Cuando el General Perón regresó a la Argentina, solía decir que se encontró con un país politizado pero sin cultura política. Su preciso diagnóstico le advertía que los argentinos estaban todos movilizados pero que no podían canalizar sus reclamos por los grandes desencuentros históricos que aún sobrevivían.
Por eso se propuso encarar la reconstrucción nacional, re-uniendo a los desunidos y construyendo una cultura política tolerante que los contuviera a todos. Lo hubiera logrado de no ser porque la herramienta con que contó para tan magna tarea de reconciliación -el movimiento peronista- estaba por dentro más dividido y enfrentado que el resto de los argentinos entre sí. Trágica paradoja: cuando tuvo a su movimiento unido, lo fue con un país dividido. Y cuando tuvo un país unido, lo fue con su movimiento dividido.
Luego de la crisis de 2001/2, la primera reacción popular fue la de la antipolítica, el que se vayan todos, un inestable estado de anarquía que de a poco devino en despolitización creciente de la sociedad porque de la furia impotente se pasó al descreimiento y la indiferencia generalizadas.
Néstor Kirchner logró superar esa situación mediante la reconstrucción de la autoridad política por arriba, pero sin terminar con la despolitización de abajo. A partir de allí, con el poder cada vez más concentrado, el kirchnerismo se ocupó más por desinstitucionalizar que por repolitizar. Así, el monopolio del poder político quedó en sus manos ya que las instituciones cada día más vaciadas (banalizadas por Menem y avasalladas por Kirchner, en nombre de la emergencia) no servían de contrapeso, mientras que una sociedad despolitizada tampoco podía poner límite alguno.
El gran cambio epocal que hoy ocurre -con epicentro en las calles de la patria- es que la sociedad se está repolitizando bajo la consigna principal de la reconstrucción institucional. Movilización popular que cuestiona el intento de seguir colonizando todas las instituciones públicas para reemplazarlas por una sola: el omnipotente cesarismo que monopoliza todo el poder político en una persona o, cuando mucho, en una facción adicta.
Por lo tanto, hoy nos encontramos con una sociedad en vías de repolitización que pide a sus dirigentes que construyan una cultura política a través de la recuperación de las instituciones públicas. Un verdadero intento de profundización de la democracia, enfrentado a su vaciamiento interno.
Profundizar la democracia. En todo proceso democrático, tarde o temprano llega el momento en que para profundizarlo se requieren rectificaciones del rumbo inicial, porque sino se corre el riesgo de que más de lo mismo produzca efectos opuestos a los que generaba antes, ya que hasta la mejor propuesta se deteriora con el paso del tiempo.
Ejemplo cercano y notable de profundización democrática es el que está encarando la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, espejo en el que debería mirarse, hoy más que nunca, la Argentina.
Ella se encontró, al asumir, con dos problemas relacionados que se agravaban mutuamente: un estado de corrupción creciente dentro de su propia fuerza política y una crítica cada vez más dura por parte de los medios de comunicación hacia los hechos de corrupción. Sin embargo, como la sociedad brasileña no tenía entre sus principales reclamos al gobierno el de la corrupción, Rousseff bien podía intentar una salida mediante la crítica a los medios diciendo que exageraban la situación real, que eso es lo que intentó Lula.
No obstante, Dilma eligió un camino tan audaz como impensado: en vez de echarles la culpa a los medios, les dio la razón pero poniéndose ella al frente de la lucha contra la corrupción, caiga quien cayere y cueste lo que costare, con lo cual les quitó a los medios la principal crítica a su gobierno y a la vez logró interesar a la sociedad para que la ayudara en la gesta. Y va logrando lo que se dice una carambola: poner a su favor los medios críticos y movilizar la opinión pública para que haga suya la lucha contra una lacra que no estaba entre sus reclamos.
En otras palabras, para profundizar la democracia, rectificó gran parte del rumbo seguido en vez de ratificarlo todo. Con infinita lucidez, la presidenta brasileña entendió que si seguía sin cambiar nada, profundizaría los errores y no las virtudes de su proyecto. Entendió que no se puede seguir sin cambiar nada cuando está cambiando todo. En vez de negar o de seguir al cambio, se adelantó al mismo e hizo que todos la siguieran a ella.
En la Argentina ocurre exactamente lo contrario: el Gobierno se pelea contra los medios por muchas razones (algunas seguramente válidas) pero la principal es una y sólo una: porque ellos desnudan la corrupción que todo proceso político con diez años en el poder sin rectificación significativa alguna, contiene cada vez más. En vez de atacar la corrupción, el Gobierno quiere silenciar a los que la denuncian.
