12 de octubre de 2014 - 00:00

La Argentina K, ¿democracia o dictadura?

La polémica viene de lejos. Bien mirada, desde los tiempos del primer gobierno de Perón. ¿Vivimos, los argentinos, en una democracia o en una dictadura? Cualquiera sea la opinión que tengamos al respecto es difícil negar la pertinencia de la pregunta.

Nadie se la haría respecto de los gobiernos de -digamos- Raúl Alfonsín o Michelle Bachelet, para poner un ejemplo argentino del pasado y otro actual, de nuestra misma región.

Que el tema sea parte del debate político argentino y no del chileno o del uruguayo, y que una parte de la biblioteca y de la opinión pública piensen una cosa y la otra parte sostenga lo opuesto sólo puede deberse a que, cualquiera sea la respuesta que se le dé, la pregunta no carece de razón.

No. No deseo plantear yo también la conocida discrepancia entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio, por la cual se acepta el origen democrático del gobierno kirchnerista pero se objeta su uso antidemocrático del poder. Y no es que no esté de acuerdo.

En efecto, ninguna persona democrática puede creer que basta que un gobierno haya sido elegido por una mayoría para que sea democrático, sin importar lo que haga en el poder.

Y nadie con los ojos abiertos puede ignorar que llevamos once años de violaciones sistemáticas del estado de derecho, de corrupción galopante, de destrucción del federalismo, de sumisión del Congreso y la Justicia, y de intentos más o menos exitosos de restringir la libertad de expresión.

Elegidos como presidentes de una república en un marco preciso, fijado por la Constitución, los Kirchner se han comportado como monarcas absolutistas.

Absolverlos porque se defiende la idea de que “la democracia es formal” es ignorar las dolorosas lecciones dejadas por la década del setenta, la peor de la historia nacional.

Sostener que el gobierno K ha sido respetuoso de la Constitución, o que no ha violado la ley más que otros gobiernos, es una mera profesión de fe.

Pero es otro el punto que quisiera dejar planteado aquí. Éste: el kirchnerismo no sólo no es democrático por su ejercicio ilegítimo del poder; el kirchnerismo no es democrático porque carece de legitimidad de origen, ya que para que exista democracia no basta con que haya elecciones sino que es necesario que haya elecciones libres, en las cuales todos los partidos puedan participar y, llegado el caso de que ganen, gobernar. Y eso en la Argentina no sucede, por lo menos, desde 1983.

Quiero ser claro. La democracia puede perfectamente subsistir sin alternancia en el poder. Si por medio de elecciones libres los ciudadanos eligen siempre al mismo partido de entre un grupo de partidos en condiciones de ejercer el gobierno, los principios democráticos permanecen incólumes.

Pero si entre el grupo de partidos que se presenta a elecciones uno de ellos se propone como el único capaz de gobernar, para lo cual se ha encargado de organizar la destitución de todos los gobiernos de otros partidos que en el último cuarto de siglo lograron llegar al poder, en tanto sus dirigentes ridiculizan las capacidades de gobernabilidad de la oposición, se jactan de haberlos echado en helicóptero y amenazan con huelgas y puebladas a todo el que se atreva a cuestionar su monopolio del poder nacional, entonces no hay democracia.

No es tan difícil de entender: si sólo un partido puede gobernar, la democracia es una ficción. Y es esto, precisamente, lo que ha hecho y sigue haciendo el peronismo: destituir ayer a dos gobiernos radicales y apelar hoy sistemáticamente, ante la indiferencia de jueces y fiscales, a la idea de que “a este país, solo el peronismo lo puede gobernar”.

¿Gorilismo? ¿Fantasía? Basta repasar el discurso de la peronista presidenta de la Nación de diciembre de 2012, cuando los saqueos conmovieron a Bariloche y el miedo la desbordó.

Se trata de la misma persona que como senadora del Partido Justicialista había pedido la renuncia de un presidente constitucional (“¡A mí no me votaron para otorgarle garantías a De la Rúa!”, declaró en el Senado, en aquella ocasión), pero que en 2012 sostuvo que los saqueos de Bariloche eran “una versión decadente, una mala copia” de lo sucedido en 2001.

