo pródigo es Axel Kicillof, el otro pibe no tan pibe que de poder tener una tercera oportunidad, Ella elegiría como su vicepresidente seguro. El muchacho está siendo probado haciendo un ajuste bien neoliberal pero explicado en términos bien revolucionarios. Una metáfora perfecta del kirchnerismo. No se trata de ir de Puerto Madero a la revolución, sino de venir de la revolución a Puerto Madero. Por eso, chau Amado y bienvenido Axel. Hasta la victoria siempre.

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