Estamos transitando el quinto año consecutivo de crisis hídrica. Cinco años en los cuales el volumen de nieve en la cordillera no alcanza generar el agua necesaria para satisfacer nuestros consumos. La naturaleza intenta compensar eso y recurre (dado que los veranos son muy calientes) a las reservas acumuladas en los glaciares.
Cada vez que hablamos de crisis, vuelven a surgir ideas, propuestas y prédicas que, finalmente, quedan en la nada. Pese a las restricciones, de alguna manera el agua llega y a pesar de algunos cortes, todo queda en la nada. Nada se hace, no se cambian las conductas y seguimos teniendo un récord poco reconfortante. Consumimos unos 800 litros por año por persona en la zona urbana de este desierto, el doble de lo que consumen los bonaerenses, a los que les sobra el agua.
Según datos oficiales, de la totalidad del agua que se consume, el 90% se destina al riego agrícola y es aquí donde aparecen problemas muy graves porque hay que rediscutir la vieja ley de aguas y, en algunos casos, habría que reformar la Constitución provincial. Hace mucho se discute la necesidad de un plan estratégico hídrico para encarar políticas de largo plazo, pero parece que los intereses del sector político se mezclan con intereses particulares. Algunos prefieren que nada cambie y otros sacan rédito de la falta de actualización.
El agua que surge de las nieves cordilleranas debe repartirse entre tres demandantes: el riego agrícola, el uso industrial y el consumo humano. En cada uno de los sectores existen formas de consumo, pero también deficiencias en la reglamentación que se notan en tiempos de carencia y sobre las cuales la mayoría no quiere hacer nada esperando que el año próximo se solucione.
El más grave es el del riego agrícola, ya que se lleva el 90% del consumo y su uso es muy ineficiente. Comencemos por recordar que solo están impermeabilizados el 15% de la extensión total de los canales de riego, tanto canales principales como secundarios. Esta deficiencia hace que se pierda más del 50% del agua por infiltración y favorece a los regantes que están en la parte más alta de la cuenca y perjudica a los que están al final del recorrido.
Esta es una deficiencia que el sector político no se ha animado a encarar con la seriedad que el tema requiere. Hasta ahora, lo poco que se hace se ha podido concretar con préstamos de organismos internacionales. Pero la falta de definiciones claras no ha permitido encarar este tema con la seriedad que se requiere.
Los que saben del tema están convencidos que en lugar de seguir revistiendo con hormigón los canales, debería encararse en forma definitiva el proceso de entubar y presurizar. Si los canales se entuban y se presurizan, se podrá vender el agua por litros en lugar de hacerlo por turnos. Como decíamos antes, en un turno no se les da la misma cantidad de litros a los regantes que están en la parte más alta que a los que están al final del recorrido.
Por supuesto, esto debería ser parte de un programa de largo plazo, ya que de adoptarse este sistema, ya se debería haber hecho la reconversión de los sistemas de riego dentro de las propiedades rurales, donde actualmente, la eficiencia en el uso del agua no llega al 45%.
Es decir, la pérdida de agua en el sector agrícola alcanza casi al 70% del volumen que se destina a ese fin.
Para poder hacer esto hace falta un plan integral que contemple los cambios en las redes principales y los que corresponden a cada propiedad. Este plan, con consenso legislativo, podría servir para pedir financiamiento de largo plazo a organismos de crédito internacionales.
Cómo administrar la escasez
El problema central es la escasez y parece que esta situación podría ser permanente. Según los estudiosos del problema del cambio climático, las consecuencias de las emisiones de gases efecto invernadero ya están generando consecuencias en nuestro país y en Mendoza. En nuestro caso, esta situación se manifestaría con menos nevadas en cordillera pero mayores precipitaciones por lluvias.
Y acá aparece otro problema y es que los sistemas de descarga aluvional no están preparados para conducir volúmenes superiores a los que hasta ahora se producían, pero si esos volúmenes crecen, habrá que hacer inversiones para ordenarlos. Además, hay que pensar que hay mucha inversión inmobiliaria en el pedemonte que, de alguna manera, están obstaculizando descargas naturales y no se sabe si se han recanalizado de forma adecuada.
En el Departamento General de Irrigación existe un proyecto, que aguarda aprobación legislativa, para generar represas que permitan acumular aguas de lluvias para ser utilizados como reservorios para proveer agua para riego. Esto sería muy novedoso pero muy necesario, aunque ahora muchos no consideran que sea muy urgente. Lo malo sería que nos encontremos con el problema sin haber tomado las medidas con la antelación debida.
Otro tema que debe analizarse es la reutilización de aguas, ya sea de uso domiciliario como de uso industrial. Estas aguas deberían tratarse luego de su uso para dejarlas en condiciones de ser reutilizadas. Tanto en el sector agrícola como en el industrial se puede trabajar con líquidos tratados para ser usados nuevamente y conseguir una mayor eficiencia en el uso del recurso que es cada día más escaso.
Realmente, es preocupante la falta de nieve y de agua, pero más preocupante es la falta de conciencia de la clase dirigente, primero, para establecer las normativas adecuadas que permitan el cuidado máximo del recurso. La utilización irracional por parte de la población requerirá, además de campañas de concientización, de una estructura de sanciones para aquellos no tomen conciencia de los requerimientos del desierto.
Por Rodolfo Cavagnaro - Especial para Los Andes