Quienes hemos pasado años argumentando contra la prematura austeridad fiscal acabamos de tener un buen par de semanas. Estudios académicos que supuestamente justificaban la austeridad han perdido credibilidad; la línea dura en la Comisión Europea y en otras partes ha suavizado su retórica. En definitiva, cambió el tono de la conversación.
Mi juicio, no obstante, es que muchas personas todavía no entienden de qué se trata todo esto. Así es que parece un buen momento para ofrecer una especie de actualización sobre la naturaleza de nuestros infortunios económicos, así como por qué sigue siendo un pésimo momento para los recortes al gasto.
Empecemos con lo que puede ser lo más crucial a comprender: la economía no es como una familia en particular.
Las familias ganan lo que pueden y gastan tanto como consideran prudente; las oportunidades para gastar y ganar son dos cosas diferentes. En la economía en su conjunto, no obstante, el ingreso y el gasto son interdependientes: mi gasto es tu ingreso, y tu gasto es mi ingreso. Si los dos recortamos el gasto al mismo tiempo, caerá, también, el ingreso de ambos.
Y eso fue lo que pasó después de la crisis financiera de 2008. Muchas personas cortaron el gasto repentinamente, ya sea porque decidieron hacerlo o porque sus acreedores los obligaron; entre tanto, no muchas pudieron o no estuvieron dispuestas a gastar más. El resultado fue el hundimiento de los ingresos que también causó el desplome en el empleo, creando una depresión que persiste hasta este día.
¿Por qué se cayó el gasto? Debido, principalmente, a que reventó la burbuja de la vivienda, así como a un exceso de deuda en el sector privado. Pero, si se me pregunta, la gente habla demasiado sobre lo que estuvo mal durante los años del auge y no lo suficiente sobre lo que deberíamos hacer ahora. No importa cuán refulgentes hayan sido los excesos del pasado, no hay una buena razón por la que deberíamos pagarlo con desempleo masivo, año tras año.
Entonces, ¿qué podríamos hacer para reducir el desempleo? La respuesta es que se trata de un momento para el gasto gubernamental por encima de lo normal para sostener a la economía hasta que el sector privado esté dispuesto a volver a gastar. El punto crucial es que bajo las condiciones actuales, el gobierno no, repito, no está en competencia con el sector privado. Para el gasto gubernamental, no se desvían los recursos para usos privados; se ponen a trabajar los recursos desempleados. Los préstamos gubernamentales no desplazan a la inversión privada, movilizan fondos que no se usarían.
Bien, sólo para ser claros, no se trata de argumentar a favor de más gasto gubernamental y mayores déficits presupuestarios en todas las circunstancias -y decir que gente como yo sostiene que siempre quiere déficits mayores es, simplemente, falso. Ya que la economía no siempre es así; de hecho, situaciones como en la que estamos son bastante raras.
Por supuesto que debemos tratar de reducir los déficits y hacer bajar el endeudamiento gubernamental una vez que retornen las condiciones normales y la economía ya no esté deprimida. Sin embargo, en este momento, todavía estamos lidiando con las consecuencias de una crisis financiera que sucede una vez cada tres generaciones. No es momento para la austeridad.
Está bien, acabo de contar una historia, pero ¿por qué deberían creerla? Hay, después de todo, personas que insisten en que el problema real está en el lado de la oferta de la economía: que los trabajadores carecen de las habilidades que necesitan, o que el seguro del desempleo ha destruido el incentivo para trabajar o que el problema que acecha de la atención universal de la salud está evitando las contrataciones, o lo que sea. ¿Cómo sabemos que están equivocados?
Bueno, podría extenderme en este tema, pero sólo hay que ver las predicciones de ambos lados de este debate. Gente como yo pronosticó desde un principio que los grandes déficits presupuestarios tendrían poco efecto en las tasas de interés, "la emisión de circulante" a gran escala por parte de la Reserva Federal (que no es una buena descripción de la política real de la Reserva, pero no importa) no sería inflacionaria, que las políticas de austeridad llevarían a terribles recesiones económicas.
El otro lado se mofó insistiendo en que las tasas de interés seguirían disparándose y que la austeridad llevaría, de hecho, a la expansión económica. Pregunten cómo resultó todo en realidad a los corredores de bonos, o a las poblaciones de España, Portugal y demás que están padeciendo.
¿La historia es realmente así de simple, y realmente sería así de fácil terminar con el flagelo del desempleo? Sí, pero gente poderosa no quiere creerlo. Algunas de ellas tienen un sentido visceral de que el sufrimiento es bueno, que debemos pagar un precio por los pecados pasados (aun si los pecadores de entonces y los de hoy son grupos muy distintos de personas).
Algunas de ellas ven a la crisis como una oportunidad para desmantelar la red de seguridad social. Y casi todos en la élite política siguen el ejemplo de una minoría acaudalada que, de hecho, no está sintiendo demasiado dolor.
Lo que ha sucedido ahora, no obstante, es que el impulso por la austeridad perdió la hoja de parra intelectual y quedó expuesto como la expresión del prejuicio, el oportunismo y el interés de clase, que siempre tuvo. Y, quizá, sólo quizá, esa repentina exposición nos dará una oportunidad de empezar a hacer algo respecto a la depresión en la que estamos.