Umberto Eco en su libro "La estrategia de la ilusión" recopila un conjunto de ensayos y reflexiones en los que ofrece una mirada crítica de la realidad, con el objetivo de develar el verdadero sentido que se esconde detrás de los hechos. Es una invitación a que el lector adopte frente a los discursos cotidianos una sospecha permanente.
Esta profunda reflexión y ejercicio de semiótica sobre los "hilos invisibles" que sustentan la ilusión de la realidad, tiene su correlato en el uso y la intencionalidad que se les ha dado, en los últimos años, a las encuestas de opinión pública en el marco de los procesos electorales. Claro está, hay contadas excepciones.
Atrás quedaron los días donde los sondeos de opinión constituían un insumo fundamental para la acción política, que le permitía a los candidatos revisar y definir una determinada estrategia de cara a las elecciones. Por el contrario, este valioso insumo se ha ido degradando en una especie de herramienta política que busca influir y, cuando no, condicionar el clima electoral y la opinión pública.
En otras palabras, los encuestadores dejaron de ser aquel cuerpo técnico que observaba la realidad de forma más o menos objetiva, para convertirse en fabricantes de quimeras a la medida de quien los contrate. Estos cambios dan la perspectiva necesaria para entender por qué fracasaron las encuestas y el origen de la crisis de credibilidad que enfrentan.
Solo basta recordar las experiencias del balotaje porteño de este año, donde los pronósticos estuvieron lejos del resultado final o, para no irnos muy lejos, en nuestra provincia, los sondeos que vaticinaban un empate técnico entre las fórmulas Cornejo-Montero (UCR) y Bermejo-Martínez Palau (FPV).
Proyecciones que, finalmente, fueron refutadas por la fuerza de la realidad. Un dato de color: estas proyecciones fueron favorables a quienes las encargaron, el Frente Cambiemos en la Ciudad de Buenos Aires y el FPV en Mendoza.
Como una suerte de pastilla potabilizadora que buscó purificar las turbias aguas que bañan esta compleja situación, la Cámara Nacional Electoral, poco tiempo después de las PASO, exhortó a las encuestadoras a cumplir con los requisitos que exige la ley de presentar ante cada sondeo un informe donde se individualice el trabajo realizado, quién lo contrató, cuál fue el monto facturado por ese trabajo, un detalle técnico sobre la metodología científica utilizada (tipo de encuesta realizada, el tamaño y características de la muestra utilizada, el procedimiento de selección de los entrevistados, la fecha del trabajo de campo y el error estadístico aplicable).
Otro dato de color: a fines de julio sólo ocho empresas se ajustaban a la normativa electoral.
A una semana de las elecciones generales, cuatro de cinco encuestadoras prevén un escenario de balotaje (Poliarquía, González & Valladares, M&F y Polldata). Visto de otra forma, sólo una de cinco ve un triunfo del candidato oficialista en primera vuelta (OPSM). Siguiendo esta línea, las mediciones realizadas en la primera quincena de octubre, ubican en promedio a la fórmula Daniel Scioli-Carlos Zannini (FPV) en un 37,61% de intención de voto; Mauricio Macri - Gabriela Michetti (Cambiemos) en un 27,49%, y Sergio Massa - Gustavo Sáenz (UNA) en un 19,52%, según el Observatorio de Encuestas del sitio LaPolitica Online.
A su vez, la brecha entre el pronóstico más benigno y el menos favorable al FPV es de 6,12 puntos porcentuales, ya que obtendría de acuerdo a estos pronósticos entre un 34,55% y un 40,67% de los votos; en el caso de Cambiemos, la brecha es de 5,68 puntos porcentuales, ubicándose entre un 24,65% y 30,33% dependiendo del estudio, y en el Frente UNA es de 8,75 puntos porcentuales, oscilando entre un 15,14% y el 23,89% de intención de voto.
Un párrafo aparte merece en estos estudios la proyección de indecisos, donde el promedio de intención de votos asciende para el FPV al 40,01%, los sondeos van del 37,60% al 42,42%; al 29% en el caso de Cambiemos, entre el 25,32% y el 32,67% y, por último, al 21% en el caso del Frente UNA, entre 16% y 26%.
Teniendo en cuenta la particularidad de estas elecciones generales, donde la posibilidad de uno u otro escenario es tan delgada, ya sea que el oficialismo gane en primera vuelta o de un balotaje, este tipo de trabajos y encuestas de opinión esconden en su margen de error una trampa bizantina, por lo que todo tiende a relativizarse en esta continua estrategia de la ilusión.
Máxime cuando un porcentaje no menor de la sociedad decide o, eventualmente, cambia su voto en la última semana de elecciones. Mientras tanto, en estos últimos pasos de esta larga peregrinación al cuarto oscuro, el llamado que hiciera la Cámara Nacional Electoral pareciera retumbar en el vacío del silencio.