El lugar es oscuro y fresco. Hay, en el aire, algo imposible de encerrar en palabras pero a la vez respirable, presente aquí en la tumba de Francisco “el pequeñuelo”, como él dice de sí mismo en las cartas a sus hermanos monjes. Lo rodean otras tumbas, todas de amigos: fray Angelico, fray León, fray Maseo y fray Rufino, sus compañeros en la epopeya de recuperar el mensaje de Cristo casi mil años después de la muerte del Nazareno. Nada resuena aquí, pero ahí afuera, en primavera, el sol justifica con creces los versos que le dedicó a principios del siglo XIII Francisco el humilde. El primero, ése que creó una orden revolucionaria por donde se la mire.
El lugar es oscuro y fresco. Es la basílica de San José de Flores y, ciertamente, ahora que todos los medios se endulzan con aquello del “primer Papa argentino, el primero no europeo entre 266”, el aire aquí es otro. Jorge Mario Bergoglio, nacido y criado en Flores, pasó muchas tardes rezando en este sitio. Ahora es mucha la gente que se acerca a la iglesia en donde, también dicen, recibió el llamado de la fe.
Una tumba y una basílica. Un descalzo y un hombre de zapatos desechos. Un franciscano que aún no sabía que lo era y un jesuita que llega a ocupar el trono de San Silvestre y toma, como Pontífice, el nombre de ése que hizo de las enseñanzas de Jesús su brújula en la vida. El pobrecito de Asís, aquel del hermano sol y la hermana luna, pero también el de la “santa pobreza” y la “santa caridad”, como se lee en su Saludo a las virtudes.
Suele haber, en las cosas de mundo, lazos invisibles que revelan verdades poderosas. También aquí hay un hilo secreto que parece unir lugares, personas y palabras. El solo hecho de decirse Francisco no es ingenuo: gravita sobre ese nombre toda una historia. Un modelo de cristianismo que tal vez al flamante Papa le interese recuperar. O no.
Quienes hoy miran a Roma con tanto o más recelo que antes, por ser Bergoglio profundamente doctrinario en sus posiciones (su feroz resistencia al matrimonio igualitario es apenas un ejemplo), sostienen que el nuevo Papa no es, en realidad, tan nuevo. Que no habrá en su Pontificado nada parecido a la revolución misericordiosa y descalza de Francisco. Sin embargo, en algo se parecen. Aquel Francisco, el de Asís, enfrentó a un lobo y lo enamoró con su dulzura. Este otro Francisco, el de Flores, deberá enfrentarse con lobos menos reales pero igual de temibles. Llega al Papado cuando ya los episodios de pederastia protagonizados por sacerdotes han dejado de ser escándalo y son, apenas, estadística para la náusea. Cuando el desmanejo financiero del Vaticano es un secreto a voces pero, además, cuando existen dentro de la Iglesia voces que alejan más de lo que llaman. Que condenan más de lo que escuchan.
Vale entonces releer lo que decía Francisco, el primero, a propósito de cómo debían ir por el mundo los hermanos menores: “Aconsejo, amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a mis hermanos que, cuando vayan por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra ni juzguen a otros”.
Quizá sea ése el último y verdadero desafío del nuevo Papa: atreverse -en un mundo intoxicado de intolerancia- a hacer la única revolución que merece tal nombre. La pacífica, la que se conecta con el débil y lo vuelve hermano porque entiende que es en la aparente fragilidad en la que suele ocultarse el verdadero poder de Dios. Si Francisco logra revivir al menos una parte del luminoso mensaje de quien llevó ese nombre hace 800 años, algo es seguro: los lobos comenzarán a desaparecer.