6 de abril de 2014 - 01:52

Impuestos y distribución de la riqueza

Desde que la desigualdad se convirtió en un tema cada vez más destacado en el discurso estadounidense, la derecha empezó a ejercer una furiosa reacción. Algunos conservadores alegan que no es sensato concentrarse en las desigualdades, que gravar los ingresos más altos dañaría el crecimiento económico.

Algunos alegan que el debate mismo es injusto y que debería permitirse que la gente se quede con lo que ha ganado. Y otros incluso dicen que es anti-estadounidense: que en Estados Unidos siempre se ha festejado a quienes alcanzan la riqueza y que decir que algunas personas controlan una proporción de la riqueza demasiado grande simplemente viola la tradición nacional.

Y tienen razón. Ningún auténtico estadounidense diría esto: "La ausencia de un restricción efectiva estatal y, especialmente, nacional, en la obtención de dinero ha tenido la consecuencia de crear una pequeña clase de hombres enormemente ricos y económicamente poderosos, cuyo objetivo principal es conservar e incrementar su poder". Y después de esa afirmación, tampoco pediría que se estableciera "un impuesto gradual sobre las herencias de las grandes fortunas (...) que aumentara rápidamente en proporción con el tamaño del legado".

¿Quién fue ese izquierdista? Ni más ni menos que Theodore Roosevelt, en su célebre discurso sobre el nuevo nacionalismo de 1910.

La verdad es que a principios del siglo XX, muchos destacados estadounidenses advirtieron los peligros de la extrema concentración de la riqueza y exhortaron a que la política fiscal sirviera para limitar el crecimiento de las grandes fortunas. He aquí otro ejemplo: en 1919, el gran economista Irving Fisher - cuya teoría de la "deflación de la deuda", por cierto, es esencial para entender los problemas actuales de la economía estadounidense - dedicó su discurso como presidente de la Asociación Americana de Economía básicamente a advertir los efectos de "la distribución antidemocrática de la riqueza". Y habló favorablemente de las propuestas para limitar la riqueza heredada mediante fuertes gravámenes sobre los legados.

La noción de limitar la concentración de la riqueza, especialmente la riqueza heredada, no se quedó en meras palabras. En su histórica obra "El capital en el siglo XXI", el economista Thomas Pikkety señala que Estados Unidos, que estableció el ingreso sobre la renta en 1913 y el impuesto sobre las herencias en 1916, abrió el camino del gravamen progresivo, estaba muy adelantado a Europa. Piketty llega al grado de decir que el "gravamen confiscatorio de los ingresos excesivos" - es decir, impuestos cuyo objetivo era reducir las disparidades en ingresos y riqueza, más que recaudar dinero- era "un invento estadounidense".

Y este invento tiene raíces profundas en la visión jeffersoniana de una sociedad igualitaria de pequeños agricultores. Allá en los tiempos en que Teddy Roosevelt pronunció ese discurso, muchos estadounidenses serios se dieron cuenta de que esa desigualdad extrema no solamente estaba haciendo pedazos esa visión, sino que además Estados Unidos estaba en peligro de convertirse en una sociedad dominada por la riqueza heredada; de que el Nuevo Mundo estaba en peligro de convertirse en una Vieja Europa.

Y fueron muy directos al alegar que la política pública debe tratar de limitar la desigualdad por razones tanto políticas como económicas, y que una gran riqueza representa un peligro para la democracia.

Entonces, ¿cómo fue que esas ideas no solo fueron expulsadas de la corriente de pensamiento tradicional sino que fueron declaradas ilegítimas?

Veamos cómo se trataron la desigualdad y los impuestos a los ingresos elevados en las elecciones de 2012. Los republicanos impulsaron el argumento de que el presidente Barack Obama era hostil a los ricos. "Si la prioridad es castigar a las personas de éxito, entonces hay que votar por los demócratas", señaló el republicano Mitt Romney. Los demócratas negaron vehemencia (y justificadamente) ese argumento. Empero, lo que Romney estaba haciendo efectivamente era comparar a Obama con Teddy Roosevelt. ¿Cuándo se volvió eso un pecado político imperdonable?

A veces se escucha el argumento de que la concentración riqueza de la riqueza ya no es un asunto importante, pues lo grandes ganadores de la economía de hoy son aquellos que llegaron a la cumbre por sus propios esfuerzos y que le deben su posición a los ingresos que ellos mismos han devengado, no a la riqueza heredada. Pero esa opinión está una generación desactualizada.

Estudios recientes de los economistas Emmanuel Saez y Gabriel Zucman señala que la proporción de la riqueza en manos de la mera cumbre - el 0,1 por ciento más rico de la población - se ha duplicado desde los años ochenta y ahora es tan elevada como lo era cuando Teddy Roosevelt e Irving Fisher emitieron sus advertencias.

No sabemos qué tanto de esa riqueza sea heredada. Pero basta examinar la lista Forbes de los estadounidenses más ricos. Según mis cálculos, una tercera parte de los 50 más ricos heredó su fortuna. Otra tercera parte tiene 65 años o más, por lo que probablemente legarán una gran fortuna a sus herederos. La estadounidense todavía no es una sociedad de aristocracia heredada de riqueza pero, si nada cambia, será ese tipo de sociedad en cosa de unos veinte años.

En pocas palabras, la satanización de cualquiera que habla de los peligros de la concentración de la riqueza está basada en una mala interpretación tanto del pasado como del presente. Ese discurso no es anti-estadounidense; al contrario, pertenece básicamente a la tradición estadounidense. Y tampoco es irrelevante en el mundo moderno. Entonces, ¿quién será el Teddy Roosevelt de esta generación?

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