¿Qué y cómo hacer para que las políticas públicas tengan en consideración perspectivas globales de largo plazo?
¿Qué y cómo hacer para que las políticas públicas tengan en consideración perspectivas globales de largo plazo?
Este interrogante constituye uno de los 15 desafíos que la humanidad deberá resolver en el nuevo milenio y fue formulado por un conjunto de académicos, funcionarios internacionales, hombres de negocios y expertos en estudios de futuros en 1999 por el Millennium Project.
El mismo afirma que la globalización y la aceleración de los cambios tecnológicos, económicos, sociales, han puesto de manifiesto la necesidad de que las políticas públicas nacionales integren perspectivas globales de largo plazo, pero prácticamente casi ningún tomador de decisión cree necesario considerarlas.
Los desastres "naturales", terremotos, tsunamis, en todo el mundo, probaron la necesidad de adoptar sistemas de resiliencia a nivel local, nacional y global. Estas situaciones críticas muchas veces han sido potenciadas por el factor humano, como en el caso del desastre nuclear en Japón, la concentración de CO, la emisión de gases efecto invernadero, o el crecimiento urbano librado a la especulación inmobiliaria.
La resiliencia es un concepto tomado de la psicología y se manifiesta en distintos niveles del desarrollo, biológico, neurofisiológico y endocrino en respuesta a los estímulos ambientales. Desde la previsión constituye un proceso dinámico, constructivo, de origen interactivo, sociocultural, que conduce a la optimización de los recursos humanos y permite sobreponerse a las situaciones adversas.
La resiliencia puede ser entendida como la capacidad para anticipar, responder y recuperarse de los desastres, mientras que se identifican futuras innovaciones y oportunidades tecnológicas y sociales para evitar repetir errores.
Desde la perspectiva individual y para la neurociencia, esta capacidad de hacer frente a la adversidad saliendo fortalecido hace que las personas más resilientes tengan mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportando mejor la presión, dando una sensación de control frente a los acontecimientos, alcanzando un estado de excelencia profesional y personal.
Un sistema de resiliencia se vincula con el concepto de "inteligencia colectiva", esa propiedad emergente de la sinergia entre cerebro, software e información, que será cada vez más necesaria para enfrentar a la explosión acelerada del conocimiento, su complejidad e interdependencia.
Hemos asistido impávidos a tragedias "ambientales" en todo nuestro continente: EEUU, Haití, Chile, Colombia, Brasil: inundaciones, terremotos, tsunamis, deslaves, etc., y lamentablemente no aprendimos de ellos. Ahora los argentinos hemos sufrido una verdadera tragedia que se agrega a las ya olvidadas de Resistencia, Chaco, en 1983, Corrientes con Clorinda en 1992 y Goya en 1998, el noroeste de la provincia de Buenos Aires en 2001, Santa Fe en 2003 y 2007, inundaciones por desmontes y aludes en Tartagal en 2006 y 2009, inundaciones en Buenos Aires en 2010.
La actual, como muchas de las precedentes, presenta componentes de naturaleza local, como es la no planificación de la infraestructura en los conglomerados urbanos, el desconocimiento de la información científica sobre cursos de aguas y drenajes, como fue el estudio hidrológico, hidráulico y ambiental en la cuenca del arroyo del Gato pagado por la Municipalidad platense, y también manifestaciones de carácter global, como el cambio climático y la agudización de los fenómenos ambientales.
Para el caso, la responsabilidad del factor humano acumula muchas gestiones de diferente signo, y va mucho más allá de la rapidez en reconocer y evaluar adecuadamente el alcance y proyección de los daños.
Frente a la magnitud de la tragedia actual se hace necesario no solo proporcionar la ayuda efectiva a las necesidades más urgentes de los afectados, sino también revisar críticamente las decisiones políticas que se tomaron y las que no se tomaron, implementando e integrando sistemas de resiliencia y de inteligencia colectiva que hagan la formulación de políticas más sensibles a perspectivas globales de largo plazo. Esto no es un gasto más, sino una inversión de largo alcance, ya que según un estudio de Dinamarca por cada dólar invertido en capacidad de resiliencia y prevención, se ahorran u$s 7, 04.
Como señala con precisión Claudia Natenzon, la más calificada experta argentina de prevención de desastres (Clarín 5/4/13): "El de los desastres es un tema que requiere constancia en el tiempo, políticas de larga duración que permitan ir manejando socialmente el riesgo".
Es preciso advertir que los gobiernos con ciclos electorales de corto plazo deberían considerar que aquellas decisiones que exceden sus mandatos debieran adoptarse en un contexto de eventuales cambios de gobernantes y en consecuencia basados en el consenso con las diferentes fuerzas políticas y fundamentalmente con los propios interesados.
Asimismo, el presupuesto de gobierno debería considerar no sólo gastos anuales, sino también asignaciones a 5/10 años, concordantes con las necesidades de infraestructura y asistencia que contemplen escenarios y estrategias a largo plazo.
El dolor de la tragedia explica el llanto, el insulto, la reacción, así como la solidaridad y la cooperación, pero lo verdaderamente necesario además de la ayuda satisfactoria y oportuna es la reflexión crítica y el pensamiento anticipatorio.