Hace unos años conocí la obra de una joven escritora italiana, Susanna Tamaro, sutil mezcla de literata y filósofa, que me llamó la atención en varios aspectos. Y esto vale para mí y para muchos de sus millones de lectores. Acabo de reencontrarla por un amigo que me manda un escrito suyo recientemente aparecido en el Corriere della Sera.
La Tamaro (como dicen los italianos) alude allí a la situación entre decepcionada y desesperada de la juventud italiana actual que, por lo que dice, no es muy diferente de la argentina.
Ante esta situación, una sobrina suya decide trasladarse a Alemania. En Italia había tropezado con un ambiente juvenil francamente decepcionante. Parece que los jóvenes allí se ocupan sobre todo de tomarse la vida en solfa, algo bien italiano (y argentino).
En Alemania se encontró con que los estimulaban a todo lo contrario, es decir, a dar lo mejor de sí y tomarse la vida en serio. Dice Tamaro: "Una sobrina mía dejó la secundaria italiana donde estudiaba para irse al exterior, donde asiste a una escuela alemana. Lo primero que me contó fue esto: ?Tía, es increíble. Acá te respetan.
Te alientan siempre a dar lo mejor de vos, y entonces los alumnos competimos para ser el mejor. Pero cuando vuelvo a Italia veo que mis ex compañeros hacen lo contrario: compiten para ver quién es el peor. Al que se saca la nota más baja, los compañeros lo llevan en andas'".
A ojos de Tamaro los italianos son atraídos básicamente por el "me gusta" o "no me gusta". "Han diluido la noción de autoridad y la diferencia entre el bien y el mal, dejando a los adolescentes sin referencias".
Y continúa: "Con creciente frecuencia, la crónica periodística nos informa de los actos de autodestrucción por parte de adolescentes, como si una invisible marea les hubiese arrancado toda su energía vital. Más allá de las noticias, que pueden estar falseadas por la compulsión sensacionalista, cualquiera que tenga contacto con jóvenes sabe que el emblema fundamental de muchos de ellos es la desesperación. Una desesperación resignada y en sordina que los conduce a una vida de desenfreno autodestructivo, cuando no de patológica apatía", dice, y agrega: "A través del exceso de alcohol o el consumo sostenido de drogas". Véase al respecto la situación en nuestra patria y la alarma creciente que está provocando, incluso al más alto nivel eclesiástico.
Y continúa la escritora: "El primer ambiente social que recibe a los niños son los jardines de infantes, que suelen estar sucios, descuidados y con las paredes escritas. Después viene la escuela. La mayor parte de los edificios escolares están en un estado de degradación absoluta. Y no estoy hablando de pizarras electrónicas, sino meramente de las paredes, los pupitres y los gabinetes. Sin embargo, esa degradación no se limita al entorno sino que atañe también a la enseñanza. Maestros mal pagos, sometidos a la tiranía continua de la precariedad, reducidos a la impotencia educativa por la permanente injerencia de los padres. Maestros desalentados en su deseo de ser parte fundamental de un proceso educativo necesario para la persona y para la sociedad". Esta descripción retrata también nuestro estado educacional.
Tamaro insiste en que alentar a todos a dar lo mejor de sí mismos es la única base sobre la que construir una sociedad civil digna de ese nombre. "Los jardines de infantes letrina y las escuelas subsiguientes colaboran para generar la situación que se presenta todos los días frente a nuestros ojos: una sociedad que se hunde cada vez más en la incivilidad, el cinismo, la ignorancia y la arrogancia más obtusa (...) El otro eje cartesiano de referencia es el del tiempo.
Sin conciencia de que la vida, antes que nada, tiene un final -vale decir, esa oscuridad que nos aguarda a todos-, es imposible construir un camino real de crecimiento. Envejecer quiere decir crecer en sabiduría (al tema nos hemos referido recientemente nosotros en Los Andes) y con ese crecimiento debería llegarnos el verdadero sentido de nuestra vida. Si el tiempo es medido por el sometimiento a los impulsos y el consecuente consumo, no queda esperanza alguna de poder ayudar a los jóvenes a salir del círculo vicioso de banalidad que esta sociedad nos impone", dice nuestra escritora.
Por mi parte, en mi larga vida de profesor, lo que observo es una persistente decadencia del sistema educativo. He visto en la TV española a niñas peleándose a trompadas en el patio de su escuela. A esto lo llaman bulling o acoso escolar y yo no tengo recuerdo de haberlo presenciado in vivo nunca en mi vida.
Pero hay entre nosotros otros indicios de la decadencia intelectual. Uno muy grave es el construccionismo, o constructivismo, de moda en ambientes docentes. La idea es que la realidad la construye el sujeto del aprendizaje, que por lo tanto no hay que enseñar, incluso se critica a los que enseñan. Estas insensateces están en contradicción con toda tradición pedagógica seria.
Cuando pienso en estas cosas viene a mi mente aquella frase de los obispos rogándonos "Argentina, levántate y camina". Lo grave es que estos períodos de decadencia, como el que sufrimos, adormecen. Uno ve a los docentes preocupados por urgencias que son legítimas, pero no prioritarias. Lo prioritario siguen siendo los niños y su educación.