Dilma Rousseff se pone ella al frente del principal reclamo que los medios le hacen, con lo cual logra neutralizar a sus críticos a la vez que se saca de encima a los que dentro de su partido eran lastres para seguir con su proyecto político.
Mientras, en la Argentina, obstinándose en que no hay nada de qué autocriticarse, el Gobierno deteriora la calidad institucional al querer suprimir la prensa libre y deteriora su propio proyecto político al negarse a cambiar lo malo que contiene dentro. Y así, en nombre de su profundización, termina debilitando la democracia.
Horizontalizar la democracia. Con respecto a la interpretación acerca del sentido de las movilizaciones populares, dentro del oficialismo se impone la versión de los iluminados que se creen portadores de una verdad histórica que aún no comparten todos los argentinos porque les faltan los instrumentos comunicacionales para imponerla.
Ellos creen que los movilizados son centenares de miles de corderos manejados a control remoto por un puñado de conspiradores. Algo organizado, no espontáneo. Porque para este Gobierno no existen críticas legítimas en la medida en que no está dispuesto a la autocrítica; sólo hay opositores, enemigos, disidentes o traidores. Gente equivocada o malintencionada porque no comparte la única verdad.
Otra interpretación habla de cientos de miles conectados entre sí, que se sirven de los que se suponen organizadores de las movilizaciones como meros coordinadores que les permiten comunicarse horizontalmente. Es una traducción política de la lógica de internet: ningún cerebro conductor ni arriba ni en el centro, sino un sistema que permite la conexión de todos con todos no hablándole a ningún jefe sino hablando todos entre sí, sin jerarquía alguna. Una inmensa multitud sin centro "organizó" su espontaneidad y salió a las calles con reclamos y sentires compartidos.
Son dos lógicas, la vertical y la horizontal. Aquella que siempre busca el centro de donde proviene la conspiración porque supone que las masas jamás actúan por cuenta propia, sino por orden de otros. Y aquella de las redes, que descree o excede o supera toda conspiración y que le da un sentido a la espontaneidad, pero no a la manera tradicional de la organización partidaria u opositora.
Creer que estas movilizaciones son conducidas por titiriteros ocultos o que las organizó la oposición son delirios. Es darle una entidad poderosísima a quienes tienen menos poder de movilización que el Gobierno, que ya la tiene poca. Y es no entender nada de la lógica política de los nuevos movimientos sociales que surgen por todo el mundo, cada uno con sus particulares reclamos pero con un funcionamiento parecido de universos auto-orientados sin centro alguno, que interpelan al poder verticalista y autoritario mediante la plena horizontalidad democrática.
Recuperar la democracia para todos. Frente a estos nuevos desafíos, en vez de intentar comprender, el Gobierno actúa como una minoría resentida que ve a la cantidad movilizada como de escasa calidad y la desprecia desde una mirada elitista.
No es ni siquiera el caso de Venezuela, donde a un mitad del país movilizada se le opone la otra, sino que acá hay una sola mitad movilizada que pide cambios de rumbo que el cristinismo no dará, porque a pesar de expresar una mayoría electoral cada vez actúa más como una minoría extremista dentro de un partido mayoritario.
Su aislamiento voluntariamente elegido está llevando a la Presidenta a tener cada día menos capacidad de ver diferencia alguna entre lo público y lo privado, y eso quizá sea aún más grave que el sectarismo: creer que el país le pertenece, que es suyo. Ya ni siquiera actúa como una reina sino como un ama de casa poderosa y posesiva que trata a su familia a los palos y al resto de la comunidad como si fuera su personal doméstico de servicios, al que se lo conduce con una altanera mirada, tan paternalista como patronal.
La democracia es de todos, no de una parte, y los movilizados quieren recuperarla también para ellos. No se la quieren sacar al Gobierno, sino terminar con su confiscación por parte del Gobierno, el que al creerse la única voz democrática, condena al resto a formar parte del golpismo latente, de la "derecha" oculta, de ser rémoras del pasado, que ya bastante tienen que agradecer porque el divino poder les permita vivir en plena democracia aun sin ser sectores democráticos.
Hasta que llegó el día en que tanta gente se hartó de tanto desprecio. Y decidió salir. Ni aquí ni en ninguna parte del mundo se juntan un millón de personas si no tienen algo muy importante en común. Esto es un hecho nuevo, que a quien no intente al menos entenderlo le pasará por encima.