Vida, Resurrección, Plenitud, Más vida,
Vida, Resurrección, Plenitud, Más vida,
Pascua de Jesús, Pascua de los cristianos
Desde la fe como Gracia.
Desde la fe que es desafío y apuesta.
Sin ocultar límites y males.
Construyendo desde los abismos.
Porque el Resucitado es el Crucificado.
Lo certifican sus llagas.
Porque todo acabamiento es un nuevo nacimiento.
Toda vida entregada anuncia amaneceres.
Y hoy amanece si así lo queremos y lo hacemos.
Vida-Amor hechos cercanía y compromiso, artesanos de vida en todo y en todos.
Bajando de la cruz a los crucificados de hoy.
Asidos al testimonio de los crucificados de ayer.
Desterrando todas las muertes presentes.
Desde la simplicidad del gesto y la mirada.
Con la fuerza de la palabra y de los hechos.
Sin evasiones, artilugios y apariencias.
Convencidos en vivencia y compromiso.
Mirando de frente cada instante de la vida
para merecer la vida.
¿Cómo cantar a Yahvé en tierra extraña?, lloraban los israelitas
Más allá de toda simulación y risotada
vivimos en tierra extraña y cruel.
Enemiga de toda vida y de nuevos floreceres.
Tierra de los empobrecidos y excluidos.
Hechos a mares por los devotos de los ídolos.
Hacedores cotidianos de víctimas sin cuento.
¿Podremos cantar loas al Resucitado?
Sí, defendiendo, hoy, a los crucificados de todo tipo.
Sí, anunciando la Buena Noticia de la justicia y la paz.
Sí, liberando del odio y de la indiferencia.
Sí, tendiendo las manos, el corazón y la vida.
Pascua nos conecta con la nostalgia de la felicidad.
Nos liga a los vacíos de nuestra vida, a las imposibilidades.
Nos aferra a la humanidad que deseamos.
A la búsqueda de un sentido para vivir en plenitud.
¿A quién buscan?, preguntó Jesús
¿A quién buscamos?, nos preguntamos.
Si es a Él, el Resucitado.
Deberemos acercarnos a los márgenes de la humanidad.
A los sin techo sin comida sin futuro.
A los que están solos, enfermos y necesitados.
"Tuve hambre, era inmigrante, estaba enfermo..."
Ellos nos cerrarán los ojos en nuestro día
y nos los abrirán para la eternidad.
Al Resucitado no se lo encontró en la sinagoga.
Ni en lugar de culto alguno.
Ni en las palabras que aseguraban que resucitaría.
No se le pudo encontrar en un sepulcro vacío.
Ni en reliquias de su vida.
Apareció de nuevo en la calle.
En un espacio de trabajo.
En medio de la angustia, del dolor y del clamor.
Emergió transformado y transformante.
En la relación personal, en la interpelación profunda.
Primero a una mujer, encargada de evangelizar a los discípulos.
Ellas, testigos presenciales.
Dieron fe de lo que habían visto y experimentado.
Después muchos, sin discriminación alguna.
Lo "sintieron y vivieron" en sus vidas.
Probaron en ellos al Cristo vivient.
Y lo encontraron al compartir el pan con el caminante desconocido.
Hoy lo celebramos en medio nuestro.
Siendo testimonios vivos de su vida.
Con nuestra fe y con nuestros actos.
No olvidando que "la Gloria de Dios es que el hombre viva".