28 de octubre de 2014 - 00:00

La órbita geoestacionaria, el satélite Arsat y la base china en Neuquén

La órbita geoestacionaria es una órbita natural que  circunda el planeta Tierra a 36.000 kilómetros de altura sobre el área ecuatorial; vale decir, sobre los territorios subyacentes de los países situados en la banda ecuatorial, como es el caso de Ecuador, Colombia, parte de Brasil, etc.

El primer interrogante que se nos plantea, además de las características técnicas y espaciales que permiten la existencia  de ese “cinturón espacial”, es la siguiente: ¿qué importancia tiene? ¿Cuál es su principal grado de utilidad? Hay autores que comparan su valor con el del petróleo, carbón y otros minerales valiosos.

Es que allí es el único lugar de unos  150 km de ancho, donde se pueden colocar los satélites de comunicaciones,  que pueden permanecer relativamente fijos con respecto a un observador terrestre.

Digo que permanecen relativamente fijos, pues aún con la moderna tecnología que disponen, los satélites se comportan como si fueran una pelota de ping pong, en un cuadrado de 150 km de lado. Este movimiento, dada la altura en que se encuentran es insignificante para el cumplimiento de su finalidad.

Si bien Intelsat (por  su siglas en inglés) es un consorcio internacional, el que manda, por el capital invertido, es Estados Unidos.
Otro objeto de análisis y discusión surge de la pertenencia  de dicha órbita a la soberanía de los Estados subyacentes.

Partiendo de la inexistencia de un límite superior del espacio aéreo sujeto a la soberanía de los Estados situados bajo dicha órbita, éstos se ubican en la franja ecuatorial de la Tierra y que basados en esa indefinición del límite vertical del espacio aéreo, reclaman para sí el sector de la órbita existente sobre su territorio. La fijación del límite superior del espacio aéreo es un tema que se viene discutiendo en los organismos especializados de las Naciones Unidas, de muy larga data.

A las potencias espaciales que usan para su beneficio el espacio aéreo, no les conviene la determinación de un límite pues ello acotaría la libertad incondicional de la que gozan en la actualidad, por ello dan largas al asunto. De allí que los países desarrollados, con capacidad espacial, coloquen sus satélites  en dicha órbita, pues les permite un contacto permanente desde las antenas terrestres, sin interrupciones.

Antes había que esperar el paso del siguiente satélite, para reanudar la transmisión, lo que producía interrupciones en el flujo comunicacional.

Cada satélite en órbita cubre o ilumina un tercio del globo terráqueo, por lo que con los satélites ubicados en cada una de las regiones oceánicas -Atlántico, Índico y Pacífico- se cubre la totalidad del planeta, excepto los casquetes polares, por lo que sólo hacen faltan tres sistemas satelitarios, uno en el Atlántico, otro en el Pacífico y uno sobre el Índico.

La mayor concentración de las comunicaciones se da en el área atlántica, de allí que en ella se requiere tres grupos de satélites; repito, no por problemas de cobertura sino por la densidad de  las comunicaciones.

La Argentina dispone de tres antenas apuntando cada una al grupo correspondiente de satélites. Unos activos y otros para reemplazar a los que puedan sufrir una avería.

Las antenas se hallan ubicadas dos en Balcarce y una en Alta Gracia (Córdoba). Podrían haberse instalado las tres juntas, pero era riesgoso desde el punto de vista estratégico.

Cabe destacar que ahora nuestro país ha ingresado en el selecto club de países espaciales con el lanzamiento, a través de ArianeSpace, en la Guayana Francesa, de un satélite de comunicaciones para ser ubicado en la Órbita Geoestacionaria, en la posición asignada oportunamente por la Comisión Internacional de Comunicaciones, que por nuestra morosidad en colocar el satélite en órbita estuvimos a punto de perderla.

¿Esto significa que recién la Argentina ingresa al sistema de comunicaciones satelitales?  No. De ningún modo, más arriba dijimos incluso que nuestro país participa con tres estaciones terrestres de telecomunicaciones, con estaciones en Balcarce, provincia de Buenos Aires y otra en Córdoba.

Cada una está orientada a los tres grupos de satélites espaciales del Consorcio Espacial Intelsat. No, lo que sucedía es que antes alquilábamos el segmento espacial necesario a los satélites de Intelsat u otros colocados en órbita. Además, de otros emprendimientos de carácter privado comercial.

Ocupar el lugar asignado en la órbita con un satélite armado en nuestro país, pero las partes esenciales de mayor tecnología adquiridas en el exterior,  obra en desmedro de la calidad y capacidad técnica del personal de Invap y  constituye sin duda un motivo de legítimo  orgullo para los argentinos. Tampoco es el único satélite enviado al espacio por nuestro país; fue precedido por ocho lanzamientos anteriores.

Este magnífico logro no nos hace olvidar, sin embargo, de las nuevas relaciones “carnales” con  la Rusia de Putin o con la autorización concedida a China, en Neuquén, para la instalación de una base de exploración  espacial, que dicen que sólo persigue fines civiles. Sin embargo una estación de las características de la que se está construyendo en la provincia patagónica puede rastrear satélites de los EEUU y de otros países, y a través de su escáner puede controlar también las comunicaciones de las potencias aliadas.

Ya lo hemos dicho en otras oportunidades que esto significa tomar partido por uno de los bandos en pugna por el dominio del mundo. Después de esto, ya no podremos invocar una “inocente” neutralidad, ante la terrible emergencia de un conflicto mundial entre el Oriente político y el Occidente.

La construcción de la estación china avanza aceleradamente y se proyecta su finalización para el mes de febrero de 2015. Sin lugar a dudas nos vamos a enterar escuchando el noticioso del canal ruso, el que “sin intermediarios”, como dice Cristina, nos mostrará las nuevas instalaciones.

¡Qué progresista es nuestro gobierno!

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