"Chicos, estamos en Harvard. Estamos en Harvard, estamos en Harvard, por favor. Esas cosas son para La Matanza, pero no para Harvard".
Cristina Fernández a estudiantes de Harvard.
"Chicos, estamos en Harvard. Estamos en Harvard, estamos en Harvard, por favor. Esas cosas son para La Matanza, pero no para Harvard".
Cristina Fernández a estudiantes de Harvard.
"Un beso muy grande, de corazón, para toda La Matanza... Ayer en Harvard me acordé mucho de ustedes. Cuando conozco otros lugares en vivo y en directo, cada vez los quiero más".
Cristina Fernández en un tuit a La Matanza.
Ninguna de las dos célebres frases de la presidenta argentina expresadas la semana pasada desde EEUU parecen falsas ni contradictorias. Son las dos caras reales de Cristina. A los chicos de Harvard les dice que no se comporten como matanceros, por haberla silbado. Y luego a los habitantes de La Matanza, sin disculparse en absoluto por lo que insinuó de ellos en Harvard, les dice que los quiere mucho y que luego de conocer "otros lugares en vivo y en directo" (alusión más que obvia a Harvard), ahora los quiere mucho más. Con lo cual les avisa a los habitantes de La Matanza, a los que despreció en Harvard, que ella desprecia aún más a los chicos de Harvard.
A esos mismos chicos de Harvard a los que retó por comportarse como matanceros, también les dijo que ella nunca pidió que todos los argentinos le tengan temor divino, sino que sólo pidió que ese temor se lo tengan sus funcionarios.
Y así como sus funcionarios la aplaudieron a rabiar cuando les exigió temor reverencial, ayer el intendente de la Matanza agradeció que la Presidenta haya dicho en EEUU lo que dijo de los matanceros. Son funcionarios a las que les gusta ser aterrorizados, golpeados y humillados. Aplauden y agradecen el maltrato del superior, al mismo tiempo que tratan igual a como la Presidenta los trata a ellos, a quien consideran el inferior. Esa gente hoy administra los destinos de nuestra nación.
En todas las respuestas de Cristina Fernández a los estudiantes de Harvard sobrevoló el concepto con el que una vez el ex presidente Raúl Alfonsín caracterizó a alguien que lo encaró en un discurso: "A vos no te va tan mal, gordito". Pero ella no les estaba diciendo "gorditos", sino "chetitos", en particular a los estudiantes argentinos en Harvard. Lo que les quiso explicar es que ellos estudiaban allí gracias al esfuerzo colectivo de una Nación que les permitía estar donde estaban, más que por su mérito propio.
Algo discutible pero entendible si esa vara la aplicara a todos por igual. Pero ocurre que cuando le tocó hablar de sí misma, sostuvo que su inmensa fortuna económica se debía a que había sido una "abogada exitosa", como su actual fortuna política se debía a que había sido una "presidenta exitosa". Como suelen decir los millonarios cuando se les pide que expliquen los orígenes de sus millones.
Vale decir, los chicos argentinos que estudian en Harvard están allí gracias al esfuerzo colectivo de una nación que, además, Ella encarna. Pero Ella, en cambio, está donde está porque fue una abogada individualmente exitosa en épocas procesistas y una presidenta exitosa en épocas democráticas. El principal prejuicio que ella le critica a la clase media (la de que sobrevalora el esfuerzo individual por sobre el colectivo y cree poder salvarse sola) lo expresó rotundamente con esa frase que pronunció en EEUU, tanto por su contenido como por su manera de decirlo, al exigir con tono airado e indignado que se le valore su mérito personal como variable principal para explicar su fortuna económica y su poder político.
La nueva clase media argentina. En sus profundos análisis sobre la clase media argentina, Arturo Jauretche explicaba en los años '60 que ella era el producto exitoso de la gran movilidad social del país. Sólo que algunos individuos de esa clase media, creyendo vivir en una nación donde el progreso parecía imparable, en vez de sentirse orgullosos por pertenecer a ese sector, se propusieron imitar usos y costumbres de la clase alta, convirtiéndose en lo que él caracterizó como el "medio pelo"; que se define sociológicamente como "la situación forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee".
En el medio pelo, Jauretche basaba gran parte del desencuentro histórico entre clase media y clase obrera en el primer peronismo. No en toda la clase media, sino en esa pretensión simuladora de status de algunos de sus miembros, que de convertirse en hegemónica dentro de la clase media, alejaría a unos sectores populares de otros. Por eso, su misión política fue explicar todo lo que de común tenían las clases mayoritarias de la sociedad, criticando los sectarismos de unos y otros. No buscó jamás dividir, sino integrar.
Ahora bien, esa caracterización de Jauretche respondía a un momento histórico de la Argentina muy distinto al presente. Él falleció en 1974, cuando aún la movilidad social era central en el país, pero es desde entonces que la clase media comenzó a perder la centralidad económica que tuvo durante el siglo, aunque no por ello perdió su centralidad cultural.
La consecuencia lógica de ese cambio estructural es que la clase media post-Jauretche no se identificó tanto por sus deseos de mayor ascenso social sino por el gran temor de descender, como, del mismo modo, los otros sectores populares que antes pugnaban por llegar a la clase media comenzaron a ser condenados a vivir para siempre en la marginalidad.
