12 de octubre de 2014 - 00:00

La herencia que nos dejó Perón

La página más destacable de la historia del peronismo es la integración de los humildes, nos dice el autor. Los que lo usurparon dejando de lado dicha integración social para reivindicar la violencia o los negocios sólo lastiman su memoria, aunque se diga

En vísperas de un nuevo 17 de octubre vale la pena intentar reflexionar. Cada vez que nos referimos al peronismo debemos hacernos cargo de su contraparte, que se configuró a través de democracias demasiado débiles y dictaduras demasiado fuertes.

Resulta absurdo analizar al peronismo sin hacerlo a la par de sus otras opciones, de los muchos que no lo aceptaron pero tampoco tuvieron decisión y pasión para gestar una alternativa que lo supere.

El peronismo tenía enormes defectos, pero construyó la sociedad más integrada que jamás tuvimos, y sus opositores, esos que lo acusaban de dictadura, pasaron diez y ocho años buscando algo parecido a lo que imaginaban ser, asumiendo finalmente que no eran nada.

El peronismo es la concreción del ingreso de los marginados a la vida política nacional. No sólo estaban fuera del proyecto, estaban cuestionados como expresión cultural.

El peronismo les devuelve la dignidad a los de abajo, a aquellos que los supuestos cultos y elegantes imaginaban tener derecho a educar. La civilización ocupaba el lugar de los blancos en Sudáfrica, el peronismo el espacio de Nelson Mandela.

Parecido al conflicto con los negros en los Estados Unidos. No estamos hablando de un simple partido político, estamos debatiendo un conflicto de culturas, de formas de vida.

Aquel 17 de octubre fue el ingreso de los “cabecitas negras” como actores centrales de la historia. De no ser ni siquiera tenidos en cuenta pasan a ser protagonistas.

Después de ese grito ya nadie tendrá que bajar la vista frente al patrón o al policía. Pensemos que quienes gobernaban Estados Unidos habían sido de sobra exitosos, pero igual fueron obligados a integrar su negritud. Nuestra supuesta clase dirigente siempre recordó las glorias pasadas, pero nunca encontró un lugar más importante y trascendente que el de productor agropecuario e imitador de imperios de moda.

Llegaron a oponerse a la misma industrialización, no superaron ser la expresión de la economía de renta que resultaba de la riqueza agropecuaria.

El peronismo es sólo eso, la integración de los humildes, los hijos del desierto que no lo eran tanto y de los barcos que buscaban futuro. Ni siquiera teníamos una clase dirigente con pertenencia cultural definida.

Lo español había sido cuestionado y devaluado, lo italiano con su fuerza también tuvo sus detractores, lo sajón imponía su enamoramiento a nuestra dirigencia con más vocación de gerentes que de patrones.

Demasiados soñaban ser una colonia más de un imperio inglés del que ni siquiera avizoraban su decadencia. A veces las limitaciones de los economistas olvidan la fuerza y la preponderancia de la cultura.

Asumir que la integración de los humildes era imprescindible para una democracia estable implica darle al peronismo su lugar en la historia. Luego surgen los problemas con la figura de Perón y Evita, expresión del conflicto con sus representados.

Los conservadores y los marxistas se imaginaban con derecho de imponer sus propuestas a los ignorantes, a aquellos que no recibían ideas de Europa. Me eduqué en una universidad donde el peronismo no era ni siquiera una materia de seminario en Ciencia Política.

Los blancos europeizados dispuestos a ser vanguardia lúcida e iluminada de sus ignorantes pueblos. Y surge una propuesta que se jacta de no ser “ni yanqui ni marxista”, una mirada autóctona, nacional y popular que se impone en el corazón de los humildes.

Una causa que apoyaban Cátulo Castillo, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y Leopoldo Marechal. Y una visión de la unidad con los pueblos hermanos que únicamente aportó el peronismo.

Nuestra derecha imaginaba guerras y nuestras izquierdas proletariados universales. Perón instala la idea del ABC, nuestra unión con Brasil y Chile; hoy sabemos que sus propuestas son las únicas que sobrevivieron.

El siglo de las ideologías terminó siendo el de los hombres providenciales, para bien o para mal. China retorna a la historia con Mao, la India con Gandhi, Vietnam con Ho Chi Min, Alemania se suicida con Hitler y Rusia intenta encarnar lo nuevo con Stalin.

Los pueblos engendran jefes que contienen los conflictos que ellos no están en capacidad de resolver. Y es común que sea un jefe militar que asuma el poder político y exprese una mística con cierta cuota de religiosidad.

La racionalidad excesiva de los ingleses no podía prescindir de Churchill, ni los franceses de De Gaulle. Imaginar que el personalismo es una debilidad nacional es no asumir la realidad.

Claro que Perón va a retornar con voluntad de pacificar y que los violentos habrían de impedirlo. Pero asumir el Perón del retorno y avanzar desde ese punto es una obligación para todos aquellos que sentimos pasión por la democracia.

El peronismo es un fenómeno centrado en la clase baja, convoca a los pequeños y medianos empresarios productivos. Con la dictadura de Onganía surge la guerrilla, que es esencialmente un producto de la clase media, el resultado de una generación formada para un país industrial que se encuentra de golpe con un caudillo menor encarnando una dictadura sin final.

Imitan a Franco pero no tenían atrás la guerra civil: van a generar la guerrilla, van a enviar a la juventud fuera de su proyecto de decadencia ordenada.

Perón vino a pacificar, a cerrar la herida de la vieja fractura, a reivindicar la unidad nacional. Le otorgó un enorme poder a los violentos para tratar de integrarlos a la democracia. En todo eso lo acompañaron los dirigentes como Balbín, pero también el frondicismo y la democracia cristiana, hasta sectores conservadores fueron parte del sueño de vida en democracia.

Fue ahí que los violentos de ambos signos se imaginaron dueños del destino de todos. La violencia se impuso, la derecha del partido militar se suicidó y nos sacó de encima lo peor de nosotros.

Pero todavía la inmadurez de sectores de clase media que fueron violentos ayer y sectarios hoy sigue lastimando nuestra democracia. En ese supuesto modelo la culpa no es del peronismo.

Hacia el mañana, solamente la democracia tiene sentido. El peronismo hizo su aporte pero en el futuro cada uno tendrá que formular su proyecto; lo único que impone el peronismo como herencia es que sea con todos, que los humildes sean prioridad.

Sin integración social no habrá integración política. Y en eso el peronismo fue un precursor. Su aporte puede formar parte de nuevas políticas o su memoria el negocio de oscuras burocracias.

Necesitamos renovar el pensamiento político aportando ideas en lugar de consignas. Recién ahora estamos volviendo a hacer política. El peronismo es un aporte imprescindible, los que lo usurparon para reivindicar la violencia o los negocios sólo lastiman su memoria. Estamos en tiempo de reflexionar.

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