Dos jóvenes tomados de la mano en un jardín, una invitación a retirarse de parte de otro invitado y el argumento más penoso del mundo: “El Papa es argentino, así que no puede haber putos argentinos”. Después los golpes, el hospital, la denuncia. Y la dolorosa certeza de que las brasas de la vieja hoguera contra los herejes han vuelto a brillar, amenazantes. La eliminación -real o figurada- del distinto como un recurso siempre a mano y siempre válido. A Cristo, después de todo, no lo crucificaron por lo que tenía de parecido sino por todo eso que lo hacía diferente de los demás. Por hablar de igualdad en un mundo enfermo de jerarquías.
Vos, sí. Vos, no: tal la soberbia lengua de la segregación. Vos no sos de los nuestros. Vos sos de los otros. Vos sos lo otro. Y, por eso mismo, sos menos humano. Más golpeable, flagelable, quemable, condenable. Ahorcable (como sucede con los homosexuales en Irán), decapitable como en Arabia Saudita, lapidable como en Afganistán. Sos lo que no somos, porque somos mejores. Y porque somos más. Mejor dicho: somos mejores porque somos más.
Alguien parece haber olvidado lo esencial en toda esta historia, que es la clara opción de Jesús por los otros que representaban, justamente, lo otro: pobres, enfermos, prostitutas, lisiados, adúlteras. Jesús vino -y así lo dice- a salvar al mundo y a todos los que habitan en él, no a hacer una “selección” de almas. Tal el faro que debería guiarnos y, sin embargo, con cada giro de la luz volvemos a quedar sumidos en la más completa oscuridad.
Como a la hora nona. Pero alguien parece haber olvidado también lo que late detrás de toda esta clase de “clasificaciones” -que son a la vez calificaciones- sobre la base de las cuales algunos ordenan el mundo y hasta aspiran a que todos los demás vivan bajo su regla. Tras la línea divisoria habita la menos cristiana de las actitudes: decirle al prójimo -en el nombre de Dios, del Papa o de quien yo me haya decretado vocero- que no es igual a mí. Que no es tan bueno. Que soy mejor.
Hace 600 años, una fogata en Campo dei Fiori se llevó la vida del filósofo, astrónomo, poeta y teólogo Giordano Bruno. Había estudiado con los dominicos. Era él mismo sacerdote y doctor en teología, pero -y antes que todo eso- era un librepensador. Imaginaba a Dios como un bien infinito, que se manifestaba en cada ser vivo, y al Universo como una inacabable sucesión de mundos. En un tiempo de planetas e ideas fijos, se atrevió a hablar del movimiento, y de lo múltiple. Dijo que la Tierra no era el centro, sino que giraba alrededor del Sol. Miró distinto, y pagó por eso. Desde entonces, la hoguera de Bruno no ha dejado de arder.
Sólo que hoy quema a otra clase de enemigos. Ha desarrollado, incluso, admirables métodos de camuflaje. Como ya pocos son los que se animan a gritar “¡A la hoguera con el hereje!”, la condena se disfraza de otras cosas y se justifica por muchas otras más, desde la ley hasta los supuestos usos y costumbres. Una inquietante cantidad de personas, por caso, justificaron el ataque a los jóvenes hablando de “provocación”.
El faro se ha perdido. La hoguera amenaza con volver a encenderse, como si al calor de un reavivamiento de la fe brotaran, también, futuras guerras de esas que se dicen “santas”. Pero también hay luces, brillando en cada una de las personas que se identificaron con la víctima y corrieron en su ayuda. Los que supieron ver en él a un par, a un hermano en apuros. En toda esa gente sobrevive la luz de todas las luces. Esa que puede contra la oscuridad, y las hogueras.