Hace unos cuantos días estuve en un panel del programa de televisión de Bill Maher por HBO que se convirtió en una guerra religiosa.
Hace unos cuantos días estuve en un panel del programa de televisión de Bill Maher por HBO que se convirtió en una guerra religiosa.
Sea o no que el Islam inspira conflicto, los debates al respecto ciertamente lo logran. Nuestra conversación degeneró en algo cercano a un concurso de gritoneo y se volvió viral en internet.
Maher y un invitado, Sam Harris, argumentaron que el Islam es peligroso pero es aprobado por liberales políticamente correctos, en tanto el actor Ben Affleck denunció sus comentarios por considerarlos “repugnantes” y “racistas”. Yo me puse del lado de Affleck.
Después de que terminó el programa, los panelistas seguimos luchando con el tema durante otra hora, ya con las cámaras apagadas. Maher desató un debate que sigue haciendo olas, así que permítanme ofrecer tres puntos de matiz.
En primer lugar, históricamente, el Islam no era intolerante en particular, y en las primeras etapas elevó el status de la mujer. Cualquiera que estudie la historia del siglo XX no aislaría al Islam como la religión sedienta de sangre; fue la Europa cristiana/nazi/comunista y el Asia budista /taoísta/ateísta lo que estableció marcas por matanzas masivas.
De manera similar, es cierto que el Corán tiene pasajes que celebran la violencia, pero también los tiene la Biblia, que relata cómo Dios ordena genocidios, como aquél en contra de los amalequitas.
En segundo, el mundo islámico incluye actualmente una variedad que en verdad es de una intolerancia desproporcionada y opresiva.
Bárbaros en el grupo Estado Islámico aducen su fe como la razón de su monstruosa conducta -más recientemente con la decapitación de un trabajador de ayuda británico dedicado a salvar vidas musulmanas- y le dan mala reputación a todo el Islam.
Lo que es más, de los 10 países al fondo del informe sobre derechos de la mujer del Foro Mundial de Economía, nueve son mayoritariamente musulmanes. En Afganistán, Jordania y Egipto, más de tres cuartas partes de musulmanes favorecen la pena de muerte para musulmanes que renuncien a su fe, con base en un sondeo Pew.
La persecución de cristianos, ahmadíes, yazidíes, bahaíes -y chiítas- es demasiado común en el mundo islámico. Deberíamos expresarnos en voz alta al respecto.
En tercer lugar, el mundo islámico contiene muchedumbres: es vasto y variado. Sí, casi cuatro de cada cinco afganos favorecen la pena de muerte por apostasía, pero la mayoría de los musulmanes dice que eso es una locura.
En Indonesia, el país musulmán más populoso del mundo, solamente 16 por ciento de los musulmanes favorece dicha pena. En Albania, Azerbaiyán y Kazajistán, solo 2% o menos de los musulmanes la favorecen, con base en el sondeo Pew.
Hay que tener cuidado con las generalizaciones sobre cualquier fe, ya que eso a veces es parecido a un equivalente religioso de la creación de perfiles raciales. El hinduismo contenía tanto a Gandhi como al fanático que lo asesinó.
El Dalai Lama actualmente es un extraordinario humanitario, pero el quinto Dalai Lama ordenó en 1660 que los niños fueran masacrados “como huevos aplastados contra rocas”.
El cristianismo abarcó al reverendo Martin Luther King Jr. y el enviado papal o legado quien, en Francia, ordenó la matanza de 20.000 hombres, mujeres y niños cátaros por herejía, y supuestamente dijo: Mátenlos a todos; Dios conocerá a los suyos.
Uno de los encuentros más intimidantes fue con turbas de musulmanes javaneses que estaban decapitando personas a las que acusaban de brujería, así como llevando sus cabezas en picas.
Sin embargo, causó la misma repugnancia el caudillo del Congo que se hacía llamar pastor pentecostal; mientras enfrentaba cargos de crímenes de guerra, me invitó a cenar y, a la mesa, dio las gracias más piadosas.
La caricatura del Islam como una religión violenta e intolerante está horrendamente incompleta. Recordemos que aquellos que se enfrentan a fanáticos musulmanes son musulmanes en su mayoría.
En Paquistán, una pandilla de hombres musulmanes violó a una joven mujer musulmana de nombre Mujtar Mai, como una forma de castigo por un caso relacionado con su hermano; después de rendir testimonio en contra de sus atacantes y terminar en tribunales, ella, desinteresadamente, usó el dinero de la compensación que recibió del gobierno para fundar una escuela para niñas en su aldea.
Los sicarios talibán que le dispararon a Malala Yousafzai por defender la educación eran musulmanes; también lo fue Malala.
Irán ha perseguido a cristianos y bahaíes, pero un abogado musulmán, Mohammad Alí Dadjá, mostró enorme coraje al desafiar la represión y ganar la liberación de un pastor. Dadjá actualmente cumple una condena de nueve años en prisión.
Un amigo abogado en Paquistán, Rashid Rehman, fue un gran defensor de los derechos humanos y la tolerancia religiosa, y fue asesinado este año por fundamentalistas que atacaron su oficina.
Seguro, denuncien la brutalidad, sexismo e intolerancia que animan al Estado Islámico y constituyen una considerable fuente de tensión dentro del Islam. Sin embargo, no se debe confundir eso con todo el Islam: héroes como Mujtar, Malala, Dadjá y Rehman también representan un elemento importante.
No alimentemos la intolerancia islamofóbica poniendo de relieve los horrores, al tiempo que se desatiende la diversidad de una religión con 1.600 millones de adherentes, incluyendo muchos que defienden la tolerancia, modernidad y derechos humanos.
El gran cisma no es entre religiones sino entre fanáticos intolerantes de cualquier tradición, y los grandes números de creyentes decentes y pacíficos que, de la misma forma, se encuentran en cada tradición.
Quizá es demasiado complicado transmitirlo en una pelea de TV. Pero es la realidad.