Vivimos un momento anti-político, en el que mucha gente -especialmente los jóvenes- piensa que la política es un negocio sucio, bajo, corrupto y generalmente inútil. Es mucho más noble hacer trabajo comunitario o simplemente evitar todo ese pútrido ruido.
Espero que todos aquellos que tengan ese humor anti-político vayan a ver “Lincoln”, dirigida por Steven Spielberg y escrita por Tony Kushner. La película presenta la nobleza de la política exactamente de la manera adecuada.
Muestra que se puede hacer más bien en política que en cualquier otra esfera. Se puede acabar con la esclavitud, abrir oportunidades y combatir la pobreza. Pero esas cosas pueden lograrse sólo cuando se está dispuesto a mancillar el propio carácter para servir a los demás. Cuando se está dispuesto a embaucar, hacer trampas, llegar a componendas y a ser astuto e hipócrita.
El desafío de la política reside precisamente en el matrimonio de una visión alta y una marrullería baja. El “Lincoln” de Spielberg presenta ese argumento. El héroe tiene una alta visión moral, pero también tiene el valor de tomar medidas arriesgadas a fin de que esa visión se haga realidad.
Para dirigir a este país durante una guerra, para imponer sus ideas en el Congreso, Lincoln se siente obligado a ignorar decisiones judiciales, repartir influencias, jugar al leguleyo, engañar a sus simpatizantes y aceptar el hecho de que cada vez que aborda un problema, terminará creando otros más adelante.
La política es noble porque implica el compromiso personal con el bien público. Ésta es una película sobria que celebra a quienes son prudentes, disciplinados, ambiciosos y rudos para llevar a cabo ese trabajo.
La película también ilustra otra cosa: que la política es el mejor lugar para desarrollar las más altas virtudes. La política implica una corriente peligrosa de pruebas de carácter: cuánto podemos rebajarnos para conquistar sin destruirnos; cuándo debemos ser leales a nuestro equipo y cuándo debemos desprendernos de él; cómo luchamos con las tentaciones de la fama. Es realmente impresionante que haya gente que las pueda practicar y seguir intacta, como Lincoln, Washington y Churchill.
La película muestra una trayectoria que forja el carácter, común a los grandes políticos, que podríamos llamar la trayectoria del discurso de Gettysburg a la segunda toma de posesión.
En la fase de Gettysburg, un líder expresa ideas grandiosas. Esto, francamente, es relativamente fácil. Mucha gente adopta ideas grandiosas o ideologías que lo explican todo. Pero, satisfecha con eso, se vuelve moralmente infantil. Se niega a hacer compromisos, insultan a sus oponentes y se aíslan en la percha de su propio solipsismo.
Pero un político como Lincoln da el siguiente paso en esa trayectoria. Tiene que vérselas con otras personas. El “Lincoln” de Spielberg celebra debidamente un arte menospreciado: el arte de legislar.
La película gira en torno del proceso de aprobación de la XIII enmienda en la Cámara de Representantes. Los operadores políticos que contrata Lincoln deben poner mucha atención a cada congresista a fin de determinar a cuáles se puede apelar por el corazón y a cuáles por la cartera.
Lincoln toca a cada convertido en potencia como si fuera un instrumento musical, apelando al sentido de idealismo de uno y a la lealtad fraternal de otro. Su trabajo más difícil es hacer que los verdaderos creyentes de su lado se repriman, que digan cosas en las que no creen, a fin de no ofender a los indecisos que él necesita para que se apruebe la enmienda.
Eso conduce al siguiente paso en la trayectoria de formación del carácter, al que podríamos llamar de la soledad del mando. Hacia el final de la guerra civil, Lincoln tuvo que elegir entre dos bienes opuestos, la paz inmediata y el fin definitivo de la esclavitud. Tuvo que sabotear un proceso de paz que habría salvado miles de vidas a fin de lograr un objetivo más grande.
Tuvo que discernir el bien central, la igualdad legal, entre un revuelo de otros asuntos. Tuvo que usar un flujo continuo de palabras, historias, alusiones y argumentos para persuadir a la gente. Tuvo que vivir con una turba de suplicantes, pidiendo constantemente cosas a su puerta, sin sentirse arrogante o superior a ellos.
Por lo menos, la película le resta importancia a las dificultades de la política. La cuestión moral aquí es una cuestión relativamente limpia: esclavitud o no esclavitud. La mayoría de los asuntos no son tan simples. El proyecto de ley en esta cuestión era una enmienda constitucional. No era cosa de cambiar ésta o aquella subsección para después preguntarse cuánto se había destruido del paquete original.
Los políticos que pueden orientarse a través de tales desafíos salen de éstos con ese impresionante peso expresado por Lincoln en su segunda toma de posesión. Es un discurso que reconoce que hay ambigüedad moral en ambas partes. Es un discurso en el que Lincoln, en medio de la refriega, puede asumir un punto de vista por encima de ella, encarnando una perspectiva trágica y bíblica sobre los asuntos humanos. La sabiduría de Lincoln surge precisamente del hecho de que es una manzana podrida.
La política no produce muchas personas como Lincoln, pero sí genera mucha gente impresionante y, a veces, con excelentes resultados. Descanse unas horas de sus compras y vaya a ver la película.