Todo eso que empezó en los '70 y se profundizó en las décadas siguientes devino insoportable con la implosión social de 2001/2, cuando el país entero sintió que todo se venía abajo. Desde entonces y hasta el presente, el gran tema de la clase media, la principal reivindicación por la que lucha, no es la de subir sino la de no caer. Por eso, hoy se valoriza aún más que ayer el sentido de pertenencia a esa clase, se lo valora mucho más al haber sufrido en carne viva el riesgo de perderlo. Debido a eso aumentó mucho la autoestima de clase media, por elemental defensa propia.
Tanto el radicalismo inicial como el primer peronismo expresaron a grandes sectores populares que querían llegar a ser clase media. Pero la democracia de 1983 no expresó tanto el deseo de ascenso social de sectores postergados, sino el temor de una clase media herida económicamente que se resistía a dejar de serlo. Una clase que triunfó culturalmente (porque ya todos querían ser parte de ella) en el momento en que se hizo más difícil pertenecer a ella, porque la sombra del empobrecimiento colectivo todo lo cubría.
Hace ya muchas décadas que el desencuentro histórico entre las clases mayoritarias ha sido superado, aunque aún se mantengan ciertos clichés discursivos del pasado, ciertos prejuicios clasistas o racistas en algunos de sus exponentes. Pero lo cierto es que si a mediados del siglo XX la división entre clase obrera y clase media pudo significar un grave obstáculo para la evolución del país, hoy sostener que ese peligro se mantiene, o lo que es peor, querer hacerlo renacer, es una falsedad histórica por donde se la mire.
La clase media es la que hoy, objetivamente, impide la partición de la nación en mitades inconciliables. Sus fluctuaciones de opinión, que son tan criticadas por los fundamentalistas que se dicen de izquierda, son las que vienen impidiendo magníficamente bien que las divisiones políticas que se viven entre las élites del país se trasladen abajo. O que se trasladen del modo brutal en que sus propulsores desean.
En medio de un país políticamente herido, donde las instituciones siguen en crisis y la representatividad dirigencial expresa cada vez menos las necesidades y aspiraciones populares, la clase media durante el conflicto con el campo simpatizó con este sector y con la oposición, en forma mayoritaria. Pero dos años después, ante la deserción opositora, esa misma clase social fue clave para el aplastante triunfo de esa mujer sola a la que decidieron ayudar no sólo con su voto, sino con una simpatía renacida hacia ella. Sin embargo, a diez meses el clima de opinión generalizado (ese que hoy por hoy sólo la clase media es capaz de crear) nuevamente parece revertirse, y esta vez no tanto por razones económicas, sino por las limitaciones a la libertad personal y las arbitrariedades institucionales que fomenta el poder político.
Pero lo notable, en todos los casos, es que jamás se produce la división social por mitades enfrentadas. Son, por el contrario, giros imprevistos tan rotundos, estados de ánimo tan generalizados, que hacen marchar la opinión pública hoy en una dirección y mañana en la contraria. Como poniendo límites tanto al poder cuando se torna excesivo, o a cualquier reemplazo que muestra su impotencia. Como queriendo garantizar la gobernabilidad en un país que casi colapsa por la anarquía, pero sin permitir que la necesaria autoridad política que se requiere devenga autoritarismo.
Son precisamente las fluctuaciones de la clase media las que permiten que se formen mayorías simbólicas nada permanentes pero que, en cada oportunidad, frenan por abajo los odios que se acumulan por arriba. La clase media, cuando se moviliza -tanto tomando la calle como expresándose con su voto- recupera la estima en sí misma, unificando tras ella las reivindicaciones más diversas -a veces hasta incluso contradictorias-, pero no la une el odio a los de abajo, ni siquiera al gobierno, sino a los sectores que dentro del mismo la han elegido como su enemigo cultural.
El nuevo medio pelo argentino. Como ocurre siempre en la historia cuando cambian las condiciones objetivas, las cosas que se decían en un contexto pueden significar lo contrario en otro contexto. Hoy eso es lo que pasa con el medio pelo dirigencial, ese que acusa de todos los males y siente asco hacia la mentalidad de clase media, pero que quiere ascender de clase e incrementar su fortuna mediante el uso indebido del poder político. Son los que simulan ser lo que no son, creyendo que es suyo lo que les pertenece a todos. Y, porque quieren simular ser lo que no son, desprecian cada vez más a la clase media de la cual provienen.
Lo paradojal es que este nuevo "medio pelo de izquierda" que hoy predomina en la Argentina se propone saltar de la clase media a la clase alta apoyándose en las clases bajas, pero no buscando su promoción o ascenso social, sino tratándolas con un cariño paternalista similar al que dispensaban los viejos caudillos conservadores o los patrones de estancia hacia el "obreraje" o "paisanaje", al cual de vez en cuando invitaban a un asado o le regalaban un feriado a cambio de su supuesta lealtad política. Esos políticos que se sentían los patroncitos de los pobres mientras trataban despóticamente a sus ministros y funcionarios. Esos políticos que se creían los dueños del país y consideraban a todos los demás como sus empleados.