18 de mayo de 2013 - 00:30

El Gobierno frente a límites no deseados

Todos los instrumentos para intervenir Clarín ya estaban listos. Sólo faltaba la orden presidencial. Pero la torpeza de los funcionarios K filtró la jugada y, entonces, frente a la inmensa reacción nacional e internacional, el Gobierno debió dejar en susp

Otra vez el Gobierno tuvo que apelar a su ya acostumbrada estrategia de negación y silencio para salir en retroceso de un camino que lo llevaba hacia un destino incierto y riesgoso. Una infidencia del titular de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca), Martín Sabbatella, permitió que ganaran cuerpo y comenzaran a difundirse las versiones sobre una inminente intervención al Grupo Clarín por parte de la Comisión Nacional de Valores, cuando todavía la presidenta Cristina Fernández no había tomado la decisión final de hacerlo.

Hablar de más le costó a Sabbatella duros y justificados reproches de la Casa Rosada, porque le hizo pagar al Gobierno un elevado costo político sin que llegara a conseguir su objetivo.

El intento intervencionista tuvo preventivamente una explícita condena a nivel internacional y alertó a tal punto a la oposición local que hasta el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que venía desdibujado políticamente, encontró la oportunidad de tomar la iniciativa.

Mauricio Macri firmó un decreto de necesidad y urgencia para la "protección de la libertad de prensa y de expresión" en su distrito, actitud que fue compartida en el suyo por el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota.

Nada que ver

El Gobierno hizo entonces lo acostumbrado, que es negar lo obvio. Algunos voceros sostuvieron que "nunca se pensó en intervenir Clarín", cuando en realidad ya estaba lista la resolución de la CNV y hasta instruidos los veedores que irían a cada una de las empresas del grupo.

La rabieta presidencial fue aún mayor que la del 7 de diciembre pasado -el frustrado 7D-, cuando se esperaba un fallo que diera por derrotado a Clarín en la batalla judicial por la Ley de Medios.

Esta vez, Cristina ni siquiera pudo sumar un nuevo argumento a su feroz embestida contra la Justicia, que es el foco temático de sus últimos discursos.

Limitado en sus intenciones de sancionar por esa vía a medios y periodistas críticos, el proyecto deberá esperar hasta que se conozca el resultado de las próximas elecciones.

Antes, la Corte Suprema de Justicia hará conocer su fallo definitivo sobre la constitucionalidad o no de los artículos cuestionados de la Ley de Medios.

Y mucho antes todavía, el máximo tribunal se va a expedir, gracias al procedimiento del per saltum sobre algunas de las leyes que integran la llamada Reforma Judicial.

Los presagios de la Casa Rosada no son los mejores en este punto y cada día que pasa aumenta la desconfianza con los integrantes de la Corte. La intención de Cristina de que Eugenio Zaffaroni vaya como candidato a senador por la Capital Federal, o a consejero de la Magistratura si no se invalida esa elección, puede tener efectos contrarios a los buscados por la Presidenta.

En los pasillos del cuarto piso de Tribunales se comenta que hasta el propio juez ha comenzado a dudar sobre si en un futuro próximo se acercará más al Gobierno o tomará distancia. Dicen que "lo asusta la seguidilla de errores que viene cometiendo el cristinismo". Salvo el presidente Ricardo Lorenzetti, que intenta miradas más institucionales que políticas, los demás miembros de la Corte evalúan en silencio cómo se pronunciarán a la hora de interpretar la Constitución. Esa hora está muy próxima.

Marcha atrás

Obligado a recalcular la ruta por la que iba "por todo", el Gobierno ahora tiene como consigna ejecutar y hablar de la gestión y, por especial instrucción de Cristina, enfatizar en "la década ganada".

Son intentos de comenzar a revertir el fuerte deterioro que ha tenido la jefa de Estado en su caudal de apoyo ciudadano. Las encuestas de opinión, aun las más favorables, ubican a la Presidenta con menos del 35 por ciento de adhesión y con tendencia a un declive mayor.

Los indicadores de la economía, las actitudes de prepotencia de algunos funcionarios, la intolerancia que por momentos muestra la propia Cristina con todo lo que no esté en la línea de sus deseos y las revelaciones de la prensa crítica sobre hechos de corrupción en los últimos 10 años, son una seguidilla de contrariedades para ella. Su iniciativa política por el momento ha perdido calidad. Todo ocurre muy rápido y no todo puede ocultarse.

Cierta vez, en una mesa de amigos, una persona que vivió varios años en el exterior dijo que en ese tiempo lo que más extrañó de Argentina fue la adrenalina que genera estar metido en una vorágine de acontecimientos. Esa vorágine es hoy más indetenible que nunca en el país.

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