1 de junio de 2014 - 00:00

La favorita de Scorsese presentará su film en Mendoza

Nació en Paraná pero vive en Buenos Aires. Es guionista y directora de cine. La semana próxima llega para presentar su cuarta película, que cuenta con el aval de Scorsese y compitió en el último Festival de Berlín.

Cinco años atrás, mientras Martin Scorsese filmaba en Boston “La isla siniestra”, aquel inquietante thriller protagonizado por Leonardo DiCaprio, Celina Murga (guionista y directora entrerriana) ponderaba con sus propios ojos los engranajes de la maquinaria hollywoodense. La imagen de cientos de técnicos moviéndose de aquí para allá retrataba a la perfección las dimensiones de la industria.

Por entonces, la realizadora nacida a orillas del Paraná participaba, junto a otros dos jóvenes realizadores, de la Iniciativa Artística Rolex para Mentores y Discípulos, beca que tenía nada menos que a Scorsese como maestro. Durante ese año de aprendizaje, él le ofreció fomentar la distribución y el estreno “Una semana solos”, el filme que siguió a “Ana y los otros”, su celebrada opera prima (filmada en plena crisis, “con cero pesos”, dirá ella). Y tras leer el guión en el que ella estaba trabajando “La tercera orilla”, unirse al proyecto como productor ejecutivo.

Explicó él: “Orson Welles, al describir la película 'Lustrabotas', de Vittorio De Sica, dijo que la cámara desaparece y uno queda cara a cara con la vida, ahí arriba en la pantalla. Así me sentí cuando vi las películas previas de Celina, y también lo sentí cuando leí este guión. Pude ver la acción a través de sus ojos”.

“La otra orilla” se centra en Nicolás (el debutante Alián Devetac), un adolescente de 17 años que vive en Paraná y que se debate entre el “deber ser”, o cumplir los deseos de su padre, un médico reconocido que tiene dos familias (el director y dramaturgo porteño Daniel Veronese, en su protagónico cinematográfico) y sus propios deseos.

Con esta historia mínima, ambientada en su ciudad natal, Celina Murga ingresó a la competencia oficial del último Festival de Cine de Berlín y el próximo jueves llega al Espacio INCAA, del Cine Teatro Imperial (Maipú).

-¿Siempre acompañás los estrenos?

-Es algo que disfruto mucho y que nos permite a los realizadores completar la experiencia: llegar al público, tener la devolución de lo que realmente se ve de las películas. Lo entiendo como algo integral. Está bueno, además, que la gente se anime, cada vez más, a ver cine argentino. En este sentido, la posibilidad de que los directores acompañen los proyectos, las exhibiciones, le da otro marco a la película.

-No es, digamos, una instancia común en las salas de cine.

-Sí, es más común en los festivales de cine, porque muchas veces estos están armados en función de esos diálogos que se dan a posteriores. En mi caso, tengo una productora (N de la R: Tresmilmundos Cine, junto a Juan Manuel Villegas, su esposo), soy un tipo de director que se involucra en todos los procesos y en todas las instancias que implican hacer una película. De hecho, siempre me cuesta soltar las películas; ese proceso de ir cerrándola tiene relación con verla con otros, escuchar devoluciones, ver qué pasa en otros países…

-En la 'Berlinale', por ejemplo, fue muy bien recibida. A priori, por el contexto cultural, la idiosincrasia, la historia podría resultar lejana. Y sin embargo…

-¿Te acordás de esa conocida frase que dice: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”? Siempre me pregunto si mis películas no son localistas, porque las filmo en Paraná, una ciudad chiquita, de una provincia de Argentina, sin embargo creo que si una película logra tocar la fibra humana, con los personajes, los vínculos, la historia que se narra, eso la hace universal. Estar en Berlín fue una exposición enorme pero eso me permitió hablar con periodistas de distintos países del mundo. Todas sus preguntas o comentarios evidenciaban que habían podido empatizar con lo que ocurre en el filme. En el fondo, en el lugar más humano, realmente creo que todos somos iguales: lo que nos pasa con las emociones, con los vínculos, sucede en todos lados de la misma manera. Lo que nos hace diferente es la cultura.

-¿Por qué te interesa, fundamentalmente, la adolescencia?

-Con los niños adolescentes me suceden dos cosas: por un lado, me interesa valorarlos, ponerles voz y mostrar la complejidad y la problemática de ese momento en contraposición a la visión simplificadora que suele haber en torno a esas edades. A la vez, los adolescentes son grandes espejos de un mundo adulto que los rodea. Muchas veces, los adultos tomamos decisiones respecto a ellos sin tener en cuenta sus necesidades. Ahí hay una problemática que me interesa contar.

-Volviendo a la localía que caracteriza a tus películas, ¿más que una búsqueda estética, es una declaración de principios? Digo: le dejás en claro al mundo, que sos paranaense.

-En un principio fue algo intuitivo, más guiado por un deseo, una necesidad. Tiene una mezcla de cosas; por un lado es una cuestión más personal: la mayoría de historias que me vienen tienen que ver con esos paisajes, esas personas, esos sonidos, con algo de las vivencias de un pasado que todavía me habita. Hacen más años que vivo en Buenos Aires de lo que viví en Paraná pero la infancia tiene un peso muy grande. Pero, por otro lado, hay una decisión racional, incluso política: la intención de que haya más voces, que se cuelen otras historias, que se vean otros mundos. Porque recién ahora se está federalizando la industria audiovisual, se está diversificando y ampliando pero cuando yo empecé a filmar realmente era un camino que no estaba para nada transitado.

-Bueno, tu opera prima, "Ana y los otros" es hija de la crisis del 2001…

-Todo el mundo me decía: “Celina estás loca, pará”. El contexto nos dio un ímpetu, por entonces éramos muchas personas que estábamos haciendo nuestra primera película, porque éramos todos compañeros de la facultad, hicimos la película con cero pesos, nadie cobraba, la cámara era prestada. Cierto es que era un momento muy caótico, si uno se quedaba con la foto del momento, no era “el” momento indicado. Sin embargo, yo tenía como esa sensación de parto: todos me decían que no, pero yo sentía que sí (risas). Frente a esa desazón, a la sensación de que todo estaba a la deriva, embarcarse en un hecho artístico colectivo era necesario. Y también esperanzador. Ahora, a la distancia, lo veo como una inconsciencia productiva. Que al final salió bien.

-Bendita y necesaria inconsciencia.

-Es difícil de decir o de explicar pero hay algo de ese ímpetu que es necesario; soy de las que cree que hay que escuchar a esa voz inconsciente. “Ana y los otros” me dio todo: me ayudó a pararme en el mundo y me abrió un montón de puertas.

-¿Te abrió, te sigue abriendo puertas, el visto bueno que Scorsese le dio a tu trabajo?

-Sobre todo en “La tercera orilla”, que es en la que trabajamos juntos. Estaba escribiendo el guión cuando gané la beca en 2008, de modo de que la relación con él estuvo atravesada por este proyecto. Así fue que, al terminar el guión él se propuso como productor ejecutivo. Más allá de la experiencia personal, que fue alucinante, su apoyo nos ayudó a darle visibilidad al proyecto y a generar interés a la hora de conseguir fondos extranjeros (N de la R: “La tercera orilla” es una coproducción con Rommel Film, de Alemania, y Waterland Film, de Holanda). Si antes había un porcentaje que estaba en mi cine, ese porcentaje se amplió muchísimo gracias a su venia. Pero esta fue la última película, no sé bien qué va a pasar de ahora en más, aunque mi relación con Scorsese siga.

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