El corriente año y en el marco del Plan Nacional de Educación Obligatoria y Formación Docente, con metas a cumplir en el período 2012-2016, la Subsecretaría de Educación de la Dirección General de Escuelas de Mendoza se encuentra implementando un programa de perfeccionamiento docente para los niveles inicial, primario, secundario y superior, al que llama “Jornadas Interinstitucionales”.
Como de costumbre, los eufemismos burocráticos que rondan a las modernas “ciencias” y políticas de la educación esconden su verdadero propósito, al tiempo que revelan su vaguedad e ineficacia respecto de lo que dicen proponerse.
En primer lugar, si la resolución (CFE 201/13) apunta que “la enseñanza es una construcción que requiere ser discutida por los docentes en su ámbito de trabajo” y según “una estrategia nacional consensuada federalmente”, un docente amigo me cuenta que eso es precisamente lo que no se hace: lo que ha de entenderse por educación ya viene laboriosamente confeccionado por aquellos que idearon el plan.
De hecho, la presentación de esta idea en cientos de páginas insume toda la atención y termina por anular el debate. Y, por último, su evidente “bajada de línea” centralista, torna el consenso federal en una ficción.
Pero lo más llamativo del caso no es sino esto otro: cuando se supone que esas jornadas se proponen remediar las falencias de los docentes, invitándolos a un pormenorizado examen de conciencia, en realidad se usan para hacer un diagnóstico general del estado actual de los alumnos; por supuesto, de su mal estado. Qué forma tan simple de autoengaño.
En realidad, son los profesores los que están en mal estado. Y no les vendría mal regresar a la escuela. Los de la escuela primaria y secundaria, para aprender inglés, por ej., y los universitarios, para tomarse el tiempo necesario de pensar los libros que enseñan y no entienden lo suficiente.
Y ambos, para volver a experimentar la amistad, aprendiendo a reconocer así nuevamente las necesidades reales de sus alumnos. Ciertamente, en este rubro los docentes no son los únicos que andan en falta.
Hasta podría decirse que, frente a los políticos, son como nenes de pecho. Nadie demuestra saber menos lo que necesita la gente que un político en ejercicio; y nunca lo sabrá, a menos que se atreva a seguir los pasos del ex primer ministro noruego Jens Stoltenberg, convirtiéndose en taxista siquiera por un día para saber lo que la gente realmente piensa.
La Educación no es una ciencia teórica, tal como lo es la Física, la Matemática o la Metafísica. Y la Política tampoco. Son ciencias prácticas, en las que importa menos la reflexión que la acción. Ahora bien, para educar bien o gobernar bien conviene contar con mucha precisión en el conocimiento del punto de partida de la realidad a transformar.
Tal vez Stoltenberg se acordó tarde de salir a la calle a observar lo que la gente sentía y quería, y por eso perdió su oportunidad de ser reelecto el año pasado. Efectivamente, hacerse cargo de la realidad que a uno le toca vivir no es tarea fácil.
Cada vez que escucho o leo acerca de los problemas que nos afectan en materia de educación, seguridad o situación de la gente joven, invariablemente se me viene a la cabeza la relación del Coronel Mansilla con el cabo Gómez.
Me animo a afirmar que en los cuatro capítulos de Una excursión a los indios ranqueles que narran esa historia, se encierra el misterio de todos nuestros desafíos educativos y sociales, con sus dificultades añejas.
En la persona del soldado Manuel Gómez veo sintetizarse todos los elementos que conforman en esencia al pequeño salvaje argentino que todos llevamos dentro, con sus potenciales virtudes, naturalmente: de humor agudo; “buen hombre, de carácter humilde, subordinado”, pero aficionado a la bebida; valiente, patriota, astuto para salirse con la suya frente al enemigo más difícil, pero infortunado frente al más fácil; celoso en el amor, pero rápido para excitarse y ser cegado por la pasión; noble hermano, cristiano resignado, soldado olvidado.
Mansilla, al igual que el político noruego antes referido, también fracasó en su propósito último: se acordó algo tarde de buscar comprender mejor al cabo Gómez. Así y todo, la estela de cariño que Mansilla deja estampada en su relato por este soldado, permanecerá eternamente como un aliciente imborrable para todas las generaciones venideras de los actores responsables en la mejora pública de nuestro país.
No sé si el cabo Gómez todavía perdura en la memoria de los educadores o políticos argentinos. Lo que es seguro es que vive entre ellos. Si habitualmente no lo ven, o lo ven borroso como un fantasma en la televisión, un día de estos, al igual que al Coronel Mansilla, se les aparecerá en carne viva, y con voz de mujer les dirá: “Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano”. Achacándoles la muerte de éste, los mirará fijamente a los ojos y les dirá que “la noticia del fusilamiento se la dio Dios en sueños”.
Se me hace que hay cierto miedo en enfrentar el real problema de la educación actual de nuestro país. Nuestro problema de la educación no es el andar faltos de respuestas sino más bien de preguntas: preguntas valientes y a quienes realmente corresponde.
Mientras nuestros políticos de la educación pretenden seguir hablando y debatiendo en general de lo que habría que hacer en teoría con la educación, tal vez lo más sensato sería desempolvar toda esa literatura argentina del siglo XIX, y volver a preguntarse, con toda la vasta cultura y no menos arriesgada aventura de sus autores, qué sienten, qué quieren, qué piensan, qué anhelan y qué les preocupa a nuestros tímidos mas indómitos muchachos.
El día que esto ocurra, los profesores se sentirán obligados a reconocer que son ellos los primeros que deben regresar a la escuela, y los políticos entenderán acaso que cada tanto hay que subirse a manejar un taxi.