5 de agosto de 2018 - 00:00

Gloria a los cuadernos - Por Jorge Sosa

Se necesita chofer de remís con buena caligrafía para trasladar bolsos pesaditos a ciertos lugares de la ciudad.

Cuando uno arranca la escuela, allá cuando es un culillo que está tratando de entender adónde cuernos lo han traído, suele utilizar para sus primeros garabatos un cuaderno.

En él quedan anotados los primeros palotes y las primeras palabras que va construyendo su cerebrito creciente. Muchos son los que guardan aquellos de la primaria que demuestran por qué estaba decepcionada la señorita Claribel.

Varios siguen utilizado el cuaderno más adelante, ya cuando a su adultez le ha crecido el bigote, a modo de agenda para que le organice el día con los asuntos a tratar.

Otros le dan al cuaderno categoría de relator de vida y entonces escriben en ellos los acontecimientos más importantes que le van ocurriendo en el devenir de los días.

Algunos han llegado a ser tan importantes para la humanidad que se han entronizado como libros recurrentes para muchos seres humanos (“El diario de Ana Frank”, por ejemplo)

Pero nadie se imaginaba en nuestro país que unos cuadernos cualunques pasaran a ser la noticia que hoy conmueve a todo el país. Hemos vuelto a la escuela, pero a la escuela de chorros.

“Se necesita chofer de remís con buena caligrafía para trasladar unos bolsos pesaditos a ciertos lugares públicos de la ciudad”.

Parece ser que un día apareció este anuncio y uno prendió: Oscar Centeno. Consiguió el trabajo y desde entonces se la pasó llevando bolsos a diestra y siniestra, a un lado y otro lado, a una oficina y despachos oficiales. Se cansó de llevar bolsos el muy laburador y siempre acompañado por alguna persona ligada a los organismos gubernamentales.

Claro que un día se le despertó el bichito de la sospecha y se decidió a ver qué contenían esos bolsos y ¡oh, sorpresa!, descubrió que llevaban dólares. Bolsos y dólares que partían de alguna empresa hacia algún lugar donde los aguardaban funcionarios públicos.

Entonces se le dio por anotar la carga, día y hora de cada traslado y fue llenando inocentes cuadernos que habían nacido para cosas mucho más simples que esas aunque no tan didácticas.

Así se supo de la existencia de las llamadas coimas. La coima tiene dos infractores, dos delincuentes si ustedes prefieren llamarlos así: el que recibe y el que la paga.

Te doy estos mangos para agradecerte los mangos que me hiciste ganar, podría ser una reducción al lenguaje básico que ocurre con esta acción que  mueve millones.

Las coimas han existido desde hace muchos años en muchos lugares del mundo (yo diría en todos) pero no tengo conocimientos de que haya habido tal andanada de coimas tan bien contabilizadas por el chofer que las trasladaba.

El lío que se armó, que se está armando, es superlativo y ya atravesó las fronteras de nuestro país.  Otra vez el escándalo, pero con una variante: antes sabíamos que los funcionarios eran untados con algunos pesos para devolver favores recibidos, pero nunca en tan grande escala y nunca con el nombre de las empresas que cedían estos dinerillos.

Parece que les tocó el turno a los empresarios y está bien que ocurra: por más guitudos que sean no tienen por qué salvarse si han cometido coimas en territorio nacional.

Todo por unos cuadernos que se hallaron llenos de datos. El cuaderno, que fue en el comienzo de nuestras vidas símbolo de la inocencia, ha pasado a ser símbolo de la culpabilidad.

Los tiempos cambian.

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