23 de abril de 2014 - 22:32

Sin un gran acuerdo nacional no hay futuro

La situación actual

El 2015 está más cerca de lo que pensamos y, por tanto, la elección presidencial. Seguramente se presentarán radicales, peronistas, kirchneristas, marxistas, socialistas, macristas, massistas y varios más. Del sufragio surgirá un nuevo presidente.

Asumirá con sus ideas y sus equipos, seguramente sin compartirlos ni reclamar colaboración de nadie y, si la pide, será meramente retórica. El presidente victorioso no tendrá obligación de hacerlo. Esto es lo que hicieron todos los presidentes y, en especial, los Kirchner, casi siempre aislados de la realidad, del país y de la gente.

Así viviremos otro período presidencial culminando en una nueva frustración. La historia así nos lo enseña.

Las experiencias de Perón (1946-1955) derrocado por un golpe de Estado; Frondizi (1958-1962), con el peronismo proscripto, no soportado por los militares en su política petrolera; Onganía y sucesores castrenses (1963-1973) con la ineficacia de siempre; Perón/Isabel (1973/1976) con la inidoneidad que caracterizó a ésta, y el Proceso (1976-1983) con sus fracasos y sus excesos públicamente conocidos.

Se retorna a la democracia con las frustraciones de Alfonsín (1983-1989) que abandona el mandato seis meses antes del vencimiento de su período de seis años, por su inmanejable hiperinflación; Menem (1989-1999) en recesión final y un cambio fijo de diez años económicamente perjudicial; De la Rúa, (1999-2001) muy débil, inseguro y con graves errores políticos y económicos.

Cinco presidentes en una semana en un episodio vergonzoso, y el fugaz paso de Rodríguez Saá, que declaró el default internacional y Duhalde (2001-2003) y su devaluación del 300%. Al final, el fracaso del modelo kirchnerista sustituido por un ajuste ortodoxo negado por Cristina pese a que afirmó que nunca lo haría (2003 hasta hoy 2014).

Pareciera que entre los diversos presidentes no ha existido nada en común, pero no es así. Todos han asumido sin acuerdos nacionales, porque la alianza de De la Rúa no fue tal en lo político ni en lo económico ni en políticas de Estado que nunca existieron.
 
Todos fracasaron en sus políticas económicas, tornando cada vez más difícil vivir, asfixiando a los argentinos por la inflación, desocupación, devaluación, fuga de capitales, despilfarros, enriquecimiento de los gobernantes y pauperización del pueblo, hundiendo al país en un retroceso que lo aleja en forma alarmante y creciente de los países desarrollados y prósperos, incluyendo a nuestros vecinos más cercanos. 

Algunos presidentes fueron aclamados como líderes y luego derivaron en la demagogia y el populismo, con dosis importantes de autoritarismo. Ninguno terminó su mandato, completo o en forma adelantada, con la aprobación mayoritaria del pueblo ni índices de gran adhesión a sus gestiones.

Así lograron una Argentina potencialmente del primer mundo en otra que vulgarmente se conoce como "un país de cuarta" para nuestra inconsolable tristeza. Repito lo que siempre sostengo: hemos retrocedido cien años y perdido casi todo el siglo XX, con la primera "década ganada" del XXI que culminó perdiéndose todo.

Hoy escuchamos por doquier a todos los políticos "decir lo que hay que hacer" y repetir ideas que suenan bien pero que no las han realizado cuando gobernaron y, lamentablemente, tampoco las realizarán porque se trata de declamaciones y repitencias proselitistas de los candidatos que en función de gobierno han fracasado y lo seguirán haciendo si no se adoptan medidas acertadas para salir de este círculo vicioso en el que estamos inmersos.

Los políticos nos prometen qué van a hacer pero no cómo, muchos porque no lo saben. Lo más difícil, tampoco cómo van a lograr el apoyo de la mayoría de la población que no los votará, porque en general asumen sólo con el apoyo de una primera minoría.

Partidos, gremialistas, trabajadores, intelectuales y clases dirigentes, que no los votaron ni participan en el gobierno de turno, en algún momento expresan sus fastidios y obstruyen la acción del Ejecutivo, que los ignora y recicla más fastidio.

La gente se pregunta: en 2015 termina el ciclo kirchnerista (¿terminará realmente?) y ¿quién asumirá con capacidad, honestidad, apoyo popular y poder para reorganizar seriamente al país? Fuera de los gobiernos militares, el peronismo y el radicalismo han gobernado en casi todo el siglo XX y primera década de este XXI, a veces con porcentajes electorales muy elevados. ¿Cuál de ellos ha terminado con gran éxito su período, con bienestar general para el país y para la inmensa mayoría de los argentinos?

¿Cuáles han sido las causas de sus fracasos? Con independencia de las incapacidades, defectos e ineficiencias personales de los gobernantes, creo que la gran causa ha sido la ausencia total de un gran acuerdo nacional. La realidad argentina es muy compleja y difícil para que la administre un solo partido y un presidente en soledad.
 
Ya lo profetizó Perón: "Al país lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie". Un gran acuerdo fija los rumbos de acción fundamentales para todos los gobiernos y, por ende, no caben las protestas generalizadas ni los fastidios. El país podrá crecer y desarrollarse en paz, justicia y seguridad.

¿En qué consistieron los Pactos o Acuerdos de la Moncloa en España?

La situación de España, recién fallecido el caudillo Francisco Franco, estaba considerablemente peor que la Argentina hoy. La inflación llegaba en 1977 al 27% con tendencia a subir.

La desunión política era casi total y los flagelos de la falta de orden en materia política, económica, laboral, relaciones exteriores, reservas internacionales, regulaciones cambiarias y monetarias, desempleo, inseguridad y pauperización eran alarmantes.

Una foto de lo que estamos viviendo hoy los argentinos, fruto del desentendimiento de ochenta años de crisis, agravados por la violencia y confrontaciones producidas en los primeros trece años de este siglo. Así, podremos elegir a un presidente pero su futuro estará marcado por un seguro fracaso, tal como sucedió desde el 4 de junio de 1943 en adelante. No es una opinión personal sino la comprobación irrefutable de lo que pasó y nos pasa.

Adolfo Suárez, socialista, jefe del Gobierno Español, fue el principal artífice de los dos Pactos de la Moncloa, suscriptos el 25 de octubre de 1977.
 
Costó mucho llegar a acuerdos generales pero al final todos los partidos políticos: liberales, socialistas y comunistas, centrales obreras y empresarias y representantes de todos los estamentos sociales, acordaron lo que constituyó el cimiento del engrandecimiento de España hasta la catástrofe de la crisis global de 2008/2009 que impactó duramente en EEUU y la Unión Europea.  

Nuestro eventual Acuerdo Nacional

Se sostiene que no son traspolables los remedios internacionales, y tal vez con razón. Pero es imprescindible analizar la posibilidad de adaptar la Moncloa de España o la Concertación Chilena a nuestra propia idiosincrasia.

Cristina Fernández de Kirchner podría prestar un gran servicio al país y sería reconocida en la historia si convocara a todas las fuerzas políticas, intelectuales, laborales y demás organizaciones sociales, culturales, empresariales y credos religiosos para estudiar y programar un Gran Acuerdo Nacional que se concrete en Políticas de Estado para ser cumplidas por cualesquiera de los partidos que merezcan el honor de presidir la Nación en los próximos decenios. No será nada fácil pero quizá bastante menos de lo que le costó a nuestro General San Martín liberar a tres países y al continente, del poderío español en el siglo XIX o a nuestro Papa Francisco, líder de mil doscientos millones de católicos, a reorganizar el Vaticano, sanear el Instituto de las Obras Religiosas (IOR) de la Santa Sede, comenzar a eliminar la pedofilia de obispos y curas inmorales y delincuentes  y ganarse la admiración del mundo, perplejo ante la magnitud y la humildad de este ejemplar "obispo del fin del mundo".

Pero si la señora Presidente declina o no estima conveniente realizar esta tarea salvífica para el país, invito a todos los políticos y dirigentes para que lo hagan de inmediato, con una enorme dosis de patriotismo y humildad. No están en juego simples intereses partidarios o sectoriales. Se juega el país y la necesidad de todos los argentinos de volver a sentir orgullo por nuestra patria, hoy tan devaluada, y vivir con alegría y esperanza en este querido suelo maravilloso que nos alberga y nos resistimos a brindarle nuestro apoyo incondicional.

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