Dijimos hace una semana, con motivo del fallecimiento de Hugo Chávez, que la gran paradoja de nuestro tiempo es la aparición, desde el seno interno de muchas democracias, de presidentes elegidos por un período acotado, con gran apoyo popular, que -una vez en el poder- se proponen como meta casi exclusiva la permanencia de por vida en sus mandatos, para lo cual deben trastrocar la naturaleza de sus sistemas políticos, deviniendo una especie de neomonarcas absolutos sostenidos en viejas ideologías recicladas que -disfrazadas de religiones- apelan más a la magia que a la razón. Un proceso que no sólo responde a la crisis de representación de la política tradicional, sino también a la pérdida de influencia de las religiones formales sobre los pueblos.
Estos nuevos Papas Reyes crecen sobre ambos déficits, pero no les dan respuesta porque confunden profundización de la democracia con concentración del poder en una sola persona. Con lo cual todo termina como cuando empezó: con regímenes que en nombre de ideologías jacobinas y revolucionarias, en vez de cortar la cabeza al rey, se la reponen y vuelven a regímenes parecidos a los previos a la Revolución Francesa de 1789.
Estos procesos son legión en América Latina, el continente del cual proviene también el Papa Francisco, que remplaza a otro Papa, un tal Benedicto XVI, quien tuvo la osadía de auto-limitar el poder que le correspondía, en un mundo donde casi todos pretenden mucho más poder del que les corresponde.
Benedicto y Francisco. Con su renuncia, Benedicto dejó de ser Papa Rey. Con los primeros indicios de su asunción, Francisco intenta no tener conductas de Papa Rey. El nuevo Papa cree que la única forma de que la religión (y también la política) vuelva a tener un sentido transformador en la vida de los pueblos es que sus representantes se acerquen a esos pueblos en vez de seguir alejándose, como los oligarcas que desprecian a los de abajo creando universos elitistas y excluyentes donde los pobres no cuentan, o los populistas que -en aparente pugna con los primeros- igual los desprecian proclamándose reyes o dioses en nombre de esos pobres a los que sólo usan como escalera para ascender a los cielos -o los infiernos- del poder absoluto.
Unos comparan al nuevo Papa con Juan XXIII por las ansias de reformas religiosas que parece traer consigo; otros, con Juan Pablo II, por la enorme relación entre cambio político, social y religioso que emerge de sus propuestas. Ambos tienen parte de razón.
Juan XXIII y Francisco. Juan XXIII intentó adaptar la Iglesia a su tiempo histórico, reconciliarla con los grandes cambios sociales y políticos de una época profundamente renovadora, en vez de seguir siendo la eterna resistente a todo cambio. Fue, en ese sentido, una reforma doctrinaria que introdujo dentro de la Iglesia ideas modernas consideradas hasta ese momento como heréticas por la mayoría de sus cúpulas.
En cambio, la reforma que promete Francisco no es doctrinaria pues los pueblos del mundo actual descreen tanto de las transformaciones a partir de la política como de las ideologías, debido al fracaso de las mismas durante el siglo XX. Sin embargo, la reforma que propone no es menos importante: más que un cambio de ideas lo que se busca es un cambio ético y moral dentro de una institución creada en nombre de dichos valores, pero que los fue perdiendo en sus élites, dominadas por la corrupción económica y la degradación personal. Precisamente aquellas cosas sobre las que moralizaban, pero de las cuales se exceptuaban.
Juan Pablo II y Francisco. Juan Pablo II vislumbró el cambio político fundamental que traía consigo el fin de la guerra fría, que no sólo arrastró consigo al imperio totalitario contra el cual él había luchado toda su vida, sino que también arrasó con los valores trascendentes al confundir libertad con mero consumo y creer que el fin del comunismo sería el fin de la historia, o sea que el hombre ya no debería construir su destino porque éste la realizaría el arrasador avance del mercado liberado de todo control humano. Frente a la caída del totalitarismo y la soberbia del liberalismo, Juan Pablo II intuyó el renacer de las religiones y por eso intentó extender la influencia del catolicismo. Pero mientras eso hacía, su Iglesia, tan hija de los tiempos como los sistemas políticos que pugnaban por dominar el mundo, caía en los mismos vicios que criticaba.
Con esa realidad se encontró Benedicto XVI, un hombre que, en su último acto, se mostró capaz de diagnosticar el mal aunque no pudo luchar contra él, más que con el grito desesperado de su renuncia. Francisco, en cambio, intentará cambiarlo, sabedor de que hoy una verdadera reforma no es meramente de ideas sino de conductas y de valores frente a la corrupción económica, la frivolidad personal y los reaccionarismos ideológicos, que son todos sinónimos en sus efectos prácticos.
Los de arriba, los de abajo y Francisco. El nuevo Papa buscará sintetizar en su persona el espíritu reformista de Juan XXIII, el espíritu ecuménico de Juan Pablo II más el imprescindible agregado de no mirar tanto hacia arriba sino más bien hacia abajo, hacia los olvidados o usados por el poder. Porque de existir Dios, éste hoy tiene escasos contactos con los reyes que siguen mencionando su nombre en vano o con los que, fingiendo hablar en nombre de los pobres, sólo quieren compartir el poder con los viejos reyes.
Dios, como siempre, ha de estar bien abajo y lo hallará quien sepa promocionar a los postergados y humillados de la tierra, no quien busque explotarlos o contenerlos. Si el Papa Francisco es capaz de alejarse de los reyes y acercarse a los humildes, como la peleó en su patria chica, quizá pueda empezar a lograr su objetivo. Tarea nada fácil, por cierto. Y, de lograrse, casi milagrosa.