"Cuando Néstor se nos fue tenía 60 años pero era mucho más joven que muchos de 20 que andan por ahí hablando pavadas". Cristina Fernández de Kirchner, Presidenta de la Nación.
"Los jueces tienen que hacer política en sus sentencias". Julián Álvarez, joven camporista, secretario de Justicia, miembro del Consejo de la Magistratura.
Está claro que cuando Cristina habla de los "jóvenes viejos" que dicen pavadas no se refiere ni por asomo a uno de los más suyos como es Julián Álvarez pero, sin embargo, sus palabras se ajustan como anillo al dedo de este pibe camporista que se ha transformado en el principal ideólogo de la última batalla cultural del kirchnerismo.
Es un cambio para analizar éste del cristinismo de los últimos días. Se viene volviendo ortodoxo y conservador en casi todas las áreas donde antes propuso la revolución, pero existe un sector donde se ha radicalizado a más no poder con un ideologismo cada vez más surrealista. Hablamos, claro, de la cuestión judicial. Ésa donde el pibe Álvarez anda hablando pavadas, pero no porque sea un pavo sino que, por el contrario, sabe muy bien por qué las habla, como veremos enseguida.
Las grandes batallas épicas del kirchnerismo contra la Iglesia, el Ejército, el campo, los medios, la oligarquía y el imperialismo han quedado sepultadas en el pasado. A su principal enemigo eclesiástico, Jorge Bergoglio, le bastó cambiar su nombre por el de Francisco para pasar a ser su principal aliado mundial.
Para colocar al mando de las Fuerzas Armadas a un oficial de inteligencia apto para todo espionaje, le perdonó que sea investigado por lo actuado durante el proceso militar, con lo cual hirió gravemente su política de derechos humanos, porque con Milani se demostró que sirve para unos y no para otros, aunque los unos y los otros hayan hecho lo mismo.
Con respecto a los medios, no es que no desee seguir a muerte su batalla contra la "corpo", pero el problema es que para ello necesita "adecuar" a la ley de medios otros medios que le han respondido servilmente, y a tanto no se anima.
Sobre el campo esta semana acaba de mostrarse conciliadora al decir la frase que debió haber dicho cuando era necesario porque ahora ya no sirve para nada: "¿Qué pasó que en 2008 nos agarramos a patadas y era cosecha récord?". Porque si hubiera dicho esas palabras en 2008 no hubiera existido ningún conflicto con el campo, sino una integración con el gobierno que habría sido histórica.
Sobre la oligarquía poco tiene que decir porque cada vez la nueva oligarquía K tiene más miembros que todas las viejas oligarquías juntas. Sobre el imperialismo, lo necesita como soporte para que vengan inversiones al país que puedan moderar el superajuste ultraliberal que hoy lleva a cabo el gobierno nacional y popular.
La primera consecuencia de haber dejado de lado tantas peleas, es que los comunicadores usados para propagandizar la épica derrotada han dejado de ser necesarios. Así, hoy contemplamos un desolado ejército de publicistas disfrazados de periodistas o de intelectuales, empleados por los medios públicos (que más que públicos, son privados K) quienes para justificar su cada vez más reducido espacio dentro del poder siguen gritando lo mismo que antes sobre los viejos enemigos sin que ya ni siquiera el gobierno que los contrató los escuche.
Hoy, esos revolucionarios de papel ya viejos e inútiles a pesar de tanta sumisión, van siendo sistemáticamente remplazados por otro invento del poder, más novedoso: los chicos de La Cámpora, la guardia pretoriana de la monarquía, los Christian Dior de Cristina (ese modisto de lujo que decía que la única reina que había vestido en su vida fue Eva Perón), que a Ella le gustan más porque los siente enteramente suyos, sus críos, los que salieron igual. Revolucionarios, paquetes, coquetos, a la moda.
En un tiempo antipolítico Cristina quiso construir una juventud ultrapolitizada calcándola de la militancia de los 70, pero en aquellos tiempos eso estaba en el clima de época. Y como hoy eso es imposible se les paga un diezmo colosal para que hagan política porque, si no, no militaría nadie. Hoy la militancia es, sobre todo, gubernamental y rentada.
Pero más allá de eso, lo cierto es que Cristina necesita cada vez menos chupamedias comunicacionales que justifiquen su relato ya desgastado e inútil para mantenerla en la presidencia. Lo que hoy requiere es una élite propia que se infiltre en todas las estructuras de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Hijos adoptivos que sean su sostén filial para cuando mamá ya no esté en el trono. De todos ellos Julián Álvarez es uno de los más mimados.
Pero ¿por qué es tan importante? Por las cosas que dice, todas increíbles, pero increíblemente útiles para las nuevas necesidades del poder que se va de cuerpo pero anhela quedar en espíritu.