“El país se incendiaba -recordó entonces Cristina Kirchner-... pero yo quiero hablar con la mano en el corazón, porque este es un manual para saqueos, violencia y desestabilización de gobiernos que tiene su historia... Quiero ser absolutamente sincera y honesta, como lo he sido siempre, porque el primer tomo de este manual se inauguró en el final del gobierno del doctor Alfonsín.

Más allá de la situación económica y social... sectores políticos, y fundamentalmente sectores del Pejota, todos lo sabemos perfectamente... porque fui, soy y seré peronista pero antes que peronista soy argentina [ovación].

La verdad no debe ofender a nadie. Y la verdad es que tampoco fueron espontáneos los saqueos que terminaron con el gobierno del doctor Alfonsín. Todos lo sabemos”.

Destaco: según la presidenta de la Nación, de reconocida militancia peronista, existe un “manual de saqueos, violencia y desestabilización de gobiernos que tiene su historia” de su propio partido, que empezó a ser usado en la destitución de Alfonsín.

Después, en un crescendo a toda orquesta, la Presidenta de los cuarenta millones de argentinos afirmó: “Lo mismo pasó en 2001. Más allá de los terribles errores y horrores del estado de sitio de De la Rúa y las 38 muertes... Sabemos cómo se organizó eso. Sabemos quiénes eran los actores. Sabemos que comenzó en la provincia de Buenos Aires... bueno, toda la vieja historia que ya conocemos los argentinos”.

Luego de lo cual la Presidenta no aclaró por qué no había denunciado estos hechos en 2001, como era su obligación de funcionaria, en vez de pedir la renuncia de De la Rúa. Misterios de la adhesión a la causa nacional.

Ahora bien, ¿algún juez, algún fiscal, investigó esto? ¿No hubo nadie en el Poder Judicial que en nombre de la existencia de una democracia verdadera en la Argentina creyera pertinente el hecho de que la presidenta de la Nación revelase que existe un “manual de saqueos, violencia y desestabilización” peronista, listo para ser aplicado a eventuales gobiernos opositores? ¿No se han transformado las destituciones populistas en el sucedáneo civil de los golpes militares y en un condicionamiento electoral tan grave como por años lo fue la proscripción del peronismo? ¿Se puede hablar de elecciones libres, y por lo tanto: de democracia, en un marco como éste, o es más correcto hablar de “régimen”, es decir: de un sistema intermedio entra la democracia y la dictadura que combina elementos de las dos?

Para terminar, la oposición. Hace al menos una década que los argentinos no vivimos en democracia sino bajo un régimen basado en la suposición de que sólo el justicialismo está en condiciones de gobernar.

En tanto, el gobierno del partido que dirige el país casi ininterrumpidamente desde la destitución de Alfonsín sigue provocando el deterioro de todas y cada una de nuestras condiciones de vida, hipotecando nuestro futuro, invadiéndonos con sus mafias y patotas y enriqueciéndose en el ejercicio del poder.

En este marco, creer que la distinción derecha-izquierda constituye la principal divisoria de aguas de la política argentina es demencial.

Quienes pensamos que en 2015 lo decisivo es evitar que el peronismo continúe en el poder; quienes creemos que el peronismo bonaerense y la liga de barones del conurbano que tanto Massa como Scioli representan constituyen una alternativa aún peor que la encarnada por Menem, ayer, y por los Kirchner, hoy; quienes -por lo tanto- sostenemos que lo fundamental es impedir la apertura de una posible tercera década hegemónica peronista, exigimos de la oposición una estrategia de disputa del poder nacional y no sólo alianzas ocasionales para ganar municipalidades.

El uso inteligente de las PASO como interna entre UNEN y Pro, para que uno solo de estos agrupamientos llegue a la primera vuelta y tenga garantizado el acceso al balotaje, con amplias posibilidades de llegar al gobierno y de gobernar por sí solo, con el apoyo parlamentario del otro, en el caso de ganar, es el camino necesario para salir del régimen impuesto por un movimiento político, el peronista, cada día más parecido a una asociación ilícita. Sepan los dirigentes opositores tener coraje, grandeza y dignidad.

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