Hay un momento del día en el que la avenida se pone espectral. El nombre es lo de menos; todas se parecen en esto. Son minutos. Lo que tarde en bajar las persianas el último negocio, lo que tarde la avenida en pelarse de gente. Sopla un viento tísico, capaz solamente de mover papeles. Es entonces cuando Buenos Aires se saca la pintura y queda convertida en lo que en verdad es: una vieja sola, abandonada por unos hijos que desaparecen no bien cae el sol. A esa hora también, hace algunos
días, un chico de no más de 14 años se acercó a una joven de no más de 20, le mostró algo que parecía ser un arma adentro de su bolsillo, le arrancó el celular y escapó corriendo. No hizo más porque no pudo. Porque alguien (de los pocos que circulábamos por ahí a esa hora) reparó en la escena, decidió acercarse y la desactivó. Tuvimos, todos, suerte: no hubo revólver, sevillana, jeringa ni hospital. No hubo golpes ni puntazos. "Hacía rato que no me robaban", fue lo primero que dijo la chica cuando pudo volver a hablar. Lo segundo fue: "Desde mañana comienzo a salir con un celular de juguete para entregar la próxima vez". Armas de juguete, botines de juguete, futuros de juguete. El problema es que -circulando entre una apariencia y otra- hay gente de verdad. De carne y hueso.
Vivimos en un país sensacional. Todo, de un tiempo a esta parte, se ha transformado en una sensación. Hay pues sensación de inseguridad, de inflación, de miedo. Una suerte de espejismo colectivo que sólo percibimos -y padecemos- los que caminamos sin custodia y a la hora menos indicada. Será por eso que en ese mundo de sensaciones cada tanto sucede (nos sucede) algo así de violento. De perturbador. Ayer le robaron la cartera a alguien, antes el auto a alguien más y antes, aun, el aguinaldo a algún otro. La escena es siempre la misma: algo inesperado y veloz, que desaparece antes de haber terminado de ocurrir.
O no. Porque no siempre el impulso del rebaño prevalece. Porque a veces hay uno -o unos- que hace lo imprevisto y nos redime a todos. Uno que dice basta. Otro que se acerca. Alguien que levanta la voz, que entra en escena y rompe para siempre el círculo del miedo. Recién entonces, en ese minuto que es un salto al vacío, la calle deja -también por un minuto- de ser territorio hostil. Vuelve a parecerse a aquellas otras que alguna vez vimos, llenas de caras que no eran como puñales. No fue hace tanto. Apenas cuando todavía todos sosteníamos lo de todos, empezando por la calle.
Hace algún tiempo, una foto puso a pensar al mundo. Mostraba a un hombre caído a las vías del metro de Nueva York, tratando desesperadamente de trepar al andén. Metros más allá, las luces de un tren a toda marcha. En un instante, también, quien retrató la escena y vendió esa foto decidió abstraerse y disparar su cámara. El hombre en las vías murió horas después. Quien tomó la fotografía murió mucho antes: justo cuando eligió quedarse quieto y apretar el obturador. Con nosotros ocurre algo parecido.
Cada tanto tenemos la oportunidad de "hacer algo". De involucrarnos y decidir cómo termina la historia. De elegir, como el fotógrafo, si vamos a cambiar la escena o simplemente retratarla, y convivir para siempre con eso. Ese instante es cuando se define el destino final de cada calle. Y -lo sepamos o no- también el de todos nosotros.