Lo invisible en la Argentina

El escritor francés Saint-Exupèry afirmaba en su libro, El principito, que lo esencial es invisible. Se han hecho muchas interpretaciones de la frase. La primera lectura que podríamos hacer de la afirmación, sería entenderla en el sentido de no juzgar las apariencias. Sintéticamente, diríamos "no juzgar el libro por la portada".

Otro acercamiento, un poco más profundo, podría ser que mucha de la información que circula día a día suele ser superflua y lo más importante pasa desapercibido. Un viejo proverbio dice que "hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece".

Tampoco es ése el sentido al que quiero referirme, aunque quizá esté vinculado. Traigo la frase a colación por otro aspecto: para los antiguos, lo esencial-invisible era sinónimo del conocimiento objetivo; conocimiento profundo y a la vez gratuito; que se busca por sí mismo y no con alguna utilidad.

Según los grandes maestros del pensamiento (Platón o Aristóteles, por sólo citar algunos), el conocimiento más profundo no se agota en los casos concretos: lo que tiene primacía es lo intangible (aunque no por eso indemostrable ni incognoscible). Le llamaban conocimiento metafísico.

Fue Platón quien dijo que ese mundo metafísico es tan cierto y real que en algún sentido nuestra realidad visible depende de la invisible. Además fue el primero en sostener que ese plano, abstracto pero real, tiene grandes implicancias en lo político: una comunidad es más ordenada y más perfecta en la medida en que está más cercana a ese mundo de lo esencial-invisible.

Debe hacerse una aclaración en este punto: lo invisible se manifiesta en lo visible, y es esto último (lo visible) el camino para juzgar a aquello (lo invisible). El árbol se conoce por sus frutos. Si lo aplicamos a una comunidad podemos decir que su tono espiritual, por así llamarlo, se manifiesta en cosas concretas.

En la Argentina, según mi opinión, existe un creciente desprecio por lo abstracto, por lo objetivo y no mensurable, por lo que se busca por sí mismo. Pero todo esto no pasa de ser un enunciado general. Propongo centrar la atención en algunos puntos concretos que, a mi juicio, reflejan el tono espiritual argentino.

La crisis de la palabra

En su famoso libro Presencias reales, Georg Steiner explica que "hay algo en lo que decimos". Nuestra sociedad parece haber olvidado el peso específico y el valor que tiene cada palabra pronunciada. Parece que hemos olvidado que hay algo en lo que decimos.

Desde los griegos, pero asumido y plenificado con el cristianismo, sabemos que la palabra y el lenguaje son cosas misteriosas, de naturaleza casi divina. Justamente por eso deben ser tratados con cuidado. Una sociedad que no cuida la palabra no está en condiciones de reclamar nada. Una sociedad que tiene palabras y domina con precisión el lenguaje, es una sociedad más libre.

La arquitectura

Pocas obras de arquitectura hechas para durar en el tiempo se emprenden en nuestros días. Las casas, los edificios públicos y escuelas hechos en nuestra época, suelen ser chatos, monótonos, sin decorados. Los edificios más grandes que se construyen son centros comerciales o hipermercados. Y estos últimos frecuentemente están hechos con paneles, que no son precisamente pensados para desafiar a las pirámides egipcias en lo que a duración se refiere. Todo un símbolo de nuestro tiempo.

Se objetará que, hoy por hoy, los recursos son muy escasos. A esto debo responder que los recursos siempre han sido escasos, pero sucede que en nuestro presente, en nombre de la eficiencia, se privilegia el número, lo mensurable, por sobre la calidad. Evidentemente esto refleja nuestra relación como sociedad con lo abstracto.

La arquitectura tiene, por supuesto, un aspecto útil: favorecer la vida humana en común, pero posee una dimensión no utilitaria, que se busca gratuitamente: la producción de ambientes bellos, agradables y armónicos.

El habitar

El pensador ítalo-alemán Romano Guardini, en sus Cartas de autoformación, reflexiona de modo muy elocuente sobre este tema cuando considera la casa como un lugar propio del ser humano. En la casa no sólo se está. En la casa se habita. El habitar implica una especie de "domesticación del espacio". Otra vez es Saint Exupèry, en el célebre diálogo del Principito con el Zorro, quien da en el clavo: domesticar es crear vínculos. Cuando domesticamos el espacio, estamos habitando.

En la casa nos refugiamos y satisfacemos nuestras necesidades pero también debería ser en la casa en donde comenzamos a cultivar otro tipo de hábitos y actividades. El invitar, el diálogo, el orden, el respeto, la higiene, son valores que se potencian en un contexto materialmente favorable. La razón de esto es muy sencilla: somos seres corporales. Una prueba de esto la aporta el doctor Abel Albino cuando en su libro Gobernar es poblar, explica la importancia de algo tan simple y concreto como el agua caliente en la educación de las costumbres.

Los entornos físicos habitables, es decir armónicos, limpios y ordenados, son la condición de posibilidad y, al mismo tiempo, expresión de personas equilibradas y con capacidad de relación.

Todas estas cuestiones deberían repensarse: las cosas, para que existan o sucedan, hay que empezar a pensarlas, decía un amigo mío. La misma relación con lo invisible debería regir en otros ámbitos del mundo de la vida: el deporte, el arte culinario, la música, entre otros.

No es simple enfrentarse a estos asuntos en una época marcada por el consumo, donde no existe (o se cree que no existe) lo mejor ni lo peor. Nadie ha dicho que sea fácil. Hesíodo afirmaba que "los dioses han puesto delante de la virtud, el sudor". Y ya sabía Platón, según sus propias palabras, que "las cosas bellas son difíciles".

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