El año pasado el cristinismo, aún convencido de sus posibilidades de eternidad, quiso destruir a la Prensa y a la Justicia, persuadido de que eran los dos obstáculos para la reelección indefinida de Ella. Pero como fracasó rotundamente en ambas reformas, una (la ley de medios) porque no sirve para nada y la otra (la judicial) porque no la pudo hacer, ahora tiene una pretensión de mínima, defensiva: copar la Justicia por dentro.
Pero quiere hacerlo con épica revolucionaria, como aquella Juventud Peronista de los 70' que quiso "romper el cerco" para hacer que Perón se desprendiera de López Rega y de la derecha peronista y los adoptara.
Es Julián Álvarez quien explica con gran desmesura y soberbia ideológica su módica pretensión de reconstruir todo el relato K fallido, ahora para la toma del PJ (Poder Judicial). Y así lo dice:
"Este Poder Judicial es el que hace que todas las medidas que estamos tomando no las podamos aplicar".
O sea, se trata del obstáculo más severo que impide la concreción de la revolución. Allí está concentrado hoy todo el mal. Y la razón, para Álvarez, es muy simple, aunque maniquea a más no poder.: La Justicia es otra herencia del proceso (como lo son todos los argentinos que no sean K):
"La dictadura tomó el Poder Ejecutivo, cerró el Legislativo, pero no ocupó el Poder Judicial porque los tenían calladitos para que se mantuvieran allí y actuaran cuando viniera un gobierno popular".
A pesar de que ya pasaron más de 30 años, la justicia sigue siendo la cueva donde todos los destituyentes se refugian a la espera de poder dar el golpe. Por eso hay que destituirlos cuanto antes, antes de que ellos destituyan al gobierno nac y pop.
Pero por si argumento tan ofensivo a la inteligencia no convence, Álvarez le agrega uno más:
"Cuando estaba por llegar el 7D -a fines de 2012-, el Poder Judicial ayudó a que Clarín se reconstituyera como Terminator. Esa ley la frenó un sistema conducido por un puñado de tipos con mentalidad procesista".
Ahora resulta que la reconstitución de los medios críticos se debe a la Justicia (la misma cuya instancia máxima, paradójicamente, validó la totalidad de la ley de medios) cuando la realidad que todo el mundo sabe, es que esos medios son los únicos que durante la era K -aún con sus muchos defectos- mantuvieron en parte la credibilidad periodística que la prensa oficial tiró a los perros de una manera nunca vista desde el proceso militar.
Pero Álvarez no se fija en minucias y sigue con su relato, por el cual, a fin de agregarle sentido revolucionario a su meta de copamiento del PJ, le impone a los nuevos jueces camporistas una misión:
"Los jueces tienen que hacer política en sus sentencias, entendida como herramienta de transformación de la realidad, mirando al más débil... Quiero jueces con conciencia social, que estén mirando a la sociedad... Fomentar la conciencia social en los jueces es parte de ese proceso de democratización, que es un proceso histórico".
Pero no nos engañemos: tras estas grandilocuentes palabras se esconde un solo objetivo: los nuevos jueces -todos- deben definirse políticamente por el kirchnerismo. Lo demás es cotillón.
Después, Álvarez nos dice cuáles son los instrumentos para ir construyendo esta nueva especie de jueces oficialistas-revolucionarios:
"Ese Poder Judicial que existe hoy lo tenemos que combatir... reformando la currícula de las carreras y creando la organización Justicia Legítima, porque la otra no es una justicia legítima".
En palabras más fehacientes, de lo que se trata es de politizar la enseñanza del derecho cambiando los contenidos de las materias y crear una organización partidaria dentro de la Justicia para luchar contra el resto de las instituciones judiciales.
Para llegar, finalmente, ahora sí, al meollo de la cuestión, a lo único que interesa en verdad detrás de esta parafernalia de delirantes relatos:
"Designar nuevos magistrados que son el inicio del proceso de transformación... terminar los concursos de jueces de acá a fin de año y cubrir las vacantes del Poder Judicial, que son un tercio del total de cargos -unos 250- con personas que piensen con conciencia social, que no estén vinculadas con la dictadura ni con grupos económicos".
Lamentablemente eso era todo. Ni siquiera se trata de imponer una Justicia ideologizada como quieren los Zaffaroni boys (ése es el verso justificatorio) sino de algo mucho más vulgar: conseguir laburo para varios cientos de pibes a cambio de que se encarguen de frenar cualquier atisbo de juicio contra cualquier integrante del gobierno actual cuando venga un nuevo gobierno.
Tanta revolución para tan poca cosa.
La juventud debería soñar con utopías mejores en vez de servir nada más que para cubrir la retirada a los mayores. No es muy sano eso de hablar como Zaffaroni y actuar como Oyarbide.