5 de febrero de 2014 - 00:18

Gobierno capitaniche

Aunque había generado expectativas de algo diferente, el jefe de Gabinete sólo agudizó el aislamiento, la histeria y la impotencia de un gobierno caniche.

A fines de noviembre, cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) decidió remozar su gobierno, dijimos aquí que si bien el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, y el ministro de Economía, Axel Kicillof, hacían una "extraña pareja", se trataba al menos de un intento del crisnerismo para evitar una crisis que se insinuaba cada vez con mayor claridad.

Menos de diez semanas bastaron, sin embargo, para desbaratar cualquier expectativa en ese sentido. Si el gobierno se encontraba aislado, histérico e inofensivo, "en estado caniche", como alguna vez resumió el escritor, ex embajador menemista y sagaz cronista de los años K, Jorge Asís, ahora está simplemente en estado capitaniche, más aislado e histérico que antes. No inofensivo, porque su capacidad de daño es aún de temer, pero sí impotente para torcer el rumbo de una crisis que no ha hecho más que agravarse.

Capitanich, cuya iniciativa más concreta hasta ahora fueron los cambios que negoció con Marcelo Tinelli en el "Fútbol para Todos", empezó su gestión escamoteando el aporte de figuras gubernamentales al programa ultraoficialista 6,7,8 de la llamada "Televisión Pública". Pero el domingo 2 de febrero, una semana después de que Kicillof desplegara allí su soberbia y desgranara teorías conspirativas para exculparse de su enrevesada y culposa devaluación, llegó al absurdo de equiparar el ahorro a la avaricia.

Dos días después, cuando se le recordó que tenía más de tres millones de pesos en distintas cuentas, amén de una considerable fortuna en propiedades que no usa, dijo que, en su caso, el ahorro era "virtuoso".

La metamorfosis del jefe de Gabinete, un peronista clásico, es tan completa que, al igual que su jefa, ya "se habla encima" (Asís dixit).

El jefe de Gabinete, recordémoslo otra vez, ganó cientos de miles, sino millones, de dólares durante los 90s cuando, como dueño de la consultora M-Unit, que por entonces frecuentaba el gobernador formoseño, Gildo Insfrán, el gobierno menemista le derivó decenas de contratos del Banco Mundial para privatizar bancos provinciales. Uno de los consultores que contrató para tan redituable tarea fue el entonces muy joven Kicillof.

Pero he aquí que ahora "Coqui", como alguna vez le dijo en público la propia presidenta, acusa a los economistas que hablan del dólar, la caída sistemática de las reservas y el brioso avance de la inflación, de ser "agentes encubiertos" de la desestabilización y responsabiliza a los "especuladores" de los recientes aumentos del precio de la carne. Ni palabra sobre que, durante el gobierno que integra, el stock ganadero argentino cayó en unas diez millones de cabezas, cerraron decenas de frigoríficos y perdieron su trabajo más de diez mil trabajadores, sólo contando la etapa "industrial".

En 2005, por ejemplo, la Argentina exportó 578.000 toneladas de carne vacuna y todavía integraba el Top 5 del ranking mundial de exportadores. El año pasado, exportó 241.000 toneladas, un 58% menos, y ya no llegaba al Top 10 del ranking, del que fue desplazado por países como Uruguay y Paraguay. Todo, supuestamente, para privilegiar "la mesa de los argentinos". Pero entre esos años, precisa el economista Matías Sara, el consumo de carne vacuna por habitante aumentó en ... ¡dos kilos! ¿Tanto daño para eso?

Es risible también que la renovada denuncia sobre las "mafias" de la cadena de la carne provengan del gobierno que acaba de designar presidente del Mercado Central a Alberto Samid, mediático personaje, antes menemista, hoy kirchnerista, que hizo su fortuna como matarife y evadiendo normas impositivas y sanitarias.

El declive de Capitanich comenzó a poco arrancar cuando, por instrucciones de CFK y su monje negro, Carlos Zannini, dejó a la intemperie al gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, frente a los saqueos y a la extorsión salarial de la policía provincial. Mientras Córdoba se incendiaba, Capitanich viajó a Paraguay a firmar un acuerdo sobre el dengue. Lo opuesto de lo que había hecho en 2009, cuando el dengue arreciaba en su propia provincia y el entonces gobernador en funciones dejó por unos días el Chaco para asistir a la previa y los festejos del cumpleaños de 15 de su hija, en las fastuosas instalaciones del Tattersall del porteño hipódromo de Palermo.

El todavía gobernador (en uso de licencia) del Chaco dice con cierto esfuerzo tonterías que a su antecesor, Juan Manuel Abal Medina, le salían con más naturalidad, y al antecesor de éste, Aníbal Fernández, con más gracia. Pero como la situación se ha deteriorado notablemente, el efecto de esas tonterías es mucho más deletéreo de lo que eran las de sus predecesores, pues siembran el desaliento y clausuran toda expectativa positiva.

Mancado Capitanich, es dudoso que a las expectativas las tuerza un Kicillof superado por el cargo y desbordado por los acontecimientos. Aquí también, la historia reciente sirve de (contra) guía.

En 2004, a menos de un año del gobierno de Néstor Kirchner, Kicillof, Augusto Costa (actual secretario de Comercio) y Cecilia Nahón, actual embajadora en Washington, publicaron en la revista filokirchnerista "Realidad Económica" un artículo en el que acusaban al entonces ministro, Roberto Lavagna, de no tener plan, y se burlaban de aquellos para quienes "toda devaluación es producto de una conspiración abierta o encubierta, destinada a desestabilizar al gobierno de turno".

A falta de comprensión del fenómeno, decía con sarcasmo el trío de los hoy funcionarios, algunos recurrían a "las tranquilizadoras hipótesis de ?golpe de mercado' o las más actuales denuncias que atribuyen el desplome de la moneda al canibalismo de los fondos buitre" (Kicillof, líder del grupo, tituló aquel artículo "Las consecuencias económicas del Sr. Lavagna: dilemas de un país devaluado", asimilándose a John Keynes quien, en 1925, para criticar la adhesión de Inglaterra al patrón oro, había escrito un visionario panfleto: "The economic consequences of Mr. Churchill").

En su versión 2014, Kicillof no sólo denuncia "golpes de mercado" sino que llegó al absurdo de declarar que la venta de dólares por parte del Banco Central tendría un sesgo a favor de "los que menos tienen", como si estos tuvieran tiempo y resto para aventuras cambiarias antes de que la inflación devore el poder adquisitivo de sus ingresos.

Está claro que a la crisis no la detendrán la inoperancia ni el patetismo declarativo de un gobierno capitaniche. Sólo queda apostar a una (improbable) reacción presidencial y a la convicción democrática y la paciencia estratégica de la sociedad argentina.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de diario Los Andes.

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