20 de octubre de 2012 - 21:40

Historia de dos hermanos

El autor de esta nota nos propone comenzar a tratar a las plantas como nuestros hermanos, como seres vivos capaces de sentir y hasta casi podría decirse, de tener facultades éticas.

Voy a relatar la historia de dos hermanos. Para facilitar centraré al reino animal en el ser humano.

El ser humano considera su órgano principal al corazón, si bien hay otros que son vitales. A ningún enamorado se le ocurriría decir "¡te quiero con el hígado!" ni "¡quiero al mundo de todo páncreas!".

Se remonta al inicio de los tiempos el porqué de estas razones. Sabemos que el corazón es el músculo que transporta la sangre, vital porque lleva el oxígeno indispensable en la hemoglobina (colorante hemina).

Por otra parte, el único fenómeno natural que es capaz de realizar el milagro de transformar el agua y el dióxido de carbono, con el auxilio de la energía del sol, en materia orgánica es la clorofila de las plantas.

Y ahora viene la sorpresa: tanto la hemina mencionada como la clorofila se ubican químicamente como porfirinas.

Es decir tienen la misma estructura química básica: cuatro grupos pirrólicos, formando una figura geométrica de pentágono, unidos por puentes metínicos; y en diagonales, entre cada grupo pirrólico uniones electrovalentes y covalentes con la única diferencia entre la hemoglobina y la clorofila que en el centro de estas diagonales hay un átomo de hierro en la hemina y un átomo de magnesio en la clorofila (ver esquemas arriba).

Hemoglobina

Adelantándome a los suspicaces admito que en la clorofila hay una "colita" de cadena de carbonos con un alcohol en el extremo (fitol). Mi objetivo es estremecer el alma humana y comenzar a mirar a las plantas (árboles) como seres vivientes que sufren, tienen funciones similares al ser humano y pueden transmitir emociones.

No hay límite en esto ni carácter distintivo absoluto que separen el reino vegetal del reino animal.

Quedan íntimamente unidos en su base por sus representantes más sencillos, y deben, pues, considerarse como la rama divergente de un mismo tronco, cuyo común origen fueron los seres vivientes, muy sencillos sin duda, que aparecieron en épocas remotas en el planeta.

Las funciones de las plantas no tienen sólo el fin de la conservación y desarrollo del individuo. Por el contrario, agregan otra más -la reproducción- que es la conservación y desarrollo de la raza.

Habrá pues, hasta cierto punto antagonismo entre las primeras y la segunda, ya que la reproducción empleará en construcciones sin utilidad alguna para el individuo (esporo, flores, semillas) que hubiera podido utilizar para sus propias necesidades (respiración, crecimiento, etc.).

¿Podemos sospechar entonces que en las plantas hay algo más que su función vital como la conservación de la especie?

Es de todos conocidos que cuando un vegetal está en estado de decrepitud cercano a la muerte produce afanosamente una inmensa cantidad de semillas, como si quisiera no morir del todo.

Por distintas razones voy a dejar de lado las experiencias de Cleve Backster, inventor del polígrafo llamado vulgarmente detector de mentiras, salvo una. Afirmaba Backster "que la facultad de sentir no parece acabar en el nivel celular. Puede extenderse al molecular, al atómico y hasta el subatómico. Todas las clases de seres que han sido consideradas inanimadas acaso necesitan una revaluación".

Experimentando, se conectaron tres plantas con tres galvanómetros en otras tantas habitaciones separadas, aplicando otro a una resistencia de valor fijo para indicar las posibles diferencias originadas por las fluctuaciones en el suministro de energía o por otros trastornos electromagnéticos.

Las plantas que se seleccionaron pertenecían a la especie del Philodendron cordatum, con hojas suficientemente grandes. Los resultados del experimento mostraron que las plantas reaccionaban intensa y simultáneamente al volcar, en una cocina próxima, cangrejos vivos al agua hirviendo. El sistema registrador mostró que las plantas reaccionaban de manera constante y uniforme a este hecho en una proporción de cinco a uno contra el margen de casualidad.

¿Podríamos pensar que las plantas sienten?

Modestamente creo en la afirmativa.

Animándome casi con irresponsabilidad a la crítica, les ofrecería realizar un experimento: ubíquense frente a un inmenso, frondoso árbol lleno de vida. Concentren el pensamiento por intermedio de respiraciones profundas e intenten una comunicación mental y espiritual con el árbol. Por fin abriendo los brazos, abrácenlo durante un rato. Quizá sientan una energía que los invade.

Afirmaba mi padre, un eminente médico, que son más las cosas que no se saben que las que se saben.

Como decía el maestro filósofo: "Ser planta, nube, sol, es estar en armonía con el Universo